Entramos a la sala más oscura del museo. Aquí casi no hay luz, debo decirlo antes de empezar, porque lo que veremos hoy es de las cosas más perturbador de toda la Biblia. Pero ¿cómo llegamos hasta aquí?, porque nadie amanece un día en este cuadro. Primero fue un dios de bolsillo en la casa de un hombre, después un sacerdote comprado con sueldo, después una tribu robando y quemando pueblos indefensos. Cada sala nos dejó un poco más adentro. Y hoy la degradación llega hasta el colmo.
Entendiendo el pasaje
El capítulo abre otra vez con el letrero de la puerta, no había rey en Israel. Y aparece otro levita, distinto del anterior, viviendo en concubinato con una mujer que lo deja y se vuelve a la casa de su padre. Él va tras ella y se la trae como quien recupera algo que le pertenece. Ahí ya hay bastante que lamentar, porque es un hombre del linaje sacerdotal que trata a esa mujer más como propiedad que como esposa.
De regreso se les hace tarde. Pasan junto a Jebús, la ciudad que después sería Jerusalén, y deciden no dormir ahí porque era de extranjeros. Siguen hasta Gabaa para estar seguros entre hermanos israelitas, y ahí está la ironía que parte el capítulo en dos. Un anciano los recibe, casi como si presintiera el peligro de la calle. Entrada la noche, los hombres de la ciudad rodean la casa y exigen que les entreguen al forastero para abusar de él. El anciano les ruega que no cometan semejante maldad y ofrece a su propia hija y a la concubina, como si eso fuera menos grave, pero él sabía que el juicio De Dios había llegado a dos ciudades, Sodoma y Gomorra, por los mismos pecados. La degradación había llegado a su punto más profundo. Entregan a la mujer. Abusan de ella toda la noche y ella muere en el umbral. Al amanecer el levita la carga, la reparte en doce pedazos y manda un pedazo a cada tribu.
Tres verdades bíblicas
1. Cuando la Palabra pierde su peso, el matrimonio pierde el suyo
Antes del horror de Gabaa, el capítulo nos muestra un matrimonio desfigurado. Un levita en concubinato, una mujer que va y viene, y un hombre que la recupera sin que medie arrepentimiento ni pacto de nada. El placer manda y el compromiso sobra. El matrimonio solo se toma en serio donde la Palabra de Dios se toma en serio. Es ella la que le da su estatura, la que lo convierte en el reflejo de un Dios que hace pactos y los cumple. Quítale la Palabra y queda en un arreglo que dura lo que dure el gusto o el placer. Por eso las sociedades que se alejan de Dios terminan tratándolo como una institución arcaica. Están desechando algo que solo tiene sentido a la luz de quién es Dios.
2. Cuando se desecha el orden que Dios puso en la creación, no queda ley en pie
Los hombres de Gabaa exigieron algo que rompía de frente el diseño con que Dios hizo al hombre y a la mujer. Horas después eran asesinos. Días después la nación entera estaría en guerra consigo misma. Esa secuencia sigue con exactitud la línea de Romanos 1, donde los hombres cambian la verdad de Dios por la mentira, deshonran después sus propios cuerpos, y de ahí se desborda todo lo demás, el engaño, la crueldad, el homicidio. Cuando se tira por la borda la ley que Dios escribió en la creación misma, ya no queda ninguna otra ley en pie, porque se cayó la primera. Dios había destruido con fuego ciudades enteras por esto mismo, y aquí es un pueblo de Israel el que se comporta igual que ellas. Por eso, cuando la fe cristiana se opone a estas cosas, no lo hace por desprecio a nadie. Lo hace porque reconoce la señal de un pueblo que dejó de tomar a Dios en serio, y sabe lo que viene después.
3. Esa mujer no tiene nombre en el relato, pero Dios no la pasó por alto
Cuenta cuántos le fallaron. El hombre que debía protegerla la empujó a la puerta. El dueño de la casa ofreció a su propia hija. La turba la destruyó. Y el que la reclamó como suya terminó usando su cuerpo como mensajería política. Ni su nombre aparece en el texto. Que quede claro que el narrador no aprueba nada de esto, está acusando a todos, y al levita en primer lugar. Y si estás escuchando esto desde una historia parecida, con un daño que nadie vio o que nadie quiso ver, escucha bien esto, Dios sí lo vio. Él no olvida lo que se hizo en la oscuridad y no confunde a la víctima con el culpable. Aquí la sala queda a oscuras y el hueco del cuadro es enorme. No hay rey. No hay ley. Cada uno hace lo que le parece, y hay una mujer muerta en el umbral para probarlo.
Reflexión y oración
Una pueblo que desecha la ley de su Creador termina escribiendo su historia sobre la sangre y la degradación.
Señor, este pasaje nos deja sin palabras, y te damos gracias porque lo dejaste escrito para advertirnos y no para entretenernos. Reconocemos que llevamos dentro la misma semilla de la que salió Gabaa, y que somos capaces de desechar tu diseño y de llamar libertad a nuestra ruina. Ten misericordia de nosotros y de nuestra tierra. Consuela a los que cargan heridas que nadie vio, y recuérdales que Tú sí ves. Y gracias porque Cristo, en lugar de entregar a otros para salvarse, se entregó a sí mismo para salvarnos. En el nombre de Cristo, amén.
