Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 8:1-13
La culpa es uno de los peores enemigos de la esperanza. No hay nada que nos haga sentir más miserables que esa sensación recurrente de haber fallado, de haber luchado y batallado en vano, de esforzarnos y no ver el fruto. Es un peso que aplasta, y muchos creyentes lo cargan día tras día.
Y justamente por eso, después de un pasaje como el que cerramos la vez pasada, el capítulo 7, donde Pablo describe una lucha intensa contra el pecado, tan parecida a la que vivimos nosotros cada día, hace falta que se nos recuerde una vez más una verdad enorme. Para los que están en Cristo, aunque la lucha es real, la esperanza es segura. Y parte de vivir bien esa esperanza es aprender a reducir, tanto como se pueda, los aguijones angustiantes de la culpa, mientras descansamos en la promesa del Señor y en la victoria que él ganó a nuestro favor.
Hoy empezamos a recorrer uno de los capítulos más hermosos y esperanzadores de toda la Biblia, la joya de la corona de la esperanza cristiana. Y mi oración es que el Señor lo use para avivar nuestra esperanza y nuestro deseo de vivir cada día en el Espíritu, para él.
Pero antes de entrar en el texto, retomemos el arco del argumento de Pablo, para ver cómo encaja todo esto en lo que venimos desarrollando y en la idea del libro entero.
Recordemos el camino. En el capítulo 5 Pablo nos mostró que, siendo justificados por la fe, tenemos una esperanza segura, garantizada por la muerte de Cristo a nuestro favor. Luego, en los capítulos 6 y 7, se detuvo a resolver dos amenazas contra esa seguridad, el pecado y la ley. Y nos mostró que, por estar unidos a Cristo, somos libres de la condenación que heredamos en Adán, libres de la esclavitud del pecado y libres del yugo de la ley. Tres libertades, todas por estar en Cristo.
Ahora, en el capítulo 8, Pablo retoma la línea principal y corona todo el argumento. Después de todo eso, dice, por tanto, ninguna condenación. Y describe esa vida nueva desde una perspectiva que hasta ahora apenas había asomado, la del Espíritu Santo. De hecho, este es el capítulo de la Biblia que más habla del Espíritu. Pablo lo menciona una y otra vez, porque quiere que veamos que la unión con Cristo nos conecta a una vida nueva que es obra del Espíritu en nosotros. Lo que antes vimos como liberación, aquí se explica por su motor, y ese motor es el Espíritu que Cristo nos dio.
Y ese es el argumento de hoy:
Cristo fue entregado como ofrenda para librarnos de la condenación y hacernos vivir en el Espíritu y no en la carne.
Lo vamos a ver en tres pasos, y cerraremos con lo que todo esto nos exige.
Primero, que somos libres de condenación, en los versículos 1 al 4.
Segundo, que estamos vivos según el Espíritu, en los versículos 5 al 8.
Y tercero, que estamos seguros de la resurrección, en los versículos 9 al 11.
Y al final, la obligación que nos deja, en los versículos 12 y 13.
1. Libres de condenación (vv. 1-4)
Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Pablo abre este capítulo con una de las frases más liberadoras de toda la Biblia. “Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús.”
Después de todo lo que vimos en el capítulo 7, esa lucha agotadora con el pecado que habita en nosotros, esta frase cae como agua fresca. Noten esa palabra, “ahora”. Pablo no dice que algún día, si nos portamos suficientemente bien, dejará de haber condenación. Dice que ahora mismo, hoy, para el que está en Cristo, la condenación se acabó. No queda ninguna.
Y enseguida dice por qué. “La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte.” Aquí la palabra “ley” no se refiere a los mandamientos, sino a un poder, a una autoridad que gobierna.
Antes nos gobernaba un poder que solo producía pecado y muerte. Ahora nos gobierna otro, el poder del Espíritu de vida. Cambió el régimen que manda sobre nosotros. Ya no vivimos bajo la jurisdicción de la muerte, sino bajo la del Espíritu que da vida.
Pero, ¿cómo es esto posible? ¿Cómo puede un Dios santo declarar que ya no hay condenación para pecadores como nosotros? Pablo lo explica en los versículos 3 y 4, y al hacerlo nos muestra a las tres personas de la Trinidad trabajando juntas por nuestra salvación.
Lo que la ley no pudo hacer, porque era débil por causa de nuestra carne, Dios lo hizo. El Padre envió a su propio Hijo. El Hijo vino en semejanza de carne de pecado y se ofreció como sacrificio por el pecado. Y el Espíritu es quien aplica en nosotros esa salvación. El Padre entrega, el Hijo muere, el Espíritu da vida. Toda la Trinidad involucrada en rescatarnos.
Detengámonos un momento en esa palabra “semejanza”, porque encierra algo delicado. Pablo dice que el Hijo vino en “semejanza” de carne de pecado. No dice que vino en carne de pecado, sin más. Y esa precisión cuida algo esencial. Cristo se hizo verdaderamente humano, tomó nuestra carne, fue tentado en todo como nosotros, pero no pecó ni heredó la culpa de Adán. Si hubiera sido pecador, no habría podido ser nuestro redentor sin mancha. Vino en una carne como la nuestra, pero sin el pecado de la nuestra. Y fue en esa carne, la suya, donde Dios condenó al pecado. Es el gran intercambio que ya hemos visto en esta carta, él se hizo como nosotros para que nosotros pudiéramos ser librados.
La razón por la que confiamos en que no hay condenación no es una forma bonita de pensar, ni un optimismo que nos repetimos para sentirnos mejor. Es un hecho concreto, judicial, ocurrido en la historia. Que no haya condenación significa que la sentencia fue quitada de encima nuestro. ¿Y a dónde fue a parar esa sentencia? No se desvaneció en el aire. Fue puesta sobre los hombros de Cristo. Él cargó la condena que nos correspondía. Esa es la buena noticia del evangelio. El Dios santo no pasó por alto nuestros pecados, no miró hacia otro lado haciéndose el desentendido, porque un juez justo no puede hacer eso. Lo que hizo fue cargarlos sobre su Hijo. Y cuando creemos, quedamos unidos a Cristo, y todos los beneficios de esa liberación pasan a ser nuestros, incluida esta libertad de toda condenación.
¿Y para qué hizo Dios todo esto? El versículo 4 lo dice. Para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, los que ya no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Lo que la ley pedía y nosotros nunca pudimos cumplir, Cristo lo cumplió, y ahora esa justicia se les cuenta a los que caminan en el Espíritu. Y de ese caminar en el Espíritu trata justamente el siguiente punto.
2. Vivos según el Espíritu (vv. 5-8)
Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz. La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios.
Después de decirnos que caminamos conforme al Espíritu, Pablo describe cómo se ve eso en la práctica, en la manera concreta de vivir. Y lo hace con un contraste que no deja terreno de en medio. En el fondo, dice, solo hay dos clases de personas en el mundo. Están los que son gobernados por la carne, y esa vida conduce a la muerte. Y están los que son gobernados por el Espíritu, y esa vida conduce a la vida y a la paz. No hay una tercera categoría.
Y noten que Pablo no empieza hablando de conducta, sino de algo más profundo, de la mente, de aquello en lo que la persona pone su atención y su afecto. “Los que viven conforme a la carne ponen la mente en las cosas de la carne; pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu.” Es una cuestión de orientación. Hacia dónde apunta tu corazón, qué es lo que de verdad te importa, qué persigues cuando nadie te está viendo. De esa orientación de fondo brota todo lo demás. Por eso Pablo dice que “la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz”.
Ahora bien, ya admitimos en el sermón pasado que el creyente verdadero enfrenta una lucha entre estas dos realidades. La carne no desaparece de golpe. Pero hay una diferencia enorme entre pelear contra la carne y ser gobernado por ella.
El creyente verdadero no está definido por la carne, aunque batalle con ella. Está caracterizado por una vida que, en su dirección de fondo, es gobernada por el Espíritu Santo. Esa es la marca, no la perfección, sino el gobierno. La pregunta es quién manda en la casa. En el incrédulo manda la carne; en el creyente, aunque la carne haga ruido, manda el Espíritu.
Y por qué la mente de la carne termina en muerte, Pablo lo explica en los versículos 7 y 8. Es porque esa mente es enemistad contra Dios. No se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede hacerlo. Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios. No es que no quieran, es que no pueden. Es una incapacidad total, la del que está muerto para las cosas de Dios.
Y esto nos deja una aplicación importante, hermanos, que tiene dos caras.
La primera cara es que nosotros no podemos convertir a nadie. Podemos presentar el evangelio con claridad, con amor, hasta con lágrimas, y debemos hacerlo, pero el que abre el entendimiento y le da vida al muerto es Dios. La salvación es del Señor, no nuestra. A veces nos frustramos cuando compartimos el evangelio con alguien y no ve lo que nosotros vemos, como si estuviera ciego frente a algo evidente. Y la verdad es que lo está, porque la mente de la carne no puede sujetarse a Dios. Así que, en lugar de frustrarnos, lo que nos toca es orar, pedirle al Espíritu Santo que abra el entendimiento de los que están endurecidos, porque solo él puede hacerlo.
Y la segunda, ninguno de los que estamos aquí, en Cristo, llegó por ser más inteligente que los demás, ni más astuto, ni más sensible. Si hoy amamos a Dios, si hoy deseamos las cosas del Espíritu, no es un mérito nuestro. Estamos aquí porque Dios nos trajo, porque su Espíritu nos regeneró, porque puso dentro de nosotros deseos que antes no teníamos y quitó otros que nos arrastraban una y otra vez al pecado. Nosotros no nos hicimos vivos, él nos dio vida. Y por eso Dios debe ser alabado siempre por esta obra maravillosa. Toda la gloria es suya.
3. Seguros de la resurrección (vv. 9-11)
Sin embargo, ustedes no están en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él. Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo a causa de la justicia. Pero si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en ustedes.
E los versículos 9 al 11 hay una tremenda inyección de aliento. Después de hablar de la carne y de su incapacidad, Pablo se vuelve hacia los creyentes y les dice, con una seguridad enorme, dónde están parados. “Ustedes no están en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes.”
Si has creído en Cristo, esto es verdad de ti. Ya no estás en el territorio de la carne y la muerte. El Espíritu de Dios, el Espíritu que viene de Cristo, habita en ti.
Y Pablo lo pone como la marca que define a quién pertenece uno. “Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él.”
No hay cristiano sin Espíritu. No es que unos creyentes muy avanzados tengan el Espíritu y otros apenas vayan a recibirlo; el que es de Cristo tiene su Espíritu, y ya. Es la señal de que le pertenecemos.
Y este Espíritu no llega con las manos vacías. Pablo escribe en otra carta que “el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17). Toda la libertad de la que hemos venido hablando en estos capítulos, libres de Adán, del pecado y de la ley, es obra de este mismo Espíritu que ahora habita en nosotros. Donde él está, hay libertad.
Y hay todavía más, porque esta vida del Espíritu no se queda en el presente. Pablo dice que, aunque nuestro cuerpo sigue sujeto a la muerte por causa del pecado, el Espíritu es vida para nosotros por causa de la justicia. Y luego promete algo enorme. El mismo Espíritu que levantó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, y por medio de él Dios dará vida también a nuestros cuerpos mortales. Piénsalo. El poder que sacó a Cristo de la tumba es el mismo poder que vive hoy dentro de ti. Y ese poder es la garantía de que la muerte no tendrá la última palabra sobre tu cuerpo. Un día resucitaremos, y la prueba de que así será es el Espíritu que ya nos fue dado.
Hermanos, esta es la perspectiva sobrenatural de la vida cristiana, y no podemos perderla de vista. No somos personas que simplemente siguen una religión, ni que van a una iglesia para cumplir un código de buena conducta. Eso sería vivir muy por debajo de lo que en realidad somos.
Tenemos la vida misma del Espíritu de Dios obrando dentro de nosotros, día tras día, sin parar. Y una vida así no se parece en nada a una lista de reglas cumplidas por obligación. Es Dios mismo viviendo en nosotros y llevándonos hacia la vida. El que entiende esto deja de cargar su fe como un peso y empieza a vivirla como lo que es, un milagro que sigue ocurriendo cada día.
Conclusión / aplicación (vv. 12-13)
Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir conforme a la carne. Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán.
Y con esto Pablo aterriza todo el capítulo. Después de mostrarnos la montaña de gracia que tenemos en el Espíritu, saca la consecuencia práctica. “Así que, hermanos, somos deudores.” Toda esta gracia nos deja una deuda, una obligación. Pero noten con quién no estamos en deuda. “No a la carne, para vivir conforme a ella.” La carne nunca nos dio nada bueno. Solo nos trajo esclavitud, condenación y muerte. No le debemos absolutamente nada. Sería absurdo seguir sirviéndole a un amo que solo nos pagó con ruina.
¿Y en qué consiste entonces nuestra obligación? El versículo 13 lo dice con toda claridad. “Si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán.” Aquí vuelve la mortificación de la que ya hablamos hace unos sermones, eso de hacer morir el pecado. Pero noten cómo lo dice, “por el Espíritu”.
No nos manda a pelear contra el pecado a punta de pura fuerza de voluntad, apretando los dientes. Nos manda a hacerlo por el poder del Espíritu que ya vive en nosotros. Y noten también el orden, que es el mismo que ya conocemos. No hacemos morir el pecado para llegar a estar vivos; hacemos morir el pecado porque ya estamos vivos, y usamos para eso la vida del Espíritu que se nos dio.
Hermanos, volvamos a donde empezamos. Dijimos que la culpa es uno de los peores enemigos de la esperanza, ese peso de sentir que fallamos una y otra vez. Y el capítulo entero se abrió con la medicina para esa culpa: “ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”.
Si estás en Cristo, la sentencia que había contra ti ya la cargó él en la cruz. No queda nada por pagar. Así que descansa. Deja caer ese peso que vienes arrastrando, porque ya no hay tribunal que pueda condenarte.
Pero descansar en el “ninguna condenación” no es quedarse quieto. Es, justamente, lo que nos da fuerzas para pelear. Porque el que sabe que ya no será condenado, pelea contra el pecado desde la libertad y no desde el miedo. Así que vive cada día en el Espíritu. Haz morir, por su poder, esas obras de la carne que todavía te estorban. No para ganarte a Dios, que ya es tuyo en Cristo, sino porque estás vivo y quieres vivir de verdad.
Y si hoy estás aquí y todavía no estás en Cristo, escucha esto. Todo lo que hemos dicho, la libertad, el Espíritu, la vida, la no condenación, empieza en un solo lugar, en estar en Cristo. Fuera de él, la condenación sigue en pie, y la carne solo lleva a la muerte. Pero la puerta está abierta. Vuélvete de tu pecado, cree en Cristo, y pasa hoy mismo de la condenación a la vida, de la carne al Espíritu.
Y con esto apenas estamos abriendo la puerta de este capítulo. Hasta aquí Pablo nos ha mostrado sobre todo el lado judicial de nuestra salvación, que en Cristo ya no hay condenación, que la sentencia fue pagada. Pero de aquí en adelante nos irá mostrando algo más, cómo esta nueva ley del Espíritu trabaja dentro de nosotros día tras día para mantener viva nuestra esperanza.
Y lo primero que nos dirá es glorioso, que todos los que son guiados por este Espíritu son nada menos que hijos de Dios. Pero eso lo veremos, si el Señor quiere, la próxima vez. Por hoy nos basta con descansar en la mejor noticia de toda la Biblia, y es que para los que están en Cristo Jesús ya no hay ninguna condenación. Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.



