La batalla que no fue

«¡Griten! Porque el Señor les ha entregado la ciudad» (Josué 6:16, NBLA)

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Hay un viejo cántico que dice que «Josué peleó la batalla de Jericó, y los muros se derrumbaron». La primera parte no es del todo cierta. Los muros cayeron, sí, y el pueblo tomó la ciudad. Pero batalla, lo que se dice batalla, no hubo. Dios entregó Jericó en las manos de Israel. Si en algún capítulo se ve con toda claridad que el héroe de esta historia es Dios, es este.

Entendiendo el pasaje

Recordemos el plan que Dios le había dado a Josué. Marchar alrededor de la ciudad una vez al día durante seis días, con los sacerdotes tocando cuernos de carnero delante del arca, y al séptimo día darle siete vueltas, y entonces, a una señal, el pueblo gritaría y el muro caería (6:2-5). Ahora vemos cómo lo cumplen al pie de la letra. Y fíjate en la orden más difícil de todas, guardar silencio. Durante esos días nadie podía gritar ni dejar oír su voz, hasta que Dios lo dijera (6:10). El número siete se repite una y otra vez, el número de lo completo. Al séptimo día, tras la séptima vuelta, suena el cuerno largo, el pueblo grita, y el muro se derrumba en su sitio, como aplastado desde arriba (6:20).

El resto del capítulo cuenta lo que se hizo con la ciudad. Jericó quedó bajo anatema, dedicada por completo a Dios para destrucción. Cuesta a oídos de hoy, y es honesto decirlo, pero el texto lo presenta como el justo juicio de Dios sobre una maldad que había llegado a su colmo tras generaciones de rebeldía (Gn 15:16). No fue un capricho ni una matanza a la ligera. Y en medio de ese juicio, una casa se salva. Rajab y su familia son rescatadas, tal como los espías prometieron, por la fe que ella había mostrado (He 11:31). La que creyó, vive; la ciudad que se endureció, cae.

Tres verdades bíblicas

1. Un pueblo que murmuraba, ahora un pueblo que calla

Mira bien quién es este pueblo. La generación anterior, la del desierto, se hizo famosa por una cosa, quejarse. Murmuraron contra Moisés, contra Dios, por el agua, por la comida, por todo. Y a esta nueva generación Dios le pide justamente lo contrario, callar. Marchar seis días alrededor de una ciudad sin soltar una sola palabra, aguantando las ganas, hasta la orden de gritar. Y lo hacen.

Piénsalo. Para un pueblo nacido de murmuradores, ese silencio obediente es tan milagro como el muro que cayó. Dios no solo derribó una muralla aquel día; también cambió el corazón de un pueblo. El mismo que se quejaba de todo aprendió a confiar en silencio y a esperar en él.

2. La guerra de Dios no es convencional

«Mira, he entregado en tu mano a Jericó» (6:2). Lo dice antes de la primera vuelta, en pasado, como algo ya hecho. Y luego viene la estrategia, marchar, tocar cuernos, callar y gritar. Nada de eso derriba una muralla. Ningún ejército del mundo tomaría así una ciudad fortificada. Pero Dios no pelea como pelean los hombres.

El muro no cayó empujado desde afuera por arietes; cayó en su lugar, desplomado como por una mano de arriba. Dios ganó a su manera, y de paso dejó grabado de quién era la victoria. Nadie en Israel podría haberla atribuido a su destreza militar, porque no la hubo. Solo hubo un pueblo obedeciendo y un Dios cumpliendo.

3. El llamado de Dios es a obedecer y creer

¿Cuál fue, entonces, la parte de Israel? No diseñar la estrategia, que esa la puso Dios. Su parte fue creer la promesa y hacer lo que Dios dijo, por absurdo que sonara. Marcharon, callaron y gritaron confiando en una palabra, «he entregado». Por eso, cuando el Nuevo Testamento repasa a los héroes de la fe, escribe, «Por la fe cayeron los muros de Jericó» (He 11:30). No por la fuerza de Israel, sino por su fe puesta en la palabra de Dios.

Y ese mismo capítulo de Hebreos, después de nombrar a Jericó y a tantos otros, levanta la mirada hacia Jesús, «el autor y consumador de la fe» (He 12:2). La fe que rodeó Jericó y la fe que Dios nos pide hoy nacen del mismo lugar y apuntan al mismo Cristo. Dios sigue llamando a lo mismo, a creerle y a obedecerle.

Reflexión y oración

La fe cree la promesa de Dios y obedece, aunque no entienda el método.

Padre, gracias porque tú peleas por los tuyos y ganas a tu manera, que no es la nuestra. Gracias porque aquel pueblo que tanto murmuró aprendió al fin a callar y confiar, y porque tú sigues haciendo ese cambio en corazones como el nuestro. Enséñanos a creer tu promesa y a obedecer aunque no entendamos el camino, como Israel frente a Jericó. Y gracias porque esa fe tiene en Cristo su autor y su meta. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Josué 6:6-27, Salmos 135-136, Isaías 66, Mateo 14

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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