Seguimos en el bloque del liderazgo. Moisés ya habló de los jueces y del rey, y hoy cierra con los sacerdotes y los profetas. Pero detrás de todo el capítulo late una sola pregunta que vale para ti y para mí. ¿Cómo escucha el pueblo de Dios la voz de Dios? La respuesta marca la diferencia entre la fe y la superstición.
Entendiendo el pasaje
El capítulo arranca con los sacerdotes y levitas, que no recibían tierra como las demás tribus porque su herencia era el Señor mismo. Vivían de las ofrendas del pueblo, dedicados por completo a la obra de Dios. Luego viene una prohibición tajante. Cuando entren a la tierra, dice Moisés, no imiten las prácticas de las naciones, nada de adivinación, hechicería, agüeros, encantamientos, consultar a los muertos, ni el horror de pasar a un hijo por el fuego. Eran las vías con que los pueblos intentaban arrancarle el futuro a lo oculto y manejar la vida a su antojo, y Dios las llama abominación. Y ahí Moisés pone el contraste que sostiene el capítulo. Ustedes no necesitan esas cosas, porque Dios mismo les va a hablar. Les levantará un profeta como Moisés, y en su boca pondrá sus palabras. El capítulo termina enseñando a reconocer al profeta auténtico por una prueba, si lo que anuncia en nombre de Dios se cumple. La voluntad de Dios no se adivina en lo oscuro, se escucha en la palabra que Él entrega.
Tres verdades bíblicas
1. Cuando dejas de escuchar a Dios, terminas buscándolo donde no está.
Dios llama abominación a la adivinación, al espiritismo, a la hechicería, y conviene oír eso con seriedad. Tú que me escuchas, mucho de eso hoy viene disfrazado de religión. El que reza el domingo y entre semana va donde el adivino. El que mezcla los santos con los amarres, la limpia, la lectura de las cartas y de las manos. Eso no es folclore inofensivo, hermano, no te engañes ni te dejes engañar. El apóstol Pablo dice que lo que las naciones ofrecen en esos ritos, se lo ofrecen a los demonios, y que no se puede beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios a la vez. La luz no tiene comunión con las tinieblas. Detrás de esas prácticas hay una obra de oscuridad que daña, y el creyente que se asoma a ellas está confesando, sin decirlo, que dejó de confiar en que Dios habla y guía. El que tiene la voz de Dios no tiene por qué andar mendigando respuestas en la oscuridad.
2. Dios no te dejó adivinando, te dejó su Palabra.
Mira el contraste tan hermoso que hace Moisés. Mientras las naciones intentaban exprimirle el futuro a la magia, Israel tendría algo que ninguna de ellas tenía, profetas que hablaban de parte de Dios, con la palabra de Dios puesta en su boca. No tenían que adivinar lo que el cielo pensaba, lo iban a escuchar. Y eso te alcanza directamente hoy. No necesitas señales raras, ni voces misteriosas, ni que alguien te revele un secreto escondido para conocer a Dios y su voluntad. Tienes algo más firme que todo eso, su Palabra escrita, suficiente y clara, capaz de hacerte sabio para la salvación. El hambre de saber el futuro se cura con la confianza en lo que Dios ya dijo, no con la búsqueda de lo que prohibió.
3. Hubo un Profeta como Moisés, y el Padre dijo «a él oíd».
Aquí llega el corazón del capítulo y una de las promesas más grandes de todo el libro. Moisés anuncia que vendría un profeta como él, pero el pueblo entendió con el tiempo que esperaba a alguien mayor, un profeta sin igual. Los judíos lo aguardaban, y el Nuevo Testamento no tuvo duda de quién era. Pedro y Esteban tomaron este versículo y lo aplicaron a Jesús sin titubear. Y hay un detalle que estremece. El día que Jesús se transfiguró en el monte, el Padre habló desde la nube y dijo, este es mi Hijo amado, a él oíd, repitiendo casi palabra por palabra lo que Moisés escribió aquí, a él oiréis. Cristo es el Profeta definitivo, porque no vino solo a traer la palabra de Dios, Él es la Palabra de Dios hecha carne. Toda esta serie sobre escuchar desemboca justo aquí. Escuchar a Dios es, al final del camino, escuchar a Cristo.
Reflexión y oración
No hace falta arrancarle el futuro a lo oculto, porque Dios ya habló, y su última y mejor Palabra tiene nombre, se llama Jesús.
Padre, gracias porque no nos dejaste a oscuras adivinando tu voluntad, sino que nos hablaste y nos sigues hablando por tu Palabra. Líbranos de buscarte donde Tú lo prohibiste, en la magia y la adivinación que se disfrazan de fe, porque sabemos que la luz no tiene comunión con las tinieblas. Danos oídos para escuchar a Cristo, tu Hijo amado, el Profeta que prometiste, la Palabra hecha carne. A Él queremos oír. En su nombre, amén.
