Detente un momento y escucha

«Hoy sabemos que el Señor está en medio de nosotros, porque no habéis cometido esta infidelidad contra el Señor» (Josué 22:31, NBLA)

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Terminada la conquista y repartida la tierra, llega la hora de la despedida. Las tribus de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés, que vivían al otro lado del Jordán, habían cruzado el río años atrás para pelear junto a sus hermanos hasta conquistarlo todo. Cumplieron su palabra, y ahora Josué los envía de vuelta a casa con honra. Pero en el camino de regreso, un altar levantado junto al Jordán está a punto de encender una guerra entre hermanos. Y lo que salva la situación es algo muy sencillo, que alguien se detuvo a preguntar.

Entendiendo el pasaje

Al llegar al Jordán, las dos tribus y media construyen un altar enorme, visible desde lejos. La noticia corre, y las tribus del occidente entienden lo peor. Para ellos, levantar otro altar solo podía significar una cosa, que sus hermanos se habían apartado del Señor para adorar por su cuenta, algo que la ley prohibía. La reacción fue inmediata, se juntaron en Silo, listos para subir a la guerra contra ellos.

Pero antes de atacar, hacen algo sabio. Mandan al sacerdote Finees con diez jefes a averiguar qué estaba pasando. Y la explicación lo aclara todo. El altar era un testigo, no un lugar para ofrecer sacrificios. Las tribus del oriente temían que, con el tiempo, el río se volviera una frontera y los hijos del occidente les dijeran a los suyos «vosotros no tenéis parte en el Señor» (22:24-25). Por eso levantaron una réplica del altar, como recordatorio de que ellos también pertenecían al pueblo de Dios. Al oír esto, Finees respira aliviado, la guerra se cancela, y llaman al altar «Ed», que significa testigo (22:34).

Tres verdades bíblicas

1. Detente a escuchar antes de juzgar

Piensa en lo cerca que estuvieron de una tragedia. Todo un pueblo a punto de matar a sus propios hermanos, y por una conclusión sacada a la carrera. Vieron el altar y dieron por hecho lo peor, sin preguntar, sin confirmar. Por fortuna, antes de desenvainar, alguien dijo, esperen, vamos a averiguar primero. Esa pausa salvó miles de vidas.

Cuántos conflictos se encienden igual, por una primera impresión que damos por cierta sin oír al otro. Vemos algo, lo interpretamos de la peor manera, y ya estamos armando la guerra en la cabeza. La Biblia nos deja una regla de oro para esto, «pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira» (Stg 1:19). Detenernos a preguntar, a escuchar la versión del otro antes de sentenciar, desarma la mitad de los pleitos antes de que empiecen.

2. Asume las consecuencias de tus decisiones

En la explicación de las tribus del oriente hay algo que dice mucho. Mirando el Jordán, comentan que el Señor lo había puesto como límite entre ellos y el resto de Israel (22:25). Pero fíjate bien, ese límite no lo puso Dios. Lo pusieron ellos, cuando eligieron quedarse a vivir al otro lado del río. Nadie los obligó. Fue su decisión.

Y sin embargo, no se quejan ni le echan la culpa a Dios ni a nadie. Reconocen el problema que su propia decisión creó, que sus hijos podían quedar lejos del lugar de adoración, y en lugar de lamentarse, buscan una solución. Ahí hay una lección de madurez. Muchas de las cargas que llevamos nacieron de decisiones que tomamos nosotros mismos. Lo maduro es asumir el costo de lo que elegimos y hacernos cargo con la frente en alto, en vez de salir a buscar culpables.

3. Deja un testigo para que tus hijos sepan que pertenecen

Y mira por qué construyeron el altar. Lo hicieron pensando en sus hijos. Les preocupaba que, generaciones más tarde, alguien pusiera en duda que ellos formaban parte del pueblo de Dios. El altar era un testigo plantado allí para que sus nietos, al verlo, supieran que pertenecían, que el río no los dejaba afuera. Estaban invirtiendo en la fe de los que todavía no habían nacido.

Y ese miedo tan humano, el de quedar cortados, el de no tener parte, encuentra respuesta definitiva en el evangelio. Porque en Cristo, los que estábamos lejos fuimos acercados por su sangre, y de dos pueblos que un muro mantenía separados él hizo uno solo (Ef 2:13-14). Ya no hace falta un altar de piedra para demostrar que pertenecemos. Cristo mismo es nuestro testigo, y en él ningún Jordán, ninguna distancia, nos deja fuera del pueblo de Dios.

Reflexión y oración

La guerra no la detuvieron las armas, sino la humildad de detenerse a preguntar.

Padre, gracias por este cuadro de tu pueblo aprendiendo a vivir en paz. Líbranos de sacar conclusiones apresuradas y de encender pleitos sin escuchar al otro. Haznos prontos para oír y tardos para la ira. Danos madurez para asumir lo que decidimos, sin andar buscando a quién culpar. Y gracias, sobre todo, porque en Cristo ya no tememos quedar afuera, tú nos acercaste cuando estábamos lejos y nos hiciste parte de tu pueblo para siempre. Que se lo sepamos contar a nuestros hijos. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Josué 22, Hechos 2, Jeremías 11, Mateo 25

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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