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Un profundo dolor por los perdidos

Romanos 9:1-5
14 Sep 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 9:1-5

Quiero empezar con un experimento. Imaginen que abrimos la carta a los Romanos y, de repente, los capítulos 9, 10 y 11 desaparecen. Que del final del capítulo 8 saltamos directo al 12. ¿Saben qué pasaría? Que casi nadie notaría el corte. El capítulo 8 termina en la cima, nada nos separará del amor de Dios, y el 12 arranca con la aplicación, “por tanto, hermanos, les ruego que presenten sus cuerpos”. Un gran final teológico y un gran comienzo práctico, empalmados a la perfección. Por eso no es raro que este bloque sea uno de los más difíciles de ubicar en toda la carta, y que algunos hayan llegado a sugerir que es un paréntesis, un desvío que poco tiene que ver con el resto.

Hoy quiero persuadirlos de lo contrario. Este bloque no sobra. Este bloque sostiene.

Y lo sostiene por dos razones.

La primera es que Pablo lo venía anunciando desde el principio. Cuando declaró el propósito de su carta dijo que el evangelio es poder de Dios para salvación de todo el que cree, “del judío primeramente y también del griego”. La pregunta por Israel no es un desvío del tema de Romanos; es parte del tema desde el primer capítulo, y la carta entera ha venido insistiendo en que Dios salva por fe tanto al judío como al gentil.

La segunda razón es que todo lo que vimosel domingo pasado, que nadie nos acusará, que nada nos separará, descansa sobre promesas de Dios. Ahora piensen conmigo. Israel también tenía promesas. Y si un oyente atento hace la cuenta y concluye que las promesas a Israel fallaron, ¿con qué cara le decimos que las nuestras no van a fallar?

Estos tres capítulos existen para responder eso. No son una defensa Israel, están defendiendo la confiabilidad de la palabra de Dios. Sin Romanos 9, 10 y 11, el “estoy convencido” del capítulo 8 quedaría en el aire.

Así que vamos a recorrer este bloque en tres paradas, y el mapa es sencillo. El capítulo 9 mira el pasado de Israel: un pueblo escogido. El capítulo 10 mira su presente: un pueblo endurecido. Y el capítulo 11 mira su futuro: un pueblo que será restaurado. Pasado, presente y futuro.

Hoy solo nos pararemos en la puerta de entrada, los primeros cinco versículos del capítulo 9 que son como un preámbulo en el que Pablo introduce el tema de cómo se relaciona la salvación por fe y las promesas de Dios a Israel. En esa puerta encontramos dos cosas: el dolor de un apóstol por su pueblo separado de Cristo, y lo inexplicable que le resultaba al apóstol dicha separación del pueblo de Israel habiendo sido receptor de tantas bendiciones.

De ahí sale el argumento que desarrollaremos esta mañana

 El que está unido a Cristo por la gracia se duele por los que están separados de ella.

1. El dolor por un pueblo separado

Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne

Pablo abre este bloque de la manera más solemne en que un judío podía abrir una frase, con un juramento. Y no con uno, con tres seguidos. Digo la verdad en Cristo. No miento. Mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo. Tres candados sobre una sola afirmación.

¿Y por qué tanta solemnidad? Porque lo que viene a continuación, en su boca, sonaba increíble.

Aquí hay que poner una nota biográfica. Pablo cargaba encima una acusación que lo perseguía de ciudad en ciudad, la de haber traicionado a su pueblo. Para muchos judíos él era el apóstata, el que se pasó al otro bando, el que andaba enseñando contra la ley y contra el templo.

En Hechos lo vemos con nuestros propios ojos. Cuando aparece en Jerusalén, la multitud grita que un hombre así no merece vivir. Y del otro lado tampoco faltaría quien pensara que Pablo, después de cinco azotes a manos de los suyos y un apedreamiento en Listra, tenía todo el derecho de odiarlos.

Contra ese telón de fondo se entiende el juramento. Pablo está diciendo, con Dios por testigo, que él no odia a su pueblo. Lo que tiene por ellos es tristeza grande y dolor continuo en el corazón.

Y fíjense en esa palabra, “continuo”. No es un bajón que le da de vez en cuando. Es una carga permanente. Y noten con quién convive esa carga, porque el mismo hombre que acaba de escribir “más que vencedores” y “estoy convencido” lleva un duelo que no se le quita. El gozo del capítulo 8 y el dolor del capítulo 9 viven en el mismo pecho, y ninguno desaloja al otro. Eso ya nos enseña algo. La madurez cristiana aprende a cargar gozo y dolor al mismo tiempo.

¿Y hasta dónde llega ese dolor? Hasta el versículo más impresionante del pasaje. “Desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos.”

Escuchen bien lo que acaba de pasar. ¿Con qué cerramos el domingo pasado? Nada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Eso fue lo último del capítulo 8. Y lo primero que Pablo dice aquí, tres versículos después, es que él desearía ser separado, si con eso ganara a su pueblo. La misma palabra. No cambió de tema; puso su propia canción al revés para que oigamos lo que le cuesta. El hombre que sabe que nada puede separarlo es el mismo que dice que aceptaría la separación por ellos.

Y de paso, el versículo nos entrega el diagnóstico del pueblo. Porque si Pablo desea ser separado en lugar de ellos, es porque ellos están, ahora mismo, separados de Cristo. Ese es el problema que este bloque entero viene a tratar. Israel, el pueblo de las promesas, está separado del Mesías de las promesas.

Anatema significa entregado a maldición, cortado, puesto aparte para destrucción. Y Pablo no está haciendo retórica barata, aunque tampoco está firmando un contrato. La gramática misma dice “desearía, si fuera posible”. Él sabe que ese intercambio no se puede hacer, lo acaba de predicar. Pero que sea imposible no le quita verdad al deseo. Es como la madre que dice “quisiera estar yo en esa cama de hospital y no mi hijo”. Nadie le exige lógica. Se le oye el amor.

Este deseo de Pablo suena familiar. En Éxodo 32. Moisés baja del monte, encuentra al pueblo adorando el becerro, y vuelve a subir para decirle a Dios: perdona su pecado, y si no, bórrame a mí de tu libro que has escrito. Dos mediadores, con siglos de distancia, ofreciendo el mismo trueque. Y a ninguno de los dos se le aceptó la oferta.

¿Y saben por qué no se les aceptó? Porque ese lugar ya estaba reservado. Lo que Moisés pidió y no pudo, y lo que Pablo deseó y no pudo, Uno sí lo hizo.

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición. El único anatema voluntario y aceptado de la historia. Moisés y Pablo tocaron esa puerta; solo Cristo la atravesó. Y por eso Pablo puede desear una cosa así, porque conoce de cerca al que la padeció de verdad.

Ahora preguntémonos de dónde sale un dolor de ese tamaño, porque no sale de la nada. Sale de dos cosas que Pablo tenía muy claras. Era consciente del sacrificio de Cristo, de lo que costó su propia salvación. Y era consciente de la realidad de la condenación, de lo que significa quedarse afuera. El que tiene esas dos cosas claras no puede mirar al perdido con indiferencia.

Hermanos, entre más claridad tenemos de nuestra salvación, más nos duele la gente que está afuera. Y al revés también funciona. Si el evangelio se nos volvió paisaje, los perdidos se nos vuelven como árboles en ese paisaje. No sentimos ningún dolor.

Y aquí quiero hablarle a nuestra iglesia, y es algo en lo que he sido reiterativo.

Nosotros estamos agradecidos, y lo he dicho muchas veces, por los hermanos que han llegado de otras iglesias. Muchos venían buscando dónde reunirse y nos encontraron, y son un regalo de Dios para esta congregación. Pero no queremos ser una iglesia que crece solamente de creyentes que se trasladan. Eso nos puede dar una falsa idea de que el reino se está extendiendo, pero no. Quisiéramos dolernos de verdad por el inconverso. Orar por ellos con nombre propio. Invitarlos. Comprometernos con ellos y sufrir por ellos, modelarles el evangelio. Madres dobladas de rodillas por sus hijos. Empleados orando por su jefe. Vecinos por sus vecinos.

Así era el corazón del Señor. Cuando vio las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Cuando bajó del monte de los Olivos y vio a Jerusalén, la ciudad que lo iba a crucificar unos días después, lloró sobre ella. Y en la tumba de Lázaro, delante de Marta y de María, lloró otra vez, conmovido por el dolor de ellas y rodeado de incredulidad.

Si algo golpeaba el corazón del Señor, era la dureza del corazón del hombre.

Así que pídele a Dios que te abra los ojos para mirar a la gente como Él la miraba. No para sentirte superior, porque el que se siente superior no entendió cómo entró él mismo. Sino para cargar una carga real, la de servirles y llevarles el evangelio. Vamos a pedirle a Dios un corazón que se duela por el perdido. Ese dolor no es una carga sino la marca del que entendió la gracia.

¿Pero cuál es la razón por la que este pueblo por el que Pablo sufre, los judíos, se encuentra separado? Eso nos conduce al siguiente encabezado

2. La dureza de un pueblo separado

…que son israelitas, a quienes pertenece la adopción como hijos, y la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas, de quienes son los patriarcas, y de quienes es el Cristo según la carne, el cual está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.

Pablo va nombrando todo lo que su pueblo tiene mientras llora por él. Es el “con todo lo que tenían a su favor” dicho entre lágrimas.

El comentarista Douglas Moo señala que aquí está planteada una tensión, que por cierto, va a gobernar todo el capítulo. En el versículo 3, Israel está bajo maldición, separado de Cristo. En los versículos 4 y 5, Israel tiene encima toda la bendición de Dios. Bendecidos hasta el tope y separados del Bendito, las dos cosas al mismo tiempo. Esa es la herida.

Y eso explica por qué el dolor de Pablo es tan intenso. Porque una cosa es la perdición de alguien que nunca tuvo nada, que jamás escuchó, que creció lejos de todo. Y otra cosa es ver perderse al que lo tuvo todo delante de los ojos y no pudo ver. Lo segundo duele más. Ese es el llanto de este pasaje.

Las nueve bendiciones

Veámoslas una por una, porque cada una tiene su peso:

  • Israelitas. No dice “judíos” que es el nombre que se les dio después del exilio babilónico, que era el nombre corriente. Usa el nombre de pacto, el que Dios mismo le puso a Jacob. Ser israelita era llevar en el nombre la promesa.
  • La adopción. Dios le dijo a Faraón por boca de Moisés: “Israel es mi hijo, mi primogénito”. De todas las naciones de la tierra, a una la llamó hijo.
  • La gloria. La presencia visible de Dios, la nube que llenó el tabernáculo y después el templo. Ningún otro pueblo tuvo la dirección de la casa de Dios.
  • Los pactos. En plural. Con Abraham, en el Sinaí, con David. Dios se comprometió con ellos una y otra vez, por escrito y con juramento.
  • La promulgación de la ley. Dios les habló directamente y les dijo cómo quería ser obedecido. Moisés mismo preguntó qué nación tenía estatutos tan justos.
  • El culto. El sacerdocio, los sacrificios, el altar. Dios les enseñó, paso por paso, cómo acercarse a Él sin morir.
  • Las promesas. Sobre todo la promesa, la del Mesías que venía.
  • Los patriarcas. Abraham, Isaac y Jacob, la raíz del árbol.
  • Y el Cristo. La mayor de todas. De ellos, según la carne, vino el Mesías. Y noten cómo lo dice Pablo, porque no lo describe como un gran hombre que salió de Israel. Dice que es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. En la cuna de este pueblo nació Dios encarnado. Siendo esta la declaración clímax de esta lista y que recuerda también lo que el mismo Señor le dijo a la samaritana, la salvación viene de los judíos.

Y fíjense en la dirección de la lista, porque no son nueve cosas sueltas. Empieza con el nombre y termina con el Cristo, y todo lo de en medio apunta hacia adelante. La adopción, la gloria, los pactos, la ley, el culto, las promesas, los patriarcas, todas son flechas señalando al noveno. Israel se quedó con las ocho flechas y no llegó al blanco. Guardaron los caminos y se perdieron el destino.

¿Cuál era, puntualmente, el pecado de Israel?

Ahora, ¿Cómo se explica que un pueblo con estas nueve bendiciones siga endurecido? ¿Cuál era, puntualmente, su pecado?

La respuesta fácil es la que ya conocemos de la carta: confiaron en el linaje y en las obras en lugar de la fe. Y es cierta. Pero de nuevo, el comentarista Douglas Moo pone el dedo en algo más hondo, y me parece muy acertado. “El pecado de Israel es más bien el pecado de egoísmo”, escribe. Quisieron la gracia de Dios solo para sí, y por eso se negaron a reconocer que Dios había enviado a Jesús a ofrecer salvación también a los gentiles.

Piénsenlo. Las bendiciones nunca fueron propiedad privada. Desde el principio, la promesa a Abraham decía que en él serían benditas todas las familias de la tierra. Las nueve bendiciones eran un río que debía pasar por Israel hacia las naciones, y ellos lo convirtieron en represa. Recibieron para repartir y guardaron para sí.

Por eso un Mesías universal les resultaba inasimilable. Un Cristo que se saliera de los límites de Israel para buscar samaritanos, romanos y griegos no era el Mesías que ellos esperaban, era una ofensa. No tropezaron con la idea de un Mesías; tropezaron con un Mesías para otros. Y ese exclusivismo de aquella generación, lamentablemente, perdura hasta hoy.

Pero ojo,  este pecado no es de exclusividad judía. Cada vez que una iglesia quiere la gracia solo para los de adentro o cuando nos conformamos con que el evangelio circule entre los ya convencidos, estamos repitiendo el pecado de Israel con otro nombre. Esto amarra con lo que dijimos en el punto anterior. Una iglesia sin dolor por el perdido es una iglesia haciendo una represa.

Una palabra más sobre Israel, para no dejar el punto en tragedia seca. Este endurecimiento no es la última palabra, y lo veremos en este mismo boque. Cuando lleguemos al capítulo 11 veremos la esperanza que ya había anunciado Zacarías: llegará el día en que mirarán al que traspasaron, y harán duelo por Él como se hace duelo por un hijo único. El despertar del Israel étnico será ese, ver por fin, con las marcas del traspaso a la vista, al Mesías que rechazaron.  Pero eso lo desarrollaremos allá. Hoy quedémonos con la herida abierta, porque así la deja Pablo.

Por ahora déjenme poner a volar esto aún mas bajito para nosotros.

Alguno de ustedes tiene su propia lista de nueve bendiciones. Nació en un hogar creyente. Fue presentado en esta iglesia o en otra. Creció en las clases dominicales, se sabe las historias, se saben himnos y cantos, tiene la Biblia en la casa y el vocabulario completo. Años de banca. Todo eso es privilegio está ahí, y doy gracias a Dios por cada pieza. Pero escúchame bien: ninguna de esas cosas te une a Cristo. Nadie estuvo más cerca que Israel, y la cercanía no salvó a nadie.

El gran mal de la iglesia de hoy parece ir a un sedentarismo espiritual que nos ha engordado en nuestra propia comodidad y nos ha mantenido lejos de la realidad de que hay un mundo que necesita oír de Jesucristo. No podemos simplemente decir, ya yo tengo lo mío y eso es lo que importa. El evangelio no puede ser una religión facilista en la que solo vivimos de uno que otro ritual, como cristianos nominales; si no hay una relación verdadera con Jesucristo, nada de eso podrá salvarnos.

Pablo le dice algo así a los de Corinto en el capítulo 10 de la primera carta:

Porque no quiero que ignoren, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube y todos pasaron por el mar. En Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar. Todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía. La roca era Cristo. Sin embargo, Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, y por eso quedaron tendidos en el desierto.
Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros, a fin de que no codiciemos lo malo, como ellos lo codiciaron. No sean, pues, idólatras, como fueron algunos de ellos, según está escrito: «El pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó a jugar». Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y en un día cayeron veintitrés mil. Ni provoquemos al Señor, como algunos de ellos lo provocaron, y fueron destruidos por las serpientes. Ni murmuren, como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos por el destructor.
Estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para quienes ha llegado el fin de los siglos. Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga. (1 Cor 10:1-12)

No pienses que solo por venir a una iglesia bíblica todos los domingos y escuchar la biblia predicada expositivamente has resuelto todos tus problemas, más bien cuídate que estas cosas te estén llevando continuamente a Cristo y a descansar solamente en su gracia y no en anda más que tengamos en este mundo, por muy bueno que sea. El pueblo judío tenía todo, y podía verlo con toda claridad, lo único que no pudo ver fue a Cristo como el Mesías, el salvador del mundo; que no nos pase lo mismo.

Recojamos el camino.

Empezamos con un experimento, tres capítulos que parecían sobrar. Espero que a esta altura nadie en esta sala quiera recortarlos, porque lo que hay aquí es importante, porque se trata de la fidelidad de Dios.

Y este pasaje nos deja una pregunta armada. Si Israel tuvo el nombre, la adopción, la gloria, los pactos, la ley, el culto, las promesas, los patriarcas y hasta la cuna del Mesías, y aun así está separado de Cristo, entonces ¿falló la palabra de Dios? Esa pregunta la hace Pablo mismo en el versículo 6, y su respuesta es la tesis de todo el bloque. No es que la palabra de Dios haya fallado. Cómo lo demuestra, lo veremos en los próximos domingos.

Pero el preámbulo ya nos adelantó tres certezas.

Dios es fiel a su promesa, no le ha fallado a nadie.

La salvación es y siempre fue por fe, nunca por linaje ni por mérito.

 Y lo único que une a un pecador con Cristo es Cristo mismo, recibido por fe.

Así que salgamos de aquí con las dos ideas que han salido de este pasaje.

La primera, revisa dónde está puesta tu confianza. Si al preguntarte por qué Dios te recibiría, tu respuesta empieza con “porque yo”, con tu crianza, tu banca, tu familia o tu servicio, estás confiando en la lista. Israel tenía una lista mejor que la tuya y no le alcanzó. Confía en el Señor de la lista.

Y la segunda, pídele a Dios el corazón de Pablo. Un corazón que no puede hablar de los perdidos sin que le tiemble la voz. Tenemos gente amada que hoy está donde estaba Israel, cerca de todo y separada de Cristo. Que este sermón no se quede en información. Que termine de rodillas, con nombres propios delante de Dios.

El Dios que no le falló a Israel no te va a fallar a ti.

Oremos.