Recuerda de dónde te sacó

«Mi padre fue un arameo errante[c] y descendió a Egipto y residió[d] allí, siendo pocos en número; pero allí llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa» (Deuteronomio 26:5, NBLA)

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Hoy cerramos el tramo más largo de Deuteronomio. Desde el primer devocional dijimos que el libro son tres sermones de Moisés, tres palabras que ordenan todo — Recuerda, Escucha, Escoge. «Recuerda» fueron los primeros cuatro capítulos. «Escucha» arrancó en el capítulo 5 con los Diez Mandamientos, pasó por el Shemá y por todas las leyes del pacto que hemos venido leyendo semana tras semana. Y termina aquí, en el 26. Mañana empieza «Escoge», con las bendiciones y maldiciones del monte Ebal. Pero antes de pasar la página, Moisés cierra con una escena que vale detenerse a mirar.

Entendiendo el pasaje

El capítulo describe una ceremonia que no aparece en ningún otro lugar del Antiguo Testamento. Cuando el israelita recogía la primera cosecha de la tierra prometida, tomaba lo mejor del fruto, lo ponía en un canasto y lo llevaba al santuario. Hasta ahí, una ofrenda de acción de gracias como cualquier otra. Lo distinto está en lo que tenía que decir mientras dejaba el canasto delante del sacerdote. No improvisaba una oración bonita. Recitaba una fórmula fija, su propia historia de salvación, empezando por una frase que a todo hebreo le tocaba la fibra: «Un arameo a punto de perecer fue mi padre» (v. 5).

Esa confesión hacía un recorrido completo. El arameo errante es Jacob, el nómada sin tierra que bajó a Egipto con un puñado de gente. Luego viene la esclavitud, el clamor, y un Dios que «nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido» (v. 8). Y al final, la tierra que fluye leche y miel, cuyo fruto el adorador ahora sostiene en sus manos. El canasto era la prueba de que Dios había cumplido. Y la boca lo decía en voz alta.

Tres verdades bíblicas

1. Adorar es recordar de dónde te sacó Dios

Fíjate que el corazón del rito no es el canasto. Es la historia que se recita encima del canasto. Dios pudo haber pedido solo el fruto, pero pidió también la memoria. Y eso es lo que ha venido diciendo todo este bloque que hoy cerramos. «Escucha, Israel» en el capítulo 6 era eso. «No por tu justicia» en el 9 era eso. «No solo de pan» en el 8 era eso. Moisés ha gastado veintidós capítulos en una sola insistencia, que su pueblo no olvide quién lo sacó. Porque el hebreo con la despensa llena está a una generación de creer que todo lo consiguió con sus manos. La memoria es lo primero que se pierde cuando llega la abundancia. Por eso adorar, antes que sentir, es recordar. Tú que me escuchas hoy, ¿cuándo fue la última vez que dijiste en voz alta de dónde te sacó Dios? No lo que te falta. De dónde te sacó. El que olvida el foso del que fue levantado termina tratando la gracia como si fuera salario.

2. La adoración se mide en la mano abierta

El canasto no se queda en el altar. Mira lo que el mismo capítulo manda hacer con la abundancia. El israelita debe alegrarse «con todo el bien» que recibió, pero junto a él, en la misma frase, aparecen «el levita y el forastero que está en medio de ti» (v. 11). Y el diezmo de cada tres años va al levita, al huérfano y a la viuda, para que «coman dentro de tus ciudades y se sacien» (v. 12). El que acaba de recitar que su padre fue un arameo errante no puede cerrarle la puerta al errante que tiene enfrente. La adoración que termina en el sentimiento del domingo y no toca la billetera ni la agenda de la semana no es la de este capítulo. Aquí a Dios se le adora con lo que cantas y con lo que das, con tus palabras y con cómo tratas al que depende de ti. Pregúntate hoy con honestidad si tu gratitud llega hasta tus manos o se queda en tu pecho.

3. Tú declaraste, y Él declaró

Y así llegamos al cierre del capítulo. Los últimos versículos sellan todo el bloque «Escucha» con dos voces. El pueblo declara «el Señor es mi Dios, andaré en sus caminos» (v. 17). Y Dios responde con su propia declaración, «el Señor te ha declarado hoy que serás pueblo suyo, su exclusiva posesión» (v. 18). Dos voces, un pacto. Y aquí conviene levantar los ojos a las otras lecturas de hoy. La genealogía de Mateo 1 toma a ese mismo Jacob, el arameo errante, y sigue el hilo generación tras generación hasta «Jesús, llamado el Cristo». La historia que el israelita recitaba sobre su canasto era un capítulo de una más larga, una que desemboca en un pesebre. E Isaías 53 nos muestra cómo Dios hizo inquebrantable su mitad de la declaración. El Siervo «fue herido por nuestras transgresiones» para que «tú eres mi pueblo» no dependiera nunca de la fuerza con que tú dijeras «tú eres mi Dios». Cierras este bloque, hermano, sabiendo que la última palabra del pacto no la tiene tu obediencia titubeante. La tiene Aquel que te declaró suyo y murió para que la declaración no se cayera.

Reflexión y oración

El que recuerda de dónde lo sacaron adora distinto, da distinto y descansa distinto.

Padre, gracias por sacarnos del foso cuando éramos pocos y estábamos a punto de perecer, y por llevarnos a tierra de leche y miel cuando ni sabíamos soñarla. Perdónanos cuando guardamos el fruto y olvidamos la mano que lo dio, cuando cerramos el puño que tú nos mandaste abrir al forastero. Y gracias, sobre todo, porque tu declaración no depende de la nuestra, porque tu Hijo cargó nuestras transgresiones para que seamos tuyos para siempre. Haznos un pueblo que recuerda, que comparte y que descansa en que tú dijiste «míos» primero. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 26, Salmos 117-118, Isaías 53, Mateo 1

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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