El museo tiene una puerta de salida

«En esos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus propios ojos.» (Jueces 21:25, NBLA)

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Llegamos a la última sala. Entramos a este museo leyendo un letrero sobre la puerta, y hoy salimos leyendo el mismo, porque esa frase es la última oración del libro. Veintiún días recorriendo cuadros a blanco y negro, cada uno más oscuro que el anterior. Y hoy vemos a un pueblo llorando sobre el desastre que él mismo provocó. Pero este museo tiene una puerta de salida, y sobre ella hay otro letrero.

Entendiendo el pasaje

El capítulo abre con Israel en la casa de Dios, llorando a gritos hasta la noche y preguntando por qué falta hoy una tribu en Israel. Es una escena que da lástima, porque lo que ningún enemigo había logrado en trescientos años se lo hicieron ellos solos. Y ahí uno espera que clamen para que Dios los ayude a remediarlo. No lo hacen. Deciden arreglarlo por su cuenta.

Y el arreglo sale tan monstruoso como el problema. Habían jurado no dar sus hijas a Benjamín, y ese juramento resulta que sí les pesa en la conciencia. Así que van contra Jabes de Galaad, matan a sus hombres y se traen cuatrocientas muchachas para los sobrevivientes de Benjamín. Faltan doscientas. Entonces les dicen a los de Benjamín que se escondan en la fiesta de Silo y que rapten a las jóvenes cuando salgan a danzar, y así los padres quedarán técnicamente libres de culpa, porque nadie se las entregó, se las llevaron a la fuerza. Con esa mentira se reconstruye una tribu. Un pueblo hecho de retazos, levantado de las cenizas de su pecado y con el mismo pecado. Y el libro cierra con la frase que veníamos leyendo desde el capítulo diecisiete.

Tres verdades bíblicas

1. Un pueblo sin rey ni siquiera sabe reparar lo que rompió

Fíjate en el cuidado con que guardan ese juramento mientras arrasan una ciudad entera y organizan un secuestro. Es como el que oye sonar el teléfono y le dice a su esposa que diga que no está, para no mentir él. Cumplieron la letra y pisotearon todo lo demás. Colaron el mosquito y se tragaron el camello. Y esa hipocresía es más común de lo que parece, porque hay gente minuciosa con pecados pequeños, atenta a no quebrar ciertas reglas visibles, mientras el corazón carga ídolos del tamaño de una casa. Pregúntate hoy en qué eres estricto y qué estás dejando pasar. Un pueblo que perdió el norte ni siquiera puede arreglar sus propios destrozos, porque usa para repararlos la misma maldad que los causó.

2. Cuando se acaban los libertadores y los sacerdotes, queda a la vista lo que siempre faltó

Mira lo que se fue apagando en estos capítulos. Con la muerte de Sansón se acabó la esperanza de un libertador, porque era el último y fue el peor. Con aquel levita descendiente de Moisés vendiéndose por diez piezas de plata al año se acabó la esperanza de un sacerdote fiel. Y ahora, en este último capítulo, hasta el pueblo está en riesgo de desaparecer. Por eso Jueces no termina, se corta en puntos suspensivos, con un grito de angustia. Hacía falta alguien capaz de gobernar el corazón de ese pueblo y de guardarlo de sí mismo, algo que ningún guerrero y ningún sacerdote había logrado. Hacía falta un Rey.

3. El Rey vino, y la Escritura lo venía diciendo con nombre propio

Aquí se abre la puerta de salida. Mientras Israel se despedazaba en esta guerra, Dios estaba trabajando en silencio en otro rincón del mismo período. El libro de Rut empieza diciendo que aquello pasó en los días en que gobernaban los jueces, o sea en esta misma oscuridad. Y ahí, en un campo de Belén, hay una viuda extranjera y un hombre llamado Booz que rescata lo que estaba perdido y la toma por esposa. Ese libro termina con una lista de nombres que desemboca en David. Después vinieron los reyes, Saúl, David, Salomón, y todos fallaron, incluido el mejor de ellos. Pero cuando Mateo abre su Evangelio y presenta a Jesucristo, hijo de David, escribe en esa genealogía los nombres de Booz y de Rut. La línea que va de este llanto hasta el pesebre no la inventamos nosotros, sino que la trazó la Escritura misma y con nombres propios. Y ese Rey no gobierna como los otros. Escribe su ley en el corazón, es Él mismo la ley, el Verbo hecho carne, Dios morando con su pueblo, Rey de reyes y Señor de señores. Los que no éramos pueblo hemos sido hechos pueblo suyo, y los que no habíamos alcanzado misericordia, la alcanzamos. Salimos de este museo sabiendo que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Israel entró a estos capítulos sin rey, y nosotros salimos con uno. Mañana abrimos Rut, y ahí empieza a verse cómo.

Reflexión y oración

El libro se cierra diciendo que cada uno hacía lo que bien le parecía, pero un día, el pueblo tendrá un Rey y hará lo que al Rey le plazca.

Señor, gracias por estos días recorriendo un libro difícil, y gracias porque lo dejaste escrito con toda su crudeza para advertirnos y no para entretenernos. Reconocemos que llevamos dentro el mismo corazón de aquel pueblo, capaz de romper lo que ama y de arreglarlo con más pecado. Perdónanos. Gracias porque no nos dejaste esperando en la oscuridad. Cumpliste lo que venías anunciando desde el principio y nos diste en Cristo al Libertador, al Sacerdote y al Rey que Israel nunca tuvo. Reina sobre nosotros, y haznos un pueblo que te sirva de corazón. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Jueces 21, Hechos 25, Jeremías 35, Salmos 7-8

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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