Ayer nos quedamos con una pregunta en el aire. Si Sansón era un hombre tan sin carácter, tan lejos de la obediencia, ¿por qué el Espíritu de Dios seguía viniendo sobre él con poder? Hoy el capítulo nos ayuda a responderla, y de paso nos muestra al hombre más fuerte del libro casi muriéndose por un vaso de agua. Guarda esa imagen, porque termina apuntando más lejos de lo que imaginamos, hasta la cruz.
Entendiendo el pasaje
Sansón vuelve a buscar a su mujer y se encuentra con que su suegro se la entregó a otro. Furioso, incendia los campos de trigo de los filisteos. Ellos responden quemando viva a la mujer y a su padre, y Sansón responde matando a muchos de ellos. La cadena de venganzas ya no tiene freno. Conviene ser honestos con lo que estamos viendo. La rabia de Sansón no nacía del dolor por su pueblo oprimido, nacía de su orgullo herido. No peleaba por la causa de Dios, peleaba por la suya.
Entonces los filisteos suben contra Judá entera, y los propios hombres de Judá, con tal de no meterse en problemas, atan a Sansón y lo entregan al enemigo. Y ahí, por tercera vez, el Espíritu del Señor viene sobre él con poder. Rompe las cuerdas, toma una quijada de asno y mata a mil hombres. Una hazaña sin igual. Pero enseguida el gigante queda agotado y muerto de sed, a punto de desfallecer. Por primera vez en toda su historia, Sansón clama a Dios, aunque lo hace casi reclamando, como quien solo se acuerda del Señor cuando ya no le quedan fuerzas propias. Y Dios, con paciencia, le abre un manantial y lo revive.
Tres verdades bíblicas
1. La venganza personal no es celo por Dios
Es fácil confundir las dos cosas. Sansón golpeaba a los filisteos, sí, pero no lo movía el amor por el pueblo de Dios, lo movía su orgullo pisoteado. Cada golpe era una cuenta personal que cobraba. Y a nosotros nos ronda el mismo engaño, disfrazar de justicia lo que en el fondo es rencor. Cuando alguien nos hiere, parece de lo más razonable devolver el daño, pero el Señor dice que la venganza le pertenece a Él, no a nosotros. El dolor mal manejado echa dentro una raíz de amargura que termina lastimando a todos los que tenemos cerca. Guarda tu corazón. Deja la cuenta en las manos de Dios, que Él sí sabe cobrarla con justicia. Es lo que hizo Cristo, que cuando lo insultaban no devolvía el golpe, y dejaba su causa en manos del que juzga con justicia.
2. Dios cumple su promesa aun con instrumentos indignos
Aquí por fin respondemos la pregunta de ayer. El Espíritu viene sobre Sansón por una sola razón, porque Dios había prometido librar a Israel y Él no falta a su palabra. Nada de esto fue premio al carácter de Sansón. Como veíamos ayer, que el Señor use a alguien con poder no significa que apruebe su vida. Los dones y el carácter son dos cosas distintas. Alguien puede predicar, servir y hasta obrar cosas asombrosas por un don de Dios, mientras su corazón sigue lejos. Piénsalo bien, porque de la misma manera que Dios usó al terco de Sansón para salvar a Israel, usó las manos de Pilato y de otros hombres malvados para llevar a cabo la salvación del mundo en la cruz. Su plan avanza pase lo que pase. Y aun así, eso nunca deja libre de culpa al que hizo el mal. La soberanía de Dios cumple su propósito sin excusar a nadie.
3. Cristo salva por medio de su propia sed
No pases por alto ese final, porque hay aquí algo hermoso. El hombre que acababa de matar a mil enemigos estuvo a punto de morir por falta de agua, y Dios lo revivió con un manantial. Siglos después, otro Libertador colgaba de una cruz y dijo «tengo sed». Pero a Cristo nadie le abrió un manantial. Se quedó con la sed, hasta el final. Y esa es justamente la diferencia que nos salva. A Sansón, Dios lo rescató de su sed; a nosotros, Dios nos rescató por medio de la sed de su Hijo. La historia de la redención no es solo Dios salvando a un hombre sediento, sino Dios salvando a un pueblo entero por la sed de un Hombre. Por eso el mismo Cristo puede decirnos que el que venga a Él y beba nunca volverá a tener sed.
Reflexión y oración
El más fuerte del libro cayó rendido por un sorbo de agua, para que aprendiéramos que hasta las fuerzas que creemos nuestras vienen de la mano de Dios.
Señor, gracias porque tu fidelidad no se apoya en lo que valemos nosotros, y cumples tu palabra aun cuando somos indignos de ella. Reconocemos que muchas veces, como Sansón, solo nos acordamos de Ti cuando se nos acaban las fuerzas, olvidando que hasta esas fuerzas nos las diste Tú. Guarda nuestro corazón de la venganza y de la amargura, y enséñanos a dejar nuestras cuentas en tus manos. Y gracias, sobre todo, porque tu Hijo cargó con la sed que merecíamos para abrirnos a nosotros la fuente que nunca se seca. En el nombre de Cristo, amén.
