Seguimos el recorrido, y la luz de la sala baja un poco. Ayer vimos a un hombre fabricándose un dios de bolsillo y comprándose un sacerdote a sueldo. Hoy el cuadro se abre y ya no cabe una sola familia, cabe una tribu entera. Y lo que veremos es lo que ocurre cuando el más fuerte descubre que nadie va a detenerlo. Sobre la puerta sigue el mismo letrero, no había rey en Israel.
Entendiendo el pasaje
La tribu de Dan andaba buscando dónde asentarse. Tenían heredad asignada, pero no habían logrado ocuparla, así que salieron a mirar tierra por su cuenta. Cinco hombres pasan por la casa de Micaía, reconocen la voz del levita que trabajaba allí, y le piden que consulte a Dios por ellos. El sacerdote comprado les responde que vayan en paz. Con esa bendición de segunda mano siguen camino y descubren Lais, una ciudad tranquila, confiada, lejos de cualquiera que pudiera auxiliarla.
Vuelven con seiscientos hombres armados. De paso entran otra vez a la casa de Micaía y se llevan la imagen, el efod, los ídolos y también al levita, a quien convencen con un ascenso, para qué ser sacerdote de un hombre si puedes ser sacerdote de una tribu. Micaía sale a reclamar lo suyo y le responden que se calle, que baje la voz si no quiere perder la vida y su casa entera. El hombre se da la vuelta y se vuelve con las manos vacías, porque no hay rey, no hay ley, no hay juez ante quien apelar. Luego llegan a Lais, pasan a filo de espada a esa gente que no esperaba a nadie, y le queman la ciudad. Reconstruyen sobre las cenizas, le ponen su propio nombre y montan allí el ídolo robado, con sacerdocio propio y por generaciones. Y el narrador deja caer un detalle demoledor, que todo eso ocurrió mientras la casa de Dios seguía en Silo.
Tres verdades bíblicas
1. Sin la ley de Dios, el fuerte se queda con lo que quiere
Fíjate cómo termina el pleito entre Micaía y los de Dan. No hubo juicio, ni testigos, ni autoridad. Hubo seiscientos hombres armados y un dueño que prefirió callarse. Cuando desaparece una norma que está por encima de todos, lo único que queda es medir fuerzas, y el que tiene más se queda con lo ajeno. Dios había dicho «no robarás», y ese mandato protege algo que Él mismo estableció desde el principio, que el hombre trabaje con el sudor de su frente y disfrute del fruto de sus manos. Un filósofo inglés lo dijo siglos después, que aquello en lo que un hombre invierte su trabajo pasa a ser suyo por derecho natural. Pero fíjate de dónde viene esa idea, porque no la produjo el ingenio humano; viene de la ley que Dios escribió en nuestros corazones. Donde Dios y su ley se van, no llega más libertad. Llega el atajo del robo.
2. Los primeros en pagar son los que no pueden defenderse
Detente en Lais, porque el texto se detiene ahí a propósito. Era un pueblo tranquilo y confiado, que vivía sin sospechar de nadie, y estaba lejos de quien pudiera venir a socorrerlo. No provocó nada. No opuso resistencia. Y fue borrado del mapa en una tarde. Cuando un pueblo olvida a su Dios, el más fuerte se sale con la suya, y la cuenta siempre la pagan los mismos, los que no tienen con qué defenderse ni a quién llamar. Eso vale para cada época, también para la nuestra. Mira a quién le toca perder cuando la ley se vuelve elástica y verás el estado espiritual de una sociedad. Y mira también a quién estás defendiendo tú, porque el Dios que anotó a Lais en su libro sigue mirando a los que nadie mira.
3. El pecado que se tolera acaba institucionalizándose
Ahora sigue el rastro de ese ídolo. Empezó como el capricho de un hombre en su casa, con plata robada. Un capítulo después está montado en el centro de una ciudad, con nombre nuevo, con sacerdotes de oficio y con descendencia asegurada por generaciones. El pecado ya no vivía en el patio de una familia, sino en la plaza de un pueblo, con dirección, altar y nómina. Así crece siempre lo que dejamos pasar, porque lo que hoy se tolera mañana se organiza, y lo que se organiza se hereda. Y mientras todo eso se levantaba, la casa de Dios seguía en Silo, con las puertas abiertas y sin nadie que fuera. Nadie la cerró. Solo dejaron de ir. Ahí está el hueco del cuadro otra vez, cada uno haciendo lo que le parece, con el trono vacío.
Reflexión y oración
Cuando nadie reina de verdad, el que tiene la espada dicta la ley, y siempre la dicta a su favor.
Señor, gracias porque Tú sí reinas con justicia y no te tuerces con la fuerza de nadie. Reconocemos que somos capaces de justificar lo que tomamos, de callar cuando el fuerte abusa y de dejar crecer pecados pequeños hasta que se vuelven costumbre y hasta institución. Perdónanos. Danos amor por tu ley y valor para defender a los que no pueden defenderse solos. Y gracias porque en Cristo tenemos al Rey que en lugar de arrasar a los débiles dio su vida por ellos. En el nombre de Cristo, amén.
