La fe de una forastera

«Porque el Señor su Dios, Él es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra» (Josué 2:11, NBLA)

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Lo primero que hace Josué después de oír «levántate y pasa» es mandar a dos espías a Jericó. Arranca como una misión militar, pero termina siendo otra cosa, la historia de cómo Dios fue a salvar a la persona que nadie habría puesto en la lista. Una mujer cananea. Una prostituta. La que vivía pegada al muro de la ciudad condenada.

Entendiendo el pasaje

Josué los envía en secreto, quizá para que una mala noticia no desanimara al pueblo como había pasado en tiempos de Moisés. Los dos hombres entran a Jericó y se hospedan en casa de Rajab, una prostituta. No era un escondite raro. Una casa así, en el muro de la ciudad, recibía gente entrando y saliendo a toda hora y no llamaba la atención. Pero el rey se entera, manda a buscarlos, y Rajab los esconde y miente para protegerlos. Conviene decirlo claro, y es que la Biblia más adelante elogia la fe de Rajab, no su mentira (He. 11:31). La pone entre los héroes de la fe aquello en lo que decidió confiar.

Cuando los espías ya están a salvo en la azotea, Rajab les habla, y lo que dice sorprende. Confiesa que sabe que el Señor ya les entregó la tierra, que toda la ciudad está temblando de miedo, y que el Señor es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra (2:9-11). ¿De dónde sacó eso una mujer de Jericó? De lo que había oído. Le llegaron las noticias de cómo Dios secó el mar Rojo y venció a los reyes amorreos (2:10), y sobre esa noticia se jugó todo. Entonces hace un pacto con ellos. Ella los salva, y ellos prometen rescatarla a ella y a su familia cuando tomen la ciudad. La señal del trato será un cordón rojo atado a su ventana. Los espías vuelven a Josué con una sola certeza, que el Señor ha entregado la tierra (2:24). El héroe vuelve a ser Dios.

Tres verdades bíblicas

1. La fe nace de oír lo que Dios ha hecho

Rajab no tuvo un templo, ni un profeta predicándole, ni un rollo de la ley en las manos. Tuvo noticias. Oyó lo que Dios había hecho por su pueblo, y eso le bastó para jugarse la vida. Así sigue funcionando la fe. Llega cuando oímos quién es Dios y qué ha hecho. Por eso Pablo escribió que la fe viene del oír, y el oír, de la palabra de Cristo (Ro. 10:17).

Si sientes que tu fe anda floja, vuelve a la fuente que la alimenta, que es oír a Dios hablar en su palabra. Una fe que deja de oír a Dios se apaga sola, como fuego sin leña. Rajab apostó su vida sobre lo poco que había oído. Tú tienes en las manos toda la historia, completa hasta la cruz.

2. La gracia de Dios alcanza a quien nadie esperaba

Piensa en todo lo que Rajab tenía en contra. Era cananea, del pueblo que estaba bajo juicio. Era mujer, en una cultura que apenas la contaba. Y era prostituta, marcada de por vida. Si alguien estaba fuera de toda lista de candidatos a la salvación, era ella. Y aun así, la misericordia de Dios entró a buscarla justo ahí, dentro de la ciudad condenada. La conquista fue juicio contra un sistema podrido hasta los huesos, y en medio de ese juicio Dios todavía tendió la mano a quien se volviera a él.

Y la cosa no termina en que Rajab apenas se salva. Esa prostituta cananea se casó en Israel, fue tatarabuela del rey David, y su nombre quedó escrito en la genealogía de Jesús (Mt. 1:5). Dios la rescató y la llevó hasta el centro mismo de su plan. Tú que me escuchas cargando un pasado que crees que te descalifica, mira a Rajab. No hay vida tan marcada que la gracia de Dios no pueda alcanzarla y rehacerla.

3. La fe que salvó a Rajab es la misma que salva en Cristo

Detente en lo que de verdad la salvó. A Rajab la rescató confiar. Llegó a creer que el Dios de Israel era el único Dios verdadero, el que tiene en sus manos el cielo y la tierra, y apostó su vida entera a esa convicción. El cordón en la ventana fue apenas la señal que habían acordado para que los espías reconocieran su casa; lo que la libró del juicio fue la fe que latía detrás de ese gesto. Por eso el Nuevo Testamento la levanta como ejemplo: «por la fe» Rajab no pereció con los incrédulos (He. 11:31), y esa fe se hizo visible en lo que hizo (Stg. 2:25).

Y ahí está el puente con nosotros, porque así se salva cualquiera, no por ser bueno ni por arreglar primero su vida, sino por confiar en lo que Dios ha hecho. Lo que en Rajab fue creer en el Dios que secó el mar Rojo, en nosotros es creer en Cristo, en su muerte y su resurrección. Y el que se confía a él queda a salvo para siempre.

Reflexión y oración

La misma fe que rescató a Rajab del juicio es la que hoy salva a todo el que se confía a Cristo.

Padre, gracias porque eres Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y porque tu gracia llega hasta donde nadie la espera. Como Rajab, confesamos hoy que sabemos quién eres y que solo tú salvas. Gracias porque en Cristo abriste el camino para que todo el que confíe en él quede a salvo de tu juicio. Enséñanos a poner toda nuestra confianza en tu Hijo, y solo en él. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Josué 2, Salmos 123-125, Isaías 62, Mateo 10

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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