Hermano contra hermano

«¿Volveremos a salir a pelear contra los hijos de Benjamín, nuestro hermano?» (Jueces 20:23, NBLA)

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Seguimos el recorrido, y este cuadro es de los que uno mira de lejos. Ayer quedó una mujer muerta en el umbral y doce pedazos de su cuerpo repartidos por todo Israel. Hoy vemos lo que ese mensaje desató. Un pueblo entero se moviliza indignado, y esa indignación termina en una carnicería entre hermanos. Sobre la puerta sigue el mismo letrero, no había rey en Israel.

Entendiendo el pasaje

Las tribus se juntan como un solo hombre, cuatrocientos mil espadas, y exigen que Benjamín les entregue a los culpables de Gabaa. Benjamín se niega. Prefiere proteger a los suyos antes que hacer justicia, y con esa decisión se echa encima la culpa de todos. Entonces Israel sube a la casa de Dios y consulta al Señor. Y aquí hay que detenerse en lo que preguntaron, porque no preguntaron en qué habían fallado, ni cómo habían llegado a semejante extremo, ni qué debían hacer para volver a Él. Preguntaron quién debía atacar primero. Después de años de ignorarlo, lo consultan por la estrategia militar.

Lo que sigue es una matanza. Israel pierde veintidós mil hombres el primer día y dieciocho mil el segundo, y al tercero le tienden una emboscada a Benjamín y arrasan sus ciudades. Al final del capítulo, de una tribu entera de Israel quedan seiscientos hombres escondidos en una peña. Los demás fueron pasados a filo de espada, junto con sus mujeres, sus niños y sus animales. Hermanos matando hermanos, con la misma técnica de emboscada que en otro tiempo usaron contra los pueblos que Dios había mandado desalojar. El enemigo de Israel ya era Israel, del todo y sin disimulo.

Tres verdades bíblicas

1. Se puede consultar a Dios sin la menor intención de obedecerlo

Fíjate bien en la escena, porque parece piadosa y no lo es. Suben a la casa de Dios, se postran, ayunan, ofrecen sacrificios y preguntan. Cualquiera diría que ahí hay un pueblo buscando a su Señor. Pero mira el contenido de la pregunta. Querían saber quién iba primero a la batalla, y jamás quisieron saber por qué habían llegado hasta ahí. Eso ya no era buscar dirección. Era buscar permiso. Y nosotros lo hacemos más de lo que nos gusta admitir, cuando oramos por un asunto que ya decidimos, esperando que Dios firme abajo, mientras el corazón sigue sin querer que Él toque lo de fondo. Antes de pedirle a Dios que bendiga tu plan, pregúntale si el problema no serás tú.

2. Estaban castigando en otros el pecado que todos cargaban

Cuatrocientos mil hombres indignados, y ninguno mirándose al espejo. Es cierto que lo de Gabaa clamaba justicia, y también es cierto que Benjamín se hizo cómplice al proteger a los culpables. Pero mira quiénes fueron a ejecutar la sentencia. El mismo pueblo que llevaba capítulos fabricando dioses caseros, comprando sacerdotes, robando y quemando ciudades indefensas. Estaban juzgando a Benjamín como ellos mismos merecían ser juzgados. Qué fácil es indignarse con el pecado del otro y qué cómodo resulta el escándalo ajeno, porque mientras señalamos a alguien no tenemos que mirar lo nuestro. La misma vara con que mides será usada contigo, y eso debería bajarnos el tono cuando levantamos la voz contra el pecado de otro.

3. Ninguna sentencia es tan desoladora como que Dios te deje

Esta es la parte pesada del cuadro. Dios responde, sí, pero fíjate cómo. Los deja ir. Retira su mano y permite que caminen hasta el final del camino que ellos escogieron. Hay un texto en Oseas que da escalofrío, cuando Dios dice de Efraín que es dado a ídolos y ordena que lo dejen. No lo exhortes. No le impidas su deseo. Déjalo. Esa es la peor sentencia que puede caer sobre alguien, mucho peor que cualquier azote, porque el azote busca traerte de vuelta y el abandono te suelta la mano para que llegues adonde ibas. Si has estado jugando con el Señor, tomándolo en serio a ratos y a conveniencia, no quieras escuchar nunca esa palabra. Vuélvete hoy, mientras todavía te incomoda tu pecado, mientras todavía te duele, porque ese dolor es señal de que Dios no te ha soltado. Aquí termina la sala más triste del museo, con una tribu casi borrada, seiscientos hombres escondidos en una peña, y un pueblo desangrándose solo. No hay rey. Cada uno hace lo que le parece.

Reflexión y oración

Un pueblo que se queda sin rey termina volviendo la espada contra su propio hermano.

Señor, gracias porque nos hablas con franqueza aun cuando lo que nos muestras nos duele. Reconocemos que muchas veces te consultamos buscando tu permiso y no tu voluntad, y que nos indignamos con el pecado ajeno para no mirar el nuestro. Perdónanos. No nos sueltes de tu mano, ni permitas que nos acostumbremos a lo que a Ti te ofende. Que la incomodidad que sentimos hoy sea la prueba de que sigues trabajando en nosotros. Y gracias porque Cristo, en lugar de levantar la espada contra sus hermanos culpables, cargó Él mismo la sentencia que merecíamos. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Jueces 20, Hechos 24, Jeremías 34, Salmos 5-6

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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