A todos nos ha pasado que esperamos mucho de algo, y cuando por fin lo tenemos de frente, nos decepciona. Pasa con lugares, con comidas, con personas. Hoy conocemos al juez más famoso de todo el libro, Sansón, y su historia arranca como la más prometedora de todas. Un nacimiento milagroso, un ángel, una consagración desde el vientre. Ningún juez llegó con expectativas tan altas. Guarda esa palabra, expectativas, porque el libro nos irá mostrando la distancia enorme que hubo entre lo que Sansón prometía y lo que terminó siendo.
Entendiendo el pasaje
El capítulo empieza como tantos otros, Israel vuelve a hacer lo malo y Dios lo entrega a los filisteos, esta vez por cuarenta años, la opresión más larga del libro. Pero hay algo distinto, y es fácil pasarlo por alto. Esta vez Israel ni siquiera clamó. No hubo un grito pidiendo auxilio. Y aun así Dios se mueve a levantar un libertador. La historia arranca en la casa de un hombre llamado Manoa, cuya esposa no podía tener hijos. A ella se le aparece el ángel del Señor y le anuncia que tendrá un hijo, con instrucciones precisas, el niño estaría consagrado a Dios desde el vientre según el voto de nazareo, sin cortarse el cabello y sin probar vino, y comenzaría a librar a Israel de los filisteos.
Manoa, asombrado, le ruega a Dios que el mensajero vuelva para darles más indicaciones sobre cómo criar al niño. El ángel regresa, pero no añade una sola instrucción nueva. Se limita a confirmar lo que ya habían oído. Cuando Manoa le pregunta su nombre, el ángel responde que su nombre es admirable, demasiado maravilloso para decirlo, y sube al cielo en la llama del altar. Manoa entra en pánico, seguro de que van a morir por haber visto a Dios. Pero su esposa razona con una calma preciosa, que si el Señor hubiera querido matarlos, no les habría anunciado todo esto. Nació el niño, lo llamaron Sansón, creció, y el Espíritu del Señor comenzó a moverse en él.
Tres verdades bíblicas
1. Un libertador que llega por pura gracia
Atención a este detalle, esta vez Israel no clamó. En los ciclos anteriores, al menos, el pueblo gemía y pedía auxilio antes de que Dios actuara. Aquí no. Estaban tan cómodos en su pecado que ni siquiera pidieron ser rescatados. Y Dios, de todos modos, decide enviar un libertador. Eso dice algo enorme sobre cómo trabaja Él. No espera a que lo merezcas, ni siquiera a que se lo pidas bien. Se mueve por su propia fidelidad, por su amor de pacto. Repasa tu propia historia y vas a encontrar lo mismo, mil veces que Dios obró a tu favor sin que lo pidieras, a veces sin que lo quisieras. Así nos amó en Cristo, viniendo a buscarnos cuando ni sabíamos que estábamos perdidos. Lo amamos porque Él nos amó primero.
2. Un nacimiento que anuncia al Salvador
Fíjate en cómo nace este libertador, porque el patrón te va a sonar. Una madre que no podía concebir, igual que Sara, que Ana, que Elisabet. Un ángel que anuncia el nacimiento. Un niño apartado para Dios desde antes de nacer, con una misión, rescatar a su pueblo. Ese molde no es exclusivo de Sansón. Es la forma en que Dios suele anunciar a sus libertadores, y alcanza su punto más alto cuando otro ángel visita a una joven y le anuncia que su hijo salvará a su pueblo de sus pecados. Y hay algo que este relato deja claro de paso. Dios ya tenía un plan y una consagración para Sansón cuando todavía estaba en el vientre de su madre. Para Dios, esa vida diminuta ya tenía nombre y propósito. Ninguna vida que Él forma en el vientre es un accidente ni un puñado de células sin valor; todas son conocidas y amadas por Él desde el primer instante.
3. Dios mismo basta, no hace falta una lista de reglas
Vuelve a Manoa un momento. Le rogó a Dios más instrucciones, un manual detallado de qué hacer y qué no con el niño. Y el ángel no le dio ni un dato extra. Solo le confirmó que el llamado venía de Dios, y con eso tenía que bastar. Nos parecemos mucho a Manoa. Nos sentimos más seguros con una lista clara de reglas, esto sí y esto no, que con una devoción viva. Cumplir un reglamento es más fácil que entregar el corazón. Pero Dios no nos entregó primero una lista, se entregó a sí mismo. Es como el hijo pródigo que vuelve ensayando su discurso de condiciones, y el padre no lo deja ni terminar, solo quiere abrazarlo. Deja de pedirle a Dios el manual y déjate abrazar. Contempla a Quien bajó en persona a rescatarte, y verás que Él es más que suficiente.
Reflexión y oración
Sansón vino a comenzar una liberación que nunca terminó, y por eso el libro no nos deja admirándolo a él, sino esperando al que sí terminaría la obra.
Señor, gracias porque nos amas aun cuando ni siquiera sabemos pedírtelo, y nos buscas antes de que te busquemos. Reconocemos que muchas veces preferimos una lista de reglas antes que entregarte el corazón, porque cumplir requisitos nos parece más sencillo que amarte de verdad. Perdónanos. Enséñanos a descansar en Ti como el niño que se deja abrazar por su padre. Y gracias porque lo que Sansón apenas comenzó, Cristo lo llevó hasta el final, rescatándonos por completo. En el nombre de Cristo, amén.
