Después de repartir toda la tierra, el libro hace algo curioso. Vuelve sobre el mapa y aparta ciertas ciudades para propósitos de Dios que cruzan por encima de las fronteras de las tribus. Es una especie de jurisdicción especial dentro del territorio. Por un lado, seis ciudades de refugio, para la justicia y la misericordia. Por otro, cuarenta y ocho ciudades levíticas, para el sacerdocio y la enseñanza. Y el punto donde las dos se tocan, como veremos, termina llevándonos a Cristo.
Entendiendo el pasaje
Empecemos por las ciudades de refugio. En aquel tiempo, cuando alguien moría a manos de otro, un pariente cercano, el vengador de la sangre, tenía el deber de cobrar esa muerte. Eso funcionaba cuando el homicidio era claro. El problema venía cuando la muerte había sido un accidente, sin intención ni rencor. Sin un freno, el vengador mataría a un inocente, sumando muerte a muerte. Para cortar esa espiral, Dios aparta seis ciudades, tres a cada lado del Jordán, de modo que nadie quedara a más de un día de camino. Allí el que había matado sin querer podía huir, ser recibido y esperar un juicio justo delante de la asamblea (20:3-6).
En el capítulo 21 aparecen las ciudades levíticas, cuarenta y ocho repartidas por todo Israel. Y aquí hay que aclarar algo que pudiera sonar contradictorio. A Leví se le había dicho que no tendría heredad (13:33), y ahora reclama ciudades. ¿En qué quedamos? Lo que Leví no recibió fue un territorio propio, un bloque de país como el de Judá, porque su porción era el Señor mismo. Pero sus familias necesitaban dónde vivir, así que las demás tribus les ceden ciudades de sus heredades (21:3). Más que quedarse con un pedazo de nación, Leví queda esparcido por toda ella, eran tierras donde estarían sus familias, después de todo, ni sus esposas ni sus hijos servían en el templo cuando les correspondía su turno. Ahora, hay algo une los dos capítulos, las seis ciudades de refugio estaban entre las levíticas. El lugar de asilo era, a la vez, una ciudad de sacerdotes.
Tres verdades bíblicas
1. Dios abrió un refugio para el que mató sin querer
Mira el corazón de esta ley. En una cultura donde la sangre se pagaba con sangre, Dios se detiene a proteger un caso concreto, el del que causó una muerte sin quererlo. No para encubrir al culpable, el que mataba con intención no tenía lugar ahí. Era para que un accidente no costara dos vidas. La justicia de Dios castiga el mal, y a la vez cuida que el celo por la justicia no se convierta en otra injusticia.
Y fíjate quién tenía acceso, tanto el israelita como el extranjero que vivía entre ellos (20:9). El refugio de Dios no era un privilegio de sangre ni de raza, estaba abierto a todo el que lo necesitara, y eso ya anunciaba que su misericordia sería para toda la humanidad.
2. Leví no tuvo tierra, pero Dios lo puso en todas partes
Volvamos a Leví, porque su historia tiene un giro precioso. Generaciones atrás, el patriarca Jacob había pronunciado una palabra dura sobre su hijo Leví a causa de su violencia, «los esparciré en Israel» (Gn 49:7). Sonaba a castigo, a quedar dispersos. Y así fue. Pero Dios tomó esa dispersión y le dio la vuelta.
En lugar de un rincón para ellos solos, Dios los sembró en las cuarenta y ocho ciudades, con una misión, enseñar la ley, guiar la adoración y mantener viva la memoria de lo que él había hecho. Gracias a eso no había tribu, por lejana que estuviera, sin alguien cerca que le abriera la Palabra de Dios. Lo que empezó como palabra de juicio, Dios lo volvió vocación. El esparcimiento se hizo ministerio. Dios sabe tomar lo que parecía una sentencia y ponerlo a servir a sus propósitos.
3. Cristo, nuestro refugio y nuestro sacerdote
Y ahora, donde todo se junta. ¿Recuerdas que las ciudades de refugio eran también ciudades de sacerdotes? El texto añade algo asombroso. El que había huido no quedaba libre en cualquier momento, permanecía en la ciudad hasta la muerte del sumo sacerdote (20:6). Era como si esa muerte saldara la cuenta y le abriera la puerta de regreso a casa.
Y hacia ahí apunta todo. El Nuevo Testamento toma esa imagen y dice que corrimos a refugiarnos «para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros» (Heb 6:18), y que esa esperanza es Jesús, que entró por nosotros como Sumo Sacerdote (Heb 6:20). En él, las dos ciudades se vuelven una. Cristo es el refugio a donde corremos huyendo del juicio, y es el Sumo Sacerdote cuya muerte, esta vez de verdad, nos deja libres para volver a casa. Y con un vuelco que asombra. En aquellas ciudades, si el fugitivo resultaba culpable, era entregado al vengador. En el refugio que es Cristo, el que llega culpable no es entregado, sino perdonado, porque el sacerdote que debía juzgarlo murió en su lugar.
Reflexión y oración
El Dios que no dejó caer ni una sola de sus buenas promesas a Israel (21:45) es el mismo que en Cristo nos dio un refugio y un sacerdote para siempre.
Padre, gracias porque eres un Dios de justicia y de misericordia a la vez, que castiga el mal y abre refugio para el necesitado. Gracias porque ese refugio quedó abierto a todo el que huye a ti, venga de donde venga. Y gracias, sobre todo, por Jesús, nuestra ciudad de refugio y nuestro Sumo Sacerdote, que en lugar de entregarnos al juicio murió para dejarnos libres y llevarnos a casa. Corremos hoy a ti y en ti descansamos, seguros de que ni una sola de tus promesas cae al suelo. En el nombre de Cristo, amén.
