El fracaso de una conquista a medias

«El Señor estaba con Judá, y este tomó posesión de la región montañosa, pero no pudo expulsar a los habitantes del valle, porque tenían carros de hierro.» (Jueces 1:19, NBLA)

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Salomón, uno de los reyes más gloriosos que han existido, escribió que las moscas muertas echan a perder el mejor de los perfumes, y que un poco de insensatez pesa más que la sabiduría y la honra juntas. Lo sabía por experiencia propia, porque su reinado empezó lleno de gloria y terminó de manera lamentable. Hoy abrimos el libro de los Jueces, y esa vieja observación de Salomón va a rondar cada página. ¿Cómo puede algo tan hermoso quedar arruinado por cosas que parecían insignificantes? Con este capítulo arrancamos el primer bloque de la serie, el que iremos llamando «El escenario del fracaso», y comienza justo donde el libro de Josué nos dejó.

Entendiendo el pasaje

El libro de los Jueces cubre el tramo que va desde la conquista de Josué hasta el reinado de Saúl, unos trescientos cincuenta años en los que Israel no tuvo rey. En su lugar, Dios levantaba de tiempo en tiempo a un juez, un líder regional que libraba al pueblo de la opresión y lo traía de vuelta del pecado al arrepentimiento. Josué había servido al Señor hasta el último de sus días, y las victorias que Dios le dio vinieron porque él hizo las cosas a la manera que Dios había mandado. Pero murió sin terminar de conquistar toda la tierra. El trabajo seguía pendiente, y el capítulo 1 lo retoma. Lo que no esperaríamos es la forma en que ese trabajo se va desarmando.

El capítulo empieza bien. Judá le pregunta al Señor quién debe subir primero, y Dios responde que suba Judá, porque ya ha entregado la tierra en su mano. Las primeras batallas se ganan, y en medio de ellas aparece Otoniel, que conquista una ciudad él solo, un anticipo del juez fiel que después llegaría a ser. Hasta ahí, todo parece la continuación natural de Josué. Pero a partir del versículo 19 el tono cambia. El texto dice que el Señor estaba con Judá, y aun así no pudo expulsar a los que tenían carros de hierro, cuando Dios mismo le había dicho a Josué que esos carros no serían obstáculo. De ahí en adelante se repite el mismo estribillo tribu por tribu. Benjamín no expulsó al jebuseo y habitó con él. Manasés no pudo con sus ciudades. Efraín, Zabulón, Aser, Neftalí y Dan tropezaron con lo mismo. Desde Judá en el sur hasta Dan en el norte, Israel fue perdiendo la costumbre de hacer las cosas como Dios había mandado. Y cuando se hizo fuerte, en lugar de expulsar al cananeo, le pareció mejor negocio dejarlo vivir y cobrarle tributo. Puesto al lado de Josué, donde la tierra se tomó a la manera de Dios, este capítulo se lee como un fracaso disfrazado de éxito.

Tres verdades bíblicas

1. Obedecer a Dios es hacer lo que Él dice y a la manera en que Él lo dice

El mandato a Judá fue claro, y la obediencia que Dios pide tiene siempre dos caras, lo que Él manda y el modo en que lo manda. Israel se quedó con la meta y cambió el método. Quería la tierra, sí, pero descubrió una vía que le parecía más práctica, y terminó con el cananeo instalado en casa pagándole impuestos. Fíjate lo fácil que es caer ahí. Tú también vas a encontrarte con caminos que parecen más sensatos que el que Dios te señala. Tu plan casi siempre se verá más lógico, más rápido, más seguro. El de Dios te pedirá más fe y más paciencia. Pero conservar el objetivo mientras negociamos el método sigue siendo desobediencia, aunque se vista de piedad. El fin no santifica los medios.

2. Las concesiones pequeñas terminan en ruinas grandes

Aquí vuelve la imagen de Salomón. Un poco de insensatez echa a perder mucha sabiduría, y unas cuantas moscas muertas arruinan el frasco entero. Lo que en el capítulo empezó como el arreglo conveniente de una tribu se fue contagiando hacia el norte, tribu tras tribu, hasta que la misión completa se vino abajo. Así trabaja la concesión con el pecado. Nunca se anuncia como rebeldía abierta. Se presenta como sentido común, como un ajuste razonable, como algo que después arreglaremos. Url puritano Thomas Watson no lo pudo decir mas claro: o matas el pecado o el pecado te mata a ti. No se puede vivir a mitad de camino, con un pie en la vida vieja y otro en Cristo, guardando un rincón donde el pecado siga cobrando lo suyo.

3. Cristo obedeció por completo lo que Israel dejó a medias

Todo el libro que empezamos hoy va a desfilar jueces que libran a Israel por un tiempo y nunca terminan la obra. Ninguno deja el trabajo completo, y esa insuficiencia que se repite funciona como una flecha que apunta hacia adelante, hacia Alguien que sí pudo. Donde Israel obedeció a medias, Cristo no cumplió una parte de la voluntad del Padre, sino toda ella, y a la manera del Padre, hasta la cruz. Él es el Libertador fiel que este primer capítulo ya empieza a pedir a gritos, el que hace lo que ningún juez logró y el que da el descanso que ni Josué alcanzó a dar del todo. Por eso, cuando leas estas historias de fracaso, no te quedes midiendo tus fuerzas contra las de Israel. Levanta los ojos al que obedeció por ti.

El libro comienza mostrándonos todo lo que el hombre no puede terminar, para enseñarnos a mirar al único que sí lo terminó.

Padre, gracias porque eres fiel a tu pacto incluso cuando fallamos en cumplir el nuestro. Reconocemos que muchas veces hemos hecho como Israel, guardando la meta y negociando el camino, contentándonos con arreglos cómodos donde tú pediste obediencia entera. Perdónanos por las concesiones pequeñas que hemos dejado crecer. Y gracias, sobre todo, por Jesucristo, el que obedeció por completo lo que dejamos a medias, el que fue castigado por nuestra rebeldía para que tú pudieras hacernos tu pueblo y ser tú nuestro Dios. Ayúdanos a descansar en Él y a seguirte a tu manera. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Jueces 1, Hechos 5, Jeremías 14, Mateo 28

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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