Nadie con las manos vacías

«Tres veces al año… ninguno se presentará delante del Señor con las manos vacías. Cada uno dará lo que pueda, conforme a la bendición que el Señor tu Dios te haya dado» (Deuteronomio 16:16-17, NBLA)

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Seguimos en las leyes del pacto, donde Moisés baja el «ama a un solo Dios» a la vida concreta. Ayer ese amor tocó el bolsillo con el año de remisión. Hoy toca el calendario. Llegamos a las tres grandes fiestas de Israel, y aunque ya las conocemos de Levítico, Deuteronomio les da un giro que conviene escuchar.

Entendiendo el pasaje

En lugar de detallar los ritos de cada fiesta, Moisés resalta lo que cada una hacía recordar. La Pascua traía a la memoria la liberación de Egipto, aquella noche del cordero y la sangre en los postes. La fiesta de las Semanas, cincuenta días después, celebraba la cosecha como muestra de la generosidad de Dios. Y la de los Tabernáculos, en otoño, recordaba los años en tiendas cuando el pueblo dependió por completo de la fidelidad de Dios en el desierto. Tres veces al año todo varón subía al lugar que el Señor escogería, y nadie llegaba con las manos vacías, cada uno daba conforme a lo que había recibido. Pero el rasgo que más se repite en el capítulo no es el rito, sino la orden de alegrarse incluyendo a otros. A la fiesta entraban el hijo, el siervo, el levita sin tierra, y sobre todo el huérfano, la viuda y el extranjero. Un comentarista lo resume bien, ningún israelita era llamado a alegrarse si había otros pasando hambre. Y el capítulo cierra girando hacia los jueces, que debían juzgar sin torcer el derecho ni aceptar soborno, porque al mismo Dios que se celebra en la fiesta le importa lo que pasa en los tribunales.

Tres verdades bíblicas

1. Dios le puso fechas a la memoria porque sabe que olvidamos.

Las fiestas existían contra el olvido, que es el gran enemigo de todo este libro. Cuando llega la abundancia, Dios se nos vuelve pequeño, y empezamos a vivir como si todo lo hubiéramos conseguido solos. Las fechas fijas en el calendario eran el antídoto, momentos marcados para parar y recordar la gracia. Tú que me escuchas hoy, tu fe también necesita ritmos. El día del Señor cada semana, la cena que parte el pan, los tiempos apartados para recordar. No es religiosidad mecánica, es sabiduría, porque el corazón humano es olvidadizo y necesita ayudas para no dar por sentado lo que Dios ha hecho. Las tres fiestas, además, apuntaban más allá de sí mismas, porque Cristo es nuestra Pascua que ya fue sacrificada, el Espíritu vino en Pentecostés, y aquel que habitó entre nosotros puso su tienda entre los hombres.

2. Ante Dios no se llega con las manos vacías, pero tampoco con tarifa fija.

Fíjate en la medida que da el versículo. Cada uno daba conforme a la bendición que había recibido, no una cuota plana e igual para todos. El que recibió mucho traía mucho, el que recibió poco traía conforme a lo suyo, pero nadie subía con las manos vacías. Esto enlaza con lo de ayer, hermano. Venir delante de Dios sin nada que ofrecer, sin gratitud, sin generosidad, traiciona todo lo que hemos recibido de su mano. La pregunta no es cuánto da el de al lado, la pregunta es cuánto te ha bendecido Dios a ti, porque esa es la medida de lo que traes. El que de verdad mide la gracia recibida nunca llega con las manos cerradas.

3. La fiesta que deja afuera al pobre no es la que Dios pidió.

El detalle que más se repite en todo el capítulo es la orden de incluir en la celebración al huérfano, a la viuda y al extranjero. Y mira de dónde sale esa orden, de la memoria, acuérdate de que fuiste esclavo en Egipto. El que olvida de dónde lo sacó Dios termina celebrando solo, encerrado en su propia mesa. Pero el que recuerda su antigua esclavitud pone un plato más, porque sabe lo que es no tener nada. Una alegría cristiana que deja afuera al que sufre se contradice a sí misma, no puede ser la fiesta de un pueblo que fue rescatado por pura gracia. Si Dios te abrió la puerta cuando no tenías nada, ¿cómo le cierras la tuya al que hoy no tiene?

Reflexión y oración

Recordar de qué nos rescató Dios nos lleva siempre a celebrar su gracia con la mesa abierta y la mano llena.

Padre, gracias porque nos diste fechas y motivos para recordar lo que has hecho, para que no demos tu gracia por sentada. Gracias porque en Cristo, nuestra Pascua, celebramos una liberación más grande que la de Egipto. Que nunca lleguemos ante Ti con las manos vacías ni con el corazón ingrato, y que nuestra alegría jamás deje afuera al huérfano, a la viuda y al que nada tiene. Enséñanos a poner siempre un plato más, recordando de dónde nos sacaste. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 16, Salmos 103, Isaías 43, Apocalipsis 13

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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