El ejército débil de un Dios poderoso

«El pueblo que está contigo es demasiado para que Yo entregue a Madián en sus manos, no sea que Israel se vuelva jactancioso contra Mí.» (Jueces 7:2, NBLA)

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Después de todo lo del capítulo anterior, uno pensaría que ya estamos listos para la batalla. Gedeón fue llamado, enseñado y confirmado, el pueblo lo sigue, y ahí está su ejército formado. Pero Dios mira ese ejército y dice que sobra gente. No que falta, que sobra. Y en esa frase está la lección entera del día.

Entendiendo el pasaje

Dios le dice a Gedeón que reduzca las tropas, y la razón la deja por escrito. No quiere que Israel gane y después ande diciendo «mi propia mano me salvó». Es el mismo peligro que Moisés ya les había advertido, el de creer que la tierra y la victoria eran premio a su bondad, cuando todo venía de la mano de Dios. Así que empieza el recorte. Primero se van a casa los que tienen miedo, porque el miedo se contagia y hunde el ánimo de los valientes. Luego viene un filtro más extraño, la prueba junto al agua, donde Dios se queda con los que lamieron el agua de cierta manera. El texto no explica el porqué, y todo apunta a que fue una forma soberana de quedarse con un puñado. De treinta y dos mil hombres, Gedeón termina con trescientos. Dios le quitó el noventa y nueve por ciento de su fuerza justo antes de la pelea.

El enemigo, en cambio, seguía siendo enorme. Madián y sus aliados cubrían el valle con sus camellos como una plaga de langostas. Dios sabe que a Gedeón le tiemblan las piernas, así que esa noche lo manda a escuchar a escondidas, y Gedeón oye a un madianita contando un sueño y a otro interpretándolo como la derrota segura de Madián a manos suyas. Ahí Gedeón se derrumba, pero de rodillas y adorando. Vuelve al campamento con aliento nuevo. Reparte a los trescientos en tres grupos, cada hombre con una trompeta y un cántaro con una antorcha adentro. Rodean el campamento de noche, rompen los cántaros de golpe, tocan las trompetas y gritan por el Señor y por Gedeón. El estruendo y las luces desatan el pánico, y los madianitas terminan matándose entre ellos y huyendo. Trescientos hombres, sin blandir casi una espada, vieron a Dios ganar la guerra.

Tres verdades bíblicas

1. Dios te lleva a la debilidad a propósito

Nota que la debilidad de Gedeón no fue un accidente que Dios tuvo que remediar. Fue algo que Dios provocó. Le sacó soldados hasta dejarlo sin margen humano, para que al final nadie pudiera repartirse el crédito. Y contigo hace lo mismo más veces de las que crees. Te deja llegar al límite de tus fuerzas para que aprendas a descansar donde siempre debiste, no porque te haya abandonado. A Pablo le dejó un aguijón que le pidió tres veces quitar, y la respuesta fue que la gracia le bastaba, porque el poder de Dios se luce en la debilidad. Eso cambia hasta la forma de encajar el fracaso. Cuando algo te sale mal y sientes que se te cae el mundo, quizás es que esa cosa se había vuelto tu mundo. El que descansa en la gracia puede fallar en lo de todos los días sin desmoronarse.

2. La confianza se apoya en lo que Dios dijo, no en lo que se ve

Si Gedeón hubiera mirado el valle, se habría rendido antes de empezar. Trescientos contra un ejército incontable no es una cuenta que anime a nadie. Si se sostuvo, fue porque se agarró de lo que Dios le había dicho, confirmado esa noche con el sueño de un enemigo. Nosotros vivimos rodeados de un mundo que rema en contra, y la pregunta de cómo seguir en pie tiene la misma respuesta. Nos apoyamos en su Palabra, esa antorcha que alumbra mientras dura la noche. Y fíjate un detalle, que Dios animó a Gedeón por medio de la voz de otros. Así también nos sostiene a nosotros, con la compañía y el aliento del pueblo de Dios cuando las piernas nos tiemblan.

3. El Dios que venció con trescientos venció al mundo con una cruz

Piensa en cómo se dio esa victoria. Trompetas, gritos y jarras de barro hechas pedazos para que saliera la luz. Nada de estrategia militar, nada de fuerza de sobra, todo dispuesto para que la gloria fuera de Dios y de nadie más. Tenemos el tesoro en vasos de barro, dirá Pablo después, para que quede claro que el poder viene de Dios y no de nosotros. Y ese patrón de Dios, salvar por medio de lo débil para que nadie se jacte, llega a su punto más alto en un lugar donde parecía que Dios había perdido del todo. En la cruz, el Libertador se ve derrotado, clavado, sin ejército y sin defensa. Y justo ahí, en la mayor de las debilidades, Dios ganó la guerra más grande. El mismo Dios de los trescientos.

Reflexión y oración

La salvación no vino por el tamaño del ejército, sino por el Dios que lo redujo hasta que solo quedara Él para llevarse la gloria.

Señor, gracias porque tu poder nunca falla, aunque nuestras fuerzas siempre se queden cortas. Reconocemos que somos rápidos para atribuirnos lo que solo tú haces, y que preferimos sentirnos fuertes antes que descansar en tu gracia. Llévanos a la debilidad las veces que haga falta, hasta que aprendamos a confiar en tu Palabra más que en lo que ven nuestros ojos. Y gracias, sobre todo, porque en la aparente derrota de la cruz nos ganaste la victoria que jamás habríamos ganado solos. Que toda la gloria sea tuya. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Jueces 7, Hechos 11, Jeremías 20, Marcos 6

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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