Dios camina en medio del campamento

«Porque el Señor tu Dios anda en medio de tu campamento… por tanto, tu campamento ha de ser santo, para que Él no vea nada indecente en medio de ti, y se aparte de ti» (Deuteronomio 23:14, NBLA)

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Seguimos en las leyes que enseñan a amar al prójimo en lo cotidiano. El capítulo de hoy empieza con algo quepuede sonar fuerte al oído moderno, una lista de quiénes no podían entrar a la congregación del Señor. Pero detrás de cada ley late una sola razón, y es la más hermosa de todas, que Dios mismo camina en medio de su pueblo.

Entendiendo el pasaje

El capítulo abre nombrando a los que quedaban fuera de la congregación, el mutilado por ritos paganos, el de nacimiento ilegítimo, el amonita y el moabita, pueblos que habían tratado con crueldad a Israel en el desierto. Suena durísimo hoy, y conviene entenderlo en su momento, estas barreras protegían la pureza de un pueblo recién nacido frente a la idolatría que lo rodeaba por todas partes. Pero hasta ahí Dios deja una rendija de gracia, porque al edomita y al egipcio sí los recibía a la tercera generación. Después el capítulo manda mantener limpio el campamento, hasta en lo más físico e íntimo, y da la razón de fondo de todo. El Señor anda en medio de ellos, y por eso todo, hasta lo más pequeño, debía ser santo. El capítulo cierra con leyes de pura compasión, no devolver al esclavo que huyó buscando refugio, no cobrarle intereses al hermano necesitado, cumplir lo que se le prometió a Dios. Todo el campamento debía reflejar al Dios santo que vivía en su centro.

Tres verdades bíblicas

1. La santidad del pueblo nace de tener a Dios en medio.

Detente en la razón que da el versículo de hoy. Sé santo, dice Dios, no porque sí, no por una regla caprichosa, sino porque Yo camino en medio de tu campamento. La pureza del pueblo no era un requisito para conseguir a Dios, era la consecuencia de que Dios ya estaba ahí. Esto cambia por completo la manera de entender la santidad. Pablo dice que tu cuerpo es templo del Espíritu Santo, que Dios vive en ti. No limpias tu casa para que el huésped se digne venir, la limpias porque el huésped ya llegó y se quedó. No buscas la santidad para ganarte a Dios, la buscas porque Dios ya habita en ti y quieres que su casa esté a la altura de quien la habita. La presencia de Dios en tu vida es la que enciende el deseo de vivir limpio.

2. Dios protege al que huye buscando refugio.

En todas las naciones de aquella época, si un esclavo escapaba, había que devolverlo a su amo, era lo normal, lo legal. Pero Dios le manda a su pueblo lo contrario, al esclavo que huyó y llegó hasta ustedes buscando amparo, no lo entreguen, déjenlo vivir entre ustedes donde se sienta seguro. Hermano, fíjate hacia dónde se inclina el corazón de Dios, hacia el que escapa de la opresión, no hacia el que lo oprime. El pueblo de Dios nunca debía ser un brazo más del que aplasta, sino un lugar seguro para el que viene huyendo del maltrato. Pregúntate si tu casa, tu iglesia, tu vida, son refugio para el que llega golpeado, o una puerta más que se le cierra.

3. La puerta que parecía cerrada, Cristo la abrió de par en par.

Bajo la ley, había quienes quedaban afuera de la congregación por su origen, por su sangre, por algo que ni siquiera habían elegido. Y eso podría dejarnos con un nudo en la garganta, hasta que vemos lo que vino después. El profeta Isaías ya anunciaba que llegaría el día en que Dios le daría al eunuco y al extranjero un nombre mejor que el de hijos e hijas. Y en el libro de los Hechos, uno de los primeros gentiles que se convierte y se bautiza es justamente un eunuco etíope, alguien que este capítulo dejaba afuera. ¿Qué pasó en medio? Pasó Cristo. Porque en Él ya no hay judío ni griego, y los que estábamos lejos fuimos acercados por su sangre. La puerta que tu origen cerró, que tu pasado cerró, que tu vergüenza cerró, Cristo la abrió de par en par con su propio cuerpo en la cruz. Nadie que venga a Él queda afuera.

Reflexión y oración

En Cristo ya nadie queda afuera por su origen ni por su pasado, porque Él abrió con su cuerpo la puerta que la ley había cerrado.

Padre, gracias porque caminas en medio de tu pueblo y nos haces santos con tu presencia. Gracias porque no limpiamos nuestra vida para merecerte, sino porque ya habitas en nosotros. Enséñanos a ser refugio para el que huye del dolor, como Tú lo eres. Y gracias, sobre todo, porque en Cristo abriste la puerta que estaba cerrada, y hoy ninguno que venga a Ti es rechazado. Acércanos, Señor, a los que estábamos lejos. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 23, Salmos 112-113, Isaías 50, Apocalipsis 20

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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