El cántico que no se olvida

«¡La Roca! Su obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia, justo y recto es Él» (Deuteronomio 32:4, NBLA)

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Ayer vimos que Dios mandó poner un cántico en la boca del pueblo, y dijimos que el canto es la bóveda donde se guarda la verdad. Hoy abrimos esa bóveda y escuchamos lo que Dios guardó dentro. Es el cántico de Moisés, su última gran obra antes de morir. Y lo primero que notamos al escucharlo dice todo sobre cómo Dios quiere que cantemos.

Entendiendo el pasaje

El cántico tiene la forma de un documento antiguo que se redactaba cuando un pueblo rompía un pacto: una declaración de la falta, con el cielo y la tierra como testigos. Moisés conocía bien ese formato. Por eso el canto sigue un orden claro. Empieza describiendo quién es Dios (vv. 1-14), pasa a la deslealtad del pueblo que lo abandonó (vv. 15-18), expresa la tristeza y la disciplina de Dios ante esa rebeldía (vv. 19-33), y desemboca en su promesa de misericordia (vv. 34-43).

Aquí hay algo que conviene saber. Esos documentos antiguos siempre terminaban igual, en una sentencia de guerra contra el infiel. El cántico de Moisés rompe el molde. No cierra en condena. Cierra en expiación, con Dios haciendo limpieza del pecado de su propio pueblo. El canto que parecía un acta de acusación termina siendo un anuncio de gracia.

Tres verdades bíblicas

1. El canto empieza con la Roca, no con nosotros

Antes de mencionar una sola falla del pueblo, proclama quién es Dios: «¡La Roca! Su obra es perfecta… justo y recto es Él» (v. 4). Lo primero que guarda la bóveda es el carácter de Dios. Y la imagen tiene peso para gente que vivió cuarenta años en el desierto, donde la roca era refugio del viento y sombra del sol. Frente a la arena que se movía bajo sus pies, Dios era lo único firme. Su Palabra, dice el cántico, cae sobre ellos a veces como rocío callado y a veces como lluvia torrencial (v. 2), pero siempre da vida. Cuando todo a tu alrededor se mueve, lo que te sostiene es lo que sabes de Dios, no lo que sientes de ti. Por eso el buen canto te llena la memoria de su carácter antes que de tu estado de ánimo.

2. El mismo canto dice la verdad que duele

La bóveda no guarda solo consuelo. Guarda también el reproche, porque la verdad sobre nosotros también hace falta. El cántico no maquilla la historia: «De la Roca que te engendró te olvidaste; te olvidaste del Dios que te dio a luz» (v. 18). ¿Y cuándo se olvidó el pueblo? Cuando le fue bien. «Jesurún engordó y dio coces» (v. 15). El nombre cariñoso con que Dios llamaba a su pueblo recto termina pateando a quien lo alimentó. Es el mismo peligro que vimos en el capítulo 28, la abundancia que olvida agradecer. Un canto fiel a Dios no solo te abraza en el día malo; también te confronta en el día bueno, cuando estás tan lleno de cosas que ya no te cabe Él. Revisa qué cantas, porque el canto que solo te halaga nunca te va a advertir.

3. El canto termina donde nadie lo esperaba

Después de la acusación y la tristeza, Moisés no cierra con la espada levantada. Cierra con Dios prometiendo que «hará expiación por su tierra y su pueblo» (v. 43). La última palabra no es el pecado de Israel. Es la gracia de Dios. Y esa expiación tiene un lugar y un nombre. La Roca que Moisés canta, la que el pueblo olvidó, es la misma que Pablo señalaría siglos después: «la roca era Cristo» (1 Corintios 10:4, NBLA). En el desierto, una roca fue golpeada para que brotara agua y el pueblo viviera. En el Calvario, la Roca eterna fue herida para que de ella brotara la vida que ningún pueblo merecía. El cántico que abre proclamando la Roca firme termina apuntando a la Roca partida por nosotros. Ese es el canto que merece guardarse y enseñarse a los hijos, porque empieza en Dios y termina en su gracia.

Reflexión y oración

El mejor canto que puedes guardar es el que empieza hablando de la Roca y termina mostrándote a la Roca herida en tu lugar.

Padre, gracias porque eres la Roca firme cuando todo lo demás se mueve, fiel y justo en todos tus caminos. Perdónanos cuando, llenos de tus bendiciones, nos olvidamos de la mano que nos engendró. Gracias porque tu última palabra sobre nosotros fue la expiación que tú mismo proveíste en Cristo, la Roca herida de la que brota nuestra vida, y no la condena que merecíamos. Llena nuestra boca de cantos que empiecen en ti y terminen en tu gracia, y enséñanos a transmitirlos a los que vienen detrás. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 32, Salmos 119:121-144, Isaías 59, Mateo 7

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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