Murió mirando la promesa

«Esta es la tierra que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo que a su descendencia la daría. Te he permitido verla con tus ojos, pero no pasarás a ella» (Deuteronomio 34:4, NBLA)

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Llegamos al final. Hoy cerramos Deuteronomio, y con él, los cinco libros de Moisés. Hemos caminado por los tres sermones que ordenan este libro. Recuerda lo que Dios hizo, escucha lo que Dios pide, escoge el camino de Dios. Y ahora, en los dos últimos capítulos, el predicador se vuelve padre. Moisés bendice a sus hijos uno por uno y sube a un monte a morir, mirando desde lejos la tierra que nunca pisará.

Entendiendo el pasaje

El capítulo 33 es la bendición de despedida. Como Jacob hizo con sus hijos siglos atrás, Moisés bendice a cada tribu por separado, conociendo a cada una por nombre, sus fuerzas y sus debilidades, después de cuarenta años viviendo entre ellos. Y la bendición arranca con algo notable. Antes de mencionar a las tribus, habla de Dios, un Dios que viene cabalgando desde el Sinaí para encontrarse con su pueblo antes de que crucen (vv. 2-5).

El capítulo 34 es el final. Moisés sube al monte Nebo, y Dios le muestra toda la tierra, de norte a sur, hasta donde le alcanza la vista. Le repite la promesa hecha a los patriarcas. Y allí, a los ciento veinte años, con los ojos todavía claros y las fuerzas intactas, el siervo de Dios muere. Dios mismo lo sepulta en un lugar que nadie conoce. El pueblo lo llora treinta días, y luego sigue su marcha hacia Canaán bajo Josué. El epitafio del libro es sobrio: «Nunca más se levantó en Israel profeta como Moisés, a quien el Señor conociera cara a cara» (v. 10).

Tres verdades bíblicas

1. Dios viene a buscarte antes de pedirte que camines

La bendición abre con una imagen que conviene grabar. Dios no espera a que el pueblo lo busque; viaja hacia ellos. «El Señor vino del Sinaí» (v. 2), cabalgando para reunirse con los suyos antes de la gran jornada. Antes de que una sola tribu diera un paso hacia la tierra, su Dios ya había recorrido el desierto para estar con ellos. Así trabaja Él contigo. No te pasas la vida buscando a un Dios escondido que se deja encontrar si te esfuerzas bastante. Él dio el primer paso, cruzó la distancia, te alcanzó donde estabas. Y la promesa de Moisés a las tribus es la misma que te sostiene hoy, «debajo están los brazos eternos» (v. 27). Cuando sientas que el suelo cede, recuerda qué hay debajo.

2. Murió mirando, no pisando, y aun así descansó en paz

Aquí se detiene el corazón un momento. El hombre que sacó al pueblo de Egipto, que aguantó sus quejas cuarenta años, que intercedió por ellos una y otra vez, ve la tierra desde la cima y no entra. Cualquiera lo leería como una tragedia. Pero algo cambia el tono. En la ley hebrea, contemplar una tierra con los propios ojos era el acto de tomar posesión de ella. Cuando Dios le dice «mírala toda», le está concediendo el privilegio de poseerla en nombre de todo su pueblo, aunque su pie no la toque. Moisés murió en paz porque vio cumplirse la promesa, aunque el cumplimiento pleno quedara para los que venían detrás. Hay herencias que Dios nos da pero que recibiremos del otro lado del río. No todo lo prometido se cobra a este lado de la eternidad. Aprende a confiar en promesas cuyo fruto verán tus hijos, y a descansar como Moisés, mirando de lejos lo que Dios sin falta cumplirá.

3. Hizo falta un Mediador que sí nos metiera a la tierra

El mediador más grande de Israel murió fuera de la tierra. Su tumba escondida predica en silencio que ni siquiera Moisés era suficiente, que hacía falta Alguien mejor. Pero la historia de Moisés no terminó en el Nebo. Siglos después, en el monte de la Transfiguración, Moisés sí pisó la tierra prometida, y estaba de pie junto a Jesús, hablando con Él del éxodo mayor que estaba por cumplir en Jerusalén (Lucas 9:31). El profeta como Moisés que él mismo había anunciado vino al fin, y este no muere fuera. Entra, y nos mete con Él. No por casualidad el hombre que tomó el relevo se llamaba Josué, que es el mismo nombre de Jesús, el que sí cruza el río y lleva al pueblo al descanso (Hebreos 4:8-9). Moisés te muestra la tierra de lejos; Cristo te toma de la mano y te hace entrar.

Reflexión y oración

El libro que empezó pidiéndonos recordar termina señalando al único que nunca debemos olvidar.

Y así cierra el camino de los cinco libros de Moisés. En Génesis el pueblo conoció quién es Dios, que es uno y que creó todo. En Éxodo recibió su ley y supo de quién era. En Levítico aprendió cómo acercarse a un Dios santo y adorarlo. En Números fue probado, refinado y entrenado en el desierto. Y en Deuteronomio aprendió a recordar lo que Dios hizo, a escuchar lo que Dios pide y a escoger el camino de Dios. Aquellos esclavos que salieron de Egipto son ahora un pueblo preparado, parado en la frontera, listo para entrar a la tierra. Mañana cruzan el Jordán con Josué, y esa será otra historia. Pero el Dios que los trajo hasta aquí es el mismo que los hará entrar.

Padre, gracias por habernos traído hasta el final de este camino. Gracias porque viniste a buscarnos antes de que supiéramos buscarte, porque debajo de nosotros están tus brazos eternos, y porque enviaste a uno mayor que Moisés, que entró a la tierra y nos mete contigo. Danos un corazón que recuerde, que escuche y que escoja tu camino cada día. Y mientras llega el descanso pleno, sosténnos en la confianza de que cumplirás todo lo que prometiste. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 33-34, Salmos 119:145-176, Isaías 60, Mateo 8

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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