Decadencia de un libertador

«Yo no reinaré sobre ustedes, ni tampoco mi hijo reinará sobre ustedes; el Señor reinará sobre ustedes.» (Jueces 8:23, NBLA)

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loEl mismo hombre que ayer escondía trigo en un lagar, muerto de miedo, hoy persigue reyes y amenaza pueblos enteros. Dios lo levantó de la nada y lo usó para una de las victorias más asombrosas del libro. Y sin embargo, el capítulo que sigue a esa victoria es de los más tristes de Jueces. Porque hay un enemigo que Gedeón no supo pelear, y no estaba en el campamento de Madián. Estaba en su propio corazón.

Entendiendo el pasaje

La caída empieza apenas termina la guerra. Los de Efraín le reclaman a Gedeón airados por no haberlos llamado antes, y aunque él los calma con una respuesta suave, ya se respira en el aire lo que Dios temía, un pueblo peleando por la gloria de una victoria que no era suya. Luego Gedeón llega con hambre a Sucot y a Peniel y les pide comida, y ellos, por miedo a Madián, se la niegan. La respuesta de Gedeón lo delata. Promete volver a vengarse, y cumple, y castiga con crueldad a los suyos. El que un día pidió señales porque dudaba, ahora no le perdona la duda a nadie.

Y detrás de todo asoma la verdadera raíz. La persecución de los reyes Zeba y Zalmuná resultó ser un asunto personal, porque habían matado a sus hermanos, así que Gedeón terminó usando el nombre de Dios para su propia venganza. Después el pueblo le ofrece ser rey, él y su hijo y los hijos de sus hijos. Gedeón dice las palabras correctas, que solo el Señor debe reinar sobre ellos, pero su vida cuenta otra historia. Acumuló riquezas y mujeres como un rey, y a un hijo lo llamó Abimélec, que quiere decir «mi padre es rey». Y con el oro del botín fabricó un efod, un objeto de culto que puso en su ciudad, y todo Israel se prostituyó tras él. Aquel objeto se volvió una trampa para Gedeón y para su casa. El libertador que derribó el altar de Baal terminó levantando un ídolo nuevo con sus propias manos.

Tres verdades bíblicas

1. La soberbia no crece en la derrota, crece en la victoria

Fíjate cuándo cayó Gedeón. No fue temblando en el lagar, cuando se sabía débil y dependía de Dios para todo. Fue después de ganar. El proverbio lo dijo, antes de la caída va la altivez del corazón. Mientras Gedeón se vio pequeño, se apoyó en Dios; en cuanto se vio fuerte, empezó a apoyarse en sí mismo. Por eso a veces lo peor que nos puede pasar es que algo nos salga bien, porque quedamos convencidos de que la fuerza fue nuestra. Cuida tu corazón sobre todo en los días buenos, cuando el aplauso llega y la tentación de creerte el dueño de la victoria es más fuerte. La debilidad nos empuja a Dios; el éxito mal llevado nos aleja de Él sin que lo notemos.

2. El que olvida la paciencia que recibió se vuelve duro con los demás

Piensa en la ironía. Gedeón dudó tanto que le pidió a Dios una señal, y otra, y otra, y Dios se las concedió todas con paciencia. Ahora ese mismo hombre castiga sin misericordia a Sucot y a Peniel por dudar de él. Se le olvidó de dónde venía. Y a nosotros nos pasa igual de rápido. Somos expertos en recordar la paciencia que Dios nos tuvo y torpes para ofrecérsela a quien nos falla. El que de verdad entiende cuánto se le perdonó no anda cobrando deudas ajenas con intereses. La misericordia que recibiste tenía un propósito más grande que tu propio alivio, enseñarte a repartirla.

3. Israel necesitaba un Rey verdadero, y Gedeón no lo era

Gedeón dijo que solo el Señor debía reinar, y acto seguido vivió como si el rey fuera él. Quiso ser libertador, sacerdote y rey a la vez, y fracasó en los tres. La ley ya había dicho cómo debía ser un rey en Israel, humilde, sujeto a la Palabra, sin amontonar oro ni mujeres, y Gedeón fue el retrato de lo contrario. Su historia nos deja con hambre de otro, de un Rey que sí cumpla. Y ese llegó. Gedeón buscó su propia gloria; Cristo no buscó la suya, sino la de su Padre, aun al precio de su humillación. Gedeón se vengó de sus hermanos; Cristo, tras vencer, vino a servir a los débiles y a perdonar a los culpables. Gedeón vivió como rey sin serlo; Cristo se humilló hasta la muerte, y por eso el Padre lo exaltó y le dio el nombre sobre todo nombre. Israel esperaba un rey, y nosotros lo tenemos.

Reflexión y oración

El corazón que se olvida de quién lo levantó termina levantando ídolos con sus propias manos.

Señor, gracias porque tú sí eres el Rey que nunca falla, el Libertador que no se corrompe con la victoria. Reconocemos que llevamos dentro el mismo corazón de Gedeón, capaz de servirte en la debilidad y de olvidarte en cuanto nos va bien. Guárdanos en los días buenos, cuando más fácil es creernos dueños de lo que solo tú das. Ablándanos con los que nos fallan, como tú has sido paciente con nosotros. Y reina de verdad sobre nosotros, no solo con nuestras palabras, también con nuestra vida entera. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Jueces 8, Hechos 12, Jeremías 21, Marcos 7

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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