La dignidad que Dios defiende

«Cuarenta azotes podrá darle, no más; no sea que, si lo azotara con muchos más golpes, tu hermano quede envilecido ante tus ojos» (Deuteronomio 25:3, NBLA)

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Estamos en la recta final del segundo sermón de Moisés, el bloque «Escucha» que viene desplegándose desde el capítulo 5. Después de exponer el gran mandamiento y desarrollar las leyes del pacto, Moisés cierra con instrucciones sobre la vida en comunidad. Y Deuteronomio 25 es uno de esos capítulos que de entrada parecen un saco de leyes sueltas. Al leerlo despacio aparece un eje que une las cinco escenas y dice mucho del Dios que las dio.

Entendiendo el pasaje

El capítulo cierra el bloque largo de leyes del pacto que Moisés viene desarrollando desde Deuteronomio 12. Un comentarista lo llama «la ayuda a la comunidad», cinco leyes para que la sociedad hebrea se sostuviera en armonía cuando entrara a la tierra. Son cinco escenas en cinco relaciones distintas — el juez frente al culpable, el agricultor frente al buey, la familia frente a la viuda sin hijo, el comerciante frente al cliente, y el ejército frente al rezagado de la caravana. En cada una hay alguien arriba y alguien debajo.

El hilo es lo que Dios hace en cada escena. Pone controles al juez para que no envilezca al culpable (vv. 1-3). Manda quitarle el bozal al buey, porque merece comer el grano que prepara (v. 4). Protege a la viuda del estigma y del despojo mediante la ley del levirato (vv. 5-10). Ordena pesas justas, porque la deshonestidad le es aborrecible (vv. 13-16). Y manda recordar a Amalec, que atacó por la retaguardia a los cansados y trabajados de la caravana (vv. 17-19). Donde alguien tiene poder sobre otro, Dios se mete a favor del que está debajo.

Tres verdades bíblicas

1. Ni el culpable pierde su dignidad delante de Dios

Los azotes en Israel se contaban. Cuarenta era el techo, y el pueblo judío llegó a reducirlo a treinta y nueve por miedo a pasarse por error. Pablo recibió esos treinta y nueve cinco veces (2 Co 11:24). Pero antes del número, el versículo dice algo que pesa más que el número. El culpable, aun siendo culpable, sigue siendo «tu hermano». La ley no lo expulsa de la familia por haber transgredido. Le pone pena, sí, pero le pone también un techo a la pena, para que la comunidad no se vaya de boca al castigarlo. Y eso te habla a ti, hermano que me escuchas, sobre el que ya falló, el que la comunidad ya juzgó, el que tú mismo ya diste por perdido. Dios sigue contando los golpes que le caen encima. Sigue siendo tu hermano cuando para ti dejó de serlo.

2. Dios se acuerda del que va detrás de la fila

Mira lo que el capítulo va haciendo si lo lees corrido. El buey trilla horas bajo el sol y la ley se preocupa de que pueda comer mientras trabaja. La viuda pierde a su esposo sin descendencia y la ley le abre una puerta para que no salga del círculo familiar a buscar sustento. Y al final aparece Amalec. La orden de borrar su memoria suena dura, hasta que uno mira cómo atacaron. Atacaron por la retaguardia. ¿Quién va atrás en una caravana de días? Los ancianos. Los enfermos. Los que no aguantaron el paso. Amalec eligió a los rezagados porque eran los más fáciles de derribar, y Dios lo escribió en un libro. Al buey, a la viuda y al anciano rezagado los une lo mismo, que a todos los cuidó alguien que iba justo detrás de ellos.

3. A Cristo lo azotaron sin medida para devolverte la dignidad

Cuarenta. Ese era el techo. Ese era el límite que la ley puso para que «tu hermano» no quedara envilecido. Ahora léelo así. Cuando Pilato entregó a Jesús, Mateo lo dice en una línea, casi de pasada — «después de azotarlo, lo entregó para que fuera crucificado» (Mt 27:26). Los azotes de los romanos no tenían techo. No había juez velando por la dignidad del reo. No había límite que protegiera al condenado de quedar envilecido. Cuando Isaías profetizó al Siervo, lo describió así, «Ofrecí Mi espalda a los que Me herían, y Mis mejillas a los que Me arrancaban la barba» (Is 50:6, NBLA). El que cumplió la ley entera recibió la pena del que la quebrantó, y la recibió sin el techo que la ley había prescrito para sus hermanos. Por eso, cuando los acusadores vengan a recordarte tu culpa, ya no vives bajo latigazo sin medida. Vives bajo el techo de la cruz. Cristo absorbió los golpes que no tenían número para devolverte el nombre de hijo.

Reflexión y oración

Donde el mundo cuenta golpes contra los caídos, Dios cuenta sus pasos detrás de ellos.

Padre, gracias porque Tu mirada no abandona al culpable ni se desentiende del que va al final de la caravana. Gracias porque Tu Hijo cargó los golpes sin medida que nosotros habíamos merecido, para devolvernos el nombre de hijos. Enséñanos a caminar detrás con los que van detrás, a tratar con misericordia al que ya falló. Que Tu Espíritu nos haga hermanos, no jueces. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 25, Salmos 116, Isaías 52, Apocalipsis 22

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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