Ecos del pasado: el pecado de Acán

«Los hombres de Hai hirieron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los persiguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada. El corazón del pueblo desfalleció y se hizo como agua» (Josué 7:5, NBLA)

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Venimos de una cumbre. Jericó cayó, y con ella aprendimos la lección más grande de este libro, que la batalla es del Señor y que él es el héroe de la historia. Israel marchó, calló y gritó, y Dios derribó los muros. Todo parecía ir de maravilla. Pero apenas pasamos la página, la historia se tuerce. Israel sube contra Hai, un pueblo pequeño, y termina huyendo, derrotado y humillado. Josué debió sentir un escalofrío, porque esto ya lo había visto antes, en el desierto, cuando el pueblo quiso pelear por su cuenta y terminó apaleado. Una derrota así, en un pueblo que acababa de ver a Dios pelear por él, solo podía significar una cosa, y no era nada buena.

Entendiendo el pasaje

Después de Jericó, Josué manda espías a inspeccionar Hai. Vuelven confiados y le dicen que es poca cosa, que no hace falta subir con todo el pueblo, que basta con dos o tres mil hombres (7:3). Ahí está el primer problema. Venían de una victoria enorme, se sentían fuertes, y calcularon la guerra como un asunto de números. Subieron por su cuenta con sus tres mil, y los de Hai los hicieron correr. Cayeron unos treinta y seis, y el corazón del pueblo se deshizo como agua. De la euforia al terror, en una sola mañana.

Josué se rasga las vestiduras y cae de rostro delante del arca, clamando a Dios (7:6). Pero la respuesta lo sacude. Dios le dice que se levante, que deje de postrarse, porque Israel ha pecado (7:10-11). No era mala suerte ni mala estrategia. Había pecado en el campamento. Alguien había tomado del botín de Jericó lo que estaba consagrado a Dios, y lo había escondido. Por eso Israel no podía sostenerse ante sus enemigos. Entonces Dios va estrechando el cerco, tribu por tribu, familia por familia, hasta señalar a un hombre, Acán. Y él confiesa lo que hizo. Vio un manto hermoso, plata y oro, los codició, los tomó y los enterró bajo su tienda (7:20-21). El pecado que creyó bien enterrado quedó a plena luz.

Tres verdades bíblicas

1. No cambies los planes de Dios por los tuyos

Mira lo rápido que se les olvidó. En Jericó habían visto con sus propios ojos que era Dios quien ganaba la guerra por ellos. Y a la semana siguiente, frente a Hai, se pusieron a calcular tropas y a medir al enemigo, confiados en su propia fuerza. Se guardaron a Dios para las batallas grandes y pensaron que las pequeñas las resolvían solos.

Ese es el pecado de la autoconfianza, creer que ya podemos con esto, que a Dios lo necesitábamos para arrancar pero de aquí en adelante nos las arreglamos. Y es un pecado escurridizo, porque suele llegar justo después de una victoria, cuando nos sentimos más fuertes. No se puede ganar de la mano de Dios y luego soltarlo para colgarnos la medalla. El día que hacemos eso, terminamos como Israel frente a Hai.

2. El pecado de uno trae consecuencias sobre todo el pueblo

Fíjate en algo que golpea. Dios no dijo que Acán había pecado; dijo que Israel había pecado (7:11). Un solo hombre tomó lo prohibido, y toda la nación cayó derrotada, y treinta y seis casas enterraron a los suyos por una culpa que ni siquiera sabían que existía. Así funciona lo que la Biblia llama representación. Estamos mucho más unidos de lo que creemos, y lo que uno hace salpica a todos.

Y mira a Acán. Creyó que podía esconder su pecado bajo la tierra de su tienda y seguir como si nada. Pero no hay pecado escondido para Dios. Tarde o temprano las consecuencias salen a la superficie. Quizá las tuyas se demoren, quizá creas que te saliste con la tuya, pero no hay nada oculto que no vaya a ser sacado a la luz, si no aquí, en el día del juicio. Nada escapa a los ojos de Dios.

3. Hay un mejor representante

Y aquí el evangelio se asoma con fuerza. Porque si el pecado de un solo hombre pudo hundir a todo un pueblo, esa misma lógica, dada vuelta, es nuestra esperanza. Donde Acán, con su pecado, arrastró a muchos a la derrota, Cristo, con su obediencia, rescató a muchos para la vida. Es lo que enseña Pablo, que por la transgresión de uno vino la condenación para todos, y por la obediencia de uno vino la justicia y la vida (Ro 5:18-19).

Jesús es el último Adán (1 Co 15:45), el representante perfecto que ocupó nuestro lugar. Acán escondió un pecado que era suyo y murió por él; Cristo cargó un pecado que no era suyo, el nuestro, y murió en nuestro lugar. En él, todos los que somos suyos ya tenemos la victoria que no ganamos. Alabado sea Cristo.

Reflexión y oración

El pecado de uno trajo muerte a muchos; la obediencia de Uno trajo vida a muchos, y ese Uno es Cristo.

Padre, gracias por un texto que nos incomoda y nos sana a la vez. Perdónanos cuando, después de verte obrar, nos llenamos de autoconfianza y creemos que podemos caminar sin ti. Perdónanos los pecados que escondemos, pensando que nadie los ve. Gracias porque, aunque el pecado de uno nos hundió, tú enviaste a un mejor representante, tu Hijo, que cargó nuestra culpa y nos entregó su victoria. Enséñanos a depender de ti en lo grande y en lo pequeño, y a descansar en Cristo, nuestro representante fiel. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Josué 7, Salmos 137-138, Jeremías 1, Mateo 15

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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