Seguimos en el tramo de la justicia, y hoy Moisés toca un tema que nos incomoda, la guerra. Es de esos capítulos que el lector moderno preferiría saltarse. Pero si nos quedamos, vamos a encontrar algo que no esperábamos, un ejército que funciona al revés de todos los ejércitos del mundo, porque su fuerza no está donde uno creería.
Entendiendo el pasaje
El capítulo da las reglas de la guerra para cuando Israel entrara a la tierra. Antes de cada batalla, un sacerdote se paraba frente a las tropas y les decía que no temieran, aunque el enemigo tuviera más caballos y más carros, porque el Señor iba con ellos a pelear. Y entonces viene lo sorprendente. Se mandaba de regreso a casa al que había construido una casa sin estrenarla, al que plantó una viña sin probar su fruto, al que estaba comprometido sin haberse casado, y, lo más extraño de todo, al que tuviera miedo, para que su temor no contagiara a los demás. Un ejército que despide soldados antes de pelear es un contrasentido militar, a menos que la victoria no dependa de ellos. Después el capítulo distingue dos clases de ciudades. A las lejanas se les ofrecía primero la paz. Sobre las de la tierra prometida caía el juicio de Dios, y conviene mirar esto de frente, era el castigo a una cultura entregada al sacrificio de niños en el fuego y a la prostitución de culto, no una guerra de codicia para robar territorio. Y aun en medio de la guerra había límites de humanidad, como la prohibición de talar los árboles frutales. Todo el capítulo descansa sobre una sola idea, Israel no peleaba como las naciones, porque su Dios peleaba por él.
Tres verdades bíblicas
1. La victoria nunca dependió del tamaño de tu ejército.
El sacerdote manda a las tropas no temer, y la razón no es que sean fuertes, sino que Dios va con ellos. Frente a un enemigo con más hombres y mejores armas, Israel tenía algo que ningún ejército podía igualar, la presencia del Dios vivo. Tú que me escuchas hoy, esto cambia la manera de mirar tus batallas. Solemos medir lo que enfrentamos con la regla de nuestras propias fuerzas, contamos lo que tenemos, lo comparamos con lo que se nos viene encima, y nos desanimamos porque las cuentas no dan. Pero Dios no mide la batalla por lo que tú tienes, la mide por quién va contigo. Lo que decide el resultado no es cuánto sumas tú, es que el Señor camine a tu lado.
2. En el ejército de Dios hay lugar para volver a casa.
¡Con cuánto cuidado trata Dios a su gente! Manda de vuelta al que tiene una casa recién construida, al que plantó una viña, al recién comprometido, e incluso al que siente miedo en el pecho. Dios no es un tirano que exprime a sus soldados hasta dejarlos secos. Le importa el hogar de cada hombre, su matrimonio, sus afectos, su vida entera, y hasta su corazón temeroso lo trata con paciencia en vez de humillarlo. Hermano, así te trata Dios a ti. No te usa para sus propósitos y luego te desecha, no avanza sobre tu vida pisoteando lo que amas. El Dios al que servimos valora tu casa, tu familia y tu descanso, y cuando el miedo te gana, no te despide con desprecio, te trata con ternura. Servir a este Dios nunca significa que Él deje de cuidarte.
3. Hay una batalla que no peleaste, porque Otro la peleó por ti.
Dios va a pelear por ustedes para salvarlos. Esa promesa recorre toda la Biblia hasta nosotros. Porque en la batalla más grande de todas, la que decidía nuestra vida o nuestra muerte eterna, no fuimos nosotros los que ganamos, ni habríamos podido. Cristo entró solo al campo de batalla, se enfrentó al pecado y a la muerte de cara, y los venció. Pablo dice que en la cruz despojó a los poderes de las tinieblas y triunfó sobre ellos públicamente. El mismo Dios que iba delante de Israel hacia la tierra prometida se hizo carne y fue delante de nosotros hasta el Calvario, a pelear la guerra que nosotros teníamos perdida. Nuestra victoria más grande no es una que logramos con esfuerzo, es una que recibimos de las manos de Cristo.
Reflexión y oración
La batalla que más temíamos ya fue ganada, porque Cristo fue delante de nosotros y triunfó donde nosotros solo habríamos caído.
Padre, gracias porque eres el Dios que va delante de los tuyos, que pelea por nosotros y nos salva. Perdónanos cuando medimos nuestras luchas por nuestras propias fuerzas y olvidamos que Tú vas a nuestro lado. Gracias porque cuidas nuestra vida y nuestros afectos, y tratas con ternura hasta nuestro miedo. Y gracias, sobre todo, por Cristo, que peleó la batalla que teníamos perdida y venció por nosotros en la cruz. En su nombre, amén.
