Manuscrito
Texto bíblico: Hebreos 10:19-25
La iglesia primitiva se instauró y el Señor usó la persecución para cumplir la gran comisión. Vayan y hagan discípulos en todas las naciones, lenguas y razas. Pero el sufrimiento no es algo a lo que nos acostumbramos, y tampoco para los hermanos a quienes el autor de la carta a los hebreos escribió. Y por un momento muchos de estos antiguos judíos, consideraron regresar al judaísmo como una manera de huir de la persecución. Pero el autor les muestra a ellos, y así también a nosotros, que muy por encima de cualquier cosa creada, en la tierra y en el cielo, o circunstancia, está Cristo. En los primeros diez capítulos el autor construye, pieza por pieza, el argumento más elaborado del Nuevo Testamento sobre la superioridad de Cristo: superior a los ángeles, a Moisés, a Josué, a Aarón y a todo el sistema levítico.
El versículo 10:18 cierra ese argumento con una declaración que entonces nos desafía: «donde hay perdón de estas cosas, ya no hay ofrenda por el pecado» . Hasta ese punto, es como si el autor colocara el reflector sobre Jesús, nos hace maravillarnos con la persona de Cristo y su obra, y de repente llega el versículo 19: «Entonces, hermanos…» (v.19). Ahora, las luces, ese reflector se enfoca en nosotros. Tú, yo y todo aquel por quien Cristo nació, murió, resucitó y ha de volver.
Este «entonces» es el conector más importante de toda la epístola, porque transforma esos diez capítulos de teología ortodoxa en una invitación a la ortopraxis, a aplicarla en nuestras vidas diarias. Porque mis queridos hermanos, la sangre preciosa de Cristo no fue derramada para llenar nuestras mentes de conocimiento, el entendimiento de quien es Él debe mover nuestros pies y nuestras manos, a las buenas obras.
La doctrina sin aplicación es como una brújula encerrada en un cajón. Sigue apuntando al norte, pero no lleva a nadie a ningún lado.
Lo que tenemos en los versículos 19–25 es una brújula, ya no guardada sino puesta en las manos del peregrino, quien cree, porque sin ella andaremos sin rumbo, pero no basta con tenerla, hay que moverse, hay que actuar.
Estudiaremos este pasaje a la luz del siguiente argumento.
Argumento: Cristo nos da acceso al Padre y debemos vivir confiadamente en Él, en santidad y unidad.
Y lo desarrollaremos en dos partes que nos presenta el pasaje.
- El acceso concedido por la obra de Cristo (v. 19-21)
- El llamado a la perseverancia y el amor comunitario (v. 22-25)
I. El acceso concedido por la obra de Cristo (v. 19–21)
«Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, Su carne, y puesto que tenemos un gran Sacerdote sobre la casa de Dios…»
Antes de darnos un solo mandamiento, el autor establece la base, el fundamento. Todo descansa sobre dos afirmaciones que dan el sustento a las indicaciones posteriores: Indicaciones encabezadas por «puesto que tenemos».
«Puesto que tenemos confianza…» y
«puesto que tenemos un gran Sacerdote…»
El indicativo siempre precede al imperativo, lo que motiva el poder hacer algo va antes de cómo debemos responder. Lo que Dios ha hecho siempre viene antes de lo que nosotros debemos hacer. Porque todo está sustentando en la maravillosa noticia del Evangelio y: «El Evangelio no es lo que tú debes hacer por Dios para agradarle, sino con lo que Dios ya hizo por ti en Cristo para traerte a Él».
A. Confianza por su sangre (v. 19)
“19 Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús,”
La palabra traducida como «confianza» en el v19 proviene del griego parresía, que significa «libertad de habla», «denuedo», «franqueza». En el mundo griego, era el derecho del ciudadano libre a hablar abiertamente en la asamblea. Por medio del autor el Espíritu Santo nos describe algo asombroso: nosotros, que éramos extranjeros, ajenos a las promesas de Dios, y enemigos suyos, ahora tenemos derecho de entrada plena a la misma presencia de Dios, tanto como el Hijo legítimo y unigénito del Padre, por su misma obra de redención.
Esto es maravillo mis hermanos, porque si comparamos con el Antiguo Testamento, acercarse al Lugar Santísimo sin autorización significaba muerte instantánea. Los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, lo aprendieron de la manera más trágica al ofrecer fuego extraño (Lv. 10:1–2). Uzías, un rey poderoso, fue herido con lepra por atreverse a entrar al templo para ofrecer incienso(2 Cr. 26:16–21). Y sin embargo, ahora el autor dice: entren con confianza.
¿Porqué ahora podemos ingresar con confianza? El texto nos dice: «por la sangre de Jesús».
No es por nuestra pureza, no es por nuestros méritos, no es por nuestras obras.
La sangre de Jesús no es simplemente la puerta de entrada a la salvación; es la puerta de entrada permanente a la presencia de Dios. Aquel que dijo yo soy la puerta del redil por donde entran mis ovejas, también dijo yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie viene al Padre sino por mí. No necesitamos otra credencial. Cada vez que nos sentimos indignos de acercarnos a Dios en oración — y lo somos — la respuesta no es alejarnos, sino acercarnos por la sangre preciosa de Cristo Jesús.
La confianza que tenemos no es la confianza del arrogante, sino la confianza del mendigo que ha sido invitado al banquete del Rey: «No entramos exigiendo nada, porque nada merecemos; entramos maravillados de que, por Cristo, la puerta esté abierta».
Si la palabra me dice que necesito tener confianza en Cristo y en su sacrificio, es porque nunca podré confiar en mi santidad y en mis fuerzas, debo confiar en la persona de Cristo. El poder radica en la persona de Cristo, por cuyo sacrificio fue pagada mi deuda, lo que nos da la confianza de entrar ante la presencia del Padre.
Continúa el versículo 20
B. Un camino nuevo y vivo a través del velo (v. 20)
“20 por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, Su carne,”
El autor llama al acceso un «camino nuevo y vivo». Dice la palabra «nuevo», «recién abierto». Es un camino que no existía antes de la cruz.
Pero lo más impactante es la identificación del velo con la carne de Cristo: «por medio del velo, es decir, Su carne». En el templo de Israel «El velo representaba la barrera entre un Dios santo y un pueblo pecador. Cuando Cristo murió en la cruz, ese velo se rasgó de arriba abajo (Mt. 27:51) — de arriba abajo, no de abajo arriba, porque fue Dios quien lo rasgó. El cuerpo de Cristo fue destrozado para que la barrera fuera eliminada para siempre».
Ese velo se rasgó, pero la carne de Cristo no fue destruida en vano. Su cuerpo rasgado es ahora el medio de acceso. El obstáculo se convirtió en el camino hacia el Padre. Lo que nos separaba de Dios — el pecado que demandaba juicio sobre la carne — fue juzgado en la carne de Cristo, y ahora esa misma carne inmolada se convierte en nuestra puerta abierta.
Qué maravilloso mis hermanos. El mismo sufrimiento de Cristo, que podríamos haber pensado que cerraría el cielo por la enormidad del pecado que juzgaba, es precisamente lo que abrió el cielo de par en par, para todo aquel que en Él cree y en Él ha puesto su confianza.
Pero este nuevo camino, es además un camino vivo. A diferencia de los rituales del antiguo pacto que debían repetirse una y otra vez porque estaban «muertos» en su eficacia permanente, el camino abierto por Cristo está vivo, porque Cristo vive. Él resucitó, ascendió, y vive para siempre intercediendo continuamente por los suyos delante del Padre (Heb. 7:25).
Esto significa que nuestro acceso a Dios no disminuye, nunca caduca, no necesita ser renovado. Tú que me escuchas, entiende Cristo no abrió una puerta que luego se puede cerrar. Abrió un camino vivo, porque Él mismo es el camino, y Él está vivo para siempre.
En Francia hay una isla llamada Noirmoutier y tiene una acceso llamado paso de gois, el cual por la marea queda inaccesible dos veces al día.
No vivimos con un acceso intermitente a Dios — como el paso de Gois que va y viene. Vivimos con un camino permanente, eficaz, vivo. Cada mañana cuando abrimos los ojos, el camino está ahí. Cada noche cuando los cerramos confesando nuestros pecados, el camino sigue ahí, aún en la inconsciencia del sueño podemos dormir confiados como dice el Salmo 4:8, porque tú Señor estarás conmigo, el camino sigue ahí. Nada lo puede cerrar.
C. Un gran sacerdote permanente (v. 21)
21«Y puesto que tenemos un gran Sacerdote sobre la casa de Dios…» Si leemos la carta a los hebreos, el autor en los capítulos 5–9 ha demostrado que Jesús es sacerdote según el orden de Melquisedec: un sacerdocio eterno, sin principio ni fin de días. Ahora lo resume: tenemos un gran Sacerdote que está sobre la casa de Dios, es decir, que tiene autoridad suprema sobre todo el pueblo de Dios.
Pero hay que considerar que, para Israel, un sacerdote no es simplemente alguien que ofrece sacrificios. Es alguien que representa al pueblo ante Dios. Nuestro sumo sacerdote, Cristo, no solo murió por nosotros; ahora mismo está ante el Padre representándonos, intercediendo por nosotros. Mis hermanos nunca están solos ante el trono de Dios. Cristo está ahí antes de que llegues.
Esto no puede más que darnos seguridad como creyentes. Porque mis hermanos, ¿Qué sería de nosotros si el acceso a Dios dependiera de nuestra fidelidad como sacerdotes de nuestras propias vidas? Estaríamos perdidos. Pero mi acceso y tuyo, hermano o hermana, depende de la fidelidad de nuestro gran sacerdote, y Él nunca ha fallado ni fallará.
Esa es la base de nuestra confianza. Ahora vamos al segundo punto. Luego de saber Qué tenemos en Cristo. Veamos ¿Para qué nos lo dio?
II. El llamado a la perseverancia y el amor comunitario (v. 22–25)
Es decir, ahora viene cómo debemos responder ante esa gloriosa verdad. Si tenemos tal privilegio, ¿cómo debemos vivir? Aquí encontramos tres exhortaciones, tres verbos que se sostienen sobre la base teológica de los versículos anteriores. El indicativo del Evangelio engendra el imperativo de la vida cristiana. No obedecemos para ser aceptados; obedecemos porque hemos sido aceptados en Cristo Jesús.
A. «Acerquémonos» — Relación con Dios (v. 22)
V22«Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura.»
El primer verbo es — «acerquémonos». Es el mismo verbo que se usaba para describir al sacerdote que se acercaba al altar para ofrecer sacrificio. Pero ahora no es un sacerdote de la tribu de Leví, de la casa de Aarón; somos todos los creyentes.
La palabra describe cuatro condiciones de cómo debemos acercarnos:
(1) Con corazón sincero. A veces vemos a Dios, como si fuera nuestro cónyuge, o nuestros papás, o hermanos, un humano más, que no nos conoce realmente en la intimidad de nuestro corazón, y por eso creemos que podemos ocultarle cosas. Pero se nos olvida que Dios es omnisciente, todo lo sabe, y aún así quiere que nos relacionemos con Él. Porque Dios no busca perfección en tu acercamiento; busca autenticidad. El Señor prefiere un pecador honesto a un fariseo pulido, que no es más que un sepulcro emblanquecido, como Él mismo los llamó. El Señor prefiere a ladrones como Zaqueo, adúlteros como a la mujer que iban a apedrear, asesinos como Pablo, pecadores como tú y como yo, pero arrepentidos y deseosos de agradarle a Él, porque un corazón contrito y humillado el Señor no desprecia.
Con corazón sincero. Pero también acerquémonos
(2) En plena certidumbre de fe, no con dudas sino con convicción de que la sangre de Cristo es suficiente. La plena certidumbre de fe no significa que nunca tendremos preguntas. Significa que nuestras preguntas no nos alejan de Dios, sino que las traemos a Dios. Por la fe, tendremos la actitud de Juan el bautista ante la duda, preguntar al maestro.
Con corazón sincero. Con certeza de fe, pero también
(3) Purificados los corazones de mala conciencia. Aquí se hace alusión a la aspersión de la sangre en el Día de la Expiación (Lv. 16). La sangre de Cristo limpia no solo el pecado, sino la conciencia del pecado. La sangre de los corderos y los becerros podía limpiar la carne ceremonialmente; la sangre de Cristo limpia la conciencia eternamente. Ya no hay acusación que se sostenga contra quien ha sido rociado con esa sangre. Ante el tribunal de Cristo, si su sangre está sobre ti, como aprendimos la semana pasada en Romanos, ya no hay condenación. Aleluya.
Y no menos importante, acerquémonos.
(4) Lavados los cuerpos con agua pura. Aquí haciendo alusión al lavamiento sacerdotal en la fuente de bronce (Éx. 30:19–21), que simboliza la regeneración y renovación por el Espíritu Santo (Tit. 3:5) y posiblemente el bautismo como señal externa de la realidad interior.
En otras palabras, acerquémonos en santidad, con mentes renovadas y cuerpos que no presentan sus miembros al pecado.
B. «Mantengamos firme» — Firmeza en la esperanza (v. 23)
V23«Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió.»
El segundo verbo es — «mantengamos firme», «retengamos sin aflojar». El objeto es «la profesión de nuestra esperanza». Es interesante que el autor no dice «fe» sino «esperanza». Porque la fe mira hacia atrás, a lo que Cristo hizo, confiamos en Dios por sus obras. La esperanza mira hacia adelante, a lo que Cristo completará. Por la fe podemos vivir con esperanza, que el que cumplió todas las promesas pasadas, también cumplirá las que han de venir.
Nuestra fe, es una que debe ser confesada públicamente. No es una fe privada, guardada en secreto. Es una declaración ante el mundo: ‘Mi esperanza está en Cristo, y no me retracto’.
Pero ¿cuál es la base para no fluctuar? No es nuestra fuerza de voluntad. Es la fidelidad de Dios: «porque fiel es Aquel que prometió». Que hermosa verdad, que la perseverancia de los santos no descansa en la perseverancia de los santos. Descansa en la fidelidad del Dios que prometió. Él es el ancla segura e inamovible, no nosotros.
Cuando el texto dice ‘fiel es Aquel que prometió’, está apelando a algo que no puede fallar: el carácter inmutable de Dios. No dice ‘fuerte, firme es el que cree’, sino ‘fiel es Aquel que prometió’. La fuerza está en quien instauró el Pacto, no en el beneficiario del pacto. Esto era crucial para los destinatarios originales que enfrentaban persecución y la tentación de volver al judaísmo. Y es crucial para nosotros hoy.
C. «Consideremos cómo estimularnos unos a otros» — Vida comunitaria (v. 24–25)
«Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca.»
El tercer verbo es— «consideremos atentamente», «pongamos nuestra mente en». Es un verbo que implica observación deliberada y cuidadosa. No es un vistazo casual al hermano o hermana que está a tu lado; es una atención intencional a su vida, sus luchas, sus necesidades.
‘Considerémonos’ no es simplemente ‘saludémonos’. Es conocer la condición espiritual de tu hermano lo suficiente como para saber qué necesita — si necesita ánimo, corrección, compañía o simplemente que alguien lo escuche. No puedes estimular a alguien que no conoces. El estímulo viene a veces en forma de ánimo, para quien ha perdido la esperanza, en forma de ayuda a quien no tiene fuerzas para sostenerse o disciplina a quien deliberadamente ha ignorado las advertencias de Dios. Pero debemos ser sabios, porque por falta de discernimiento, en ocasiones, animamos al indisciplinado, exhortamos al desanimado e ignoramos al débil, y terminamos haciendo un mal peor.
También notemos que el propósito de esta consideración mutua es doble: estimular (literalmente «provocar», «incitar») a dos cosas, al amor y a las buenas obras. Es fascinante que la palabra paroxusmós(de donde viene estimular) puede ser negativa — aparece por ejemplo cuando Pablo y Bernabé tuvieron un conflicto agudo, en Hechos 15:39. Pero aquí se usa positivamente: provocar, agitar, encender en otros el fuego del amor y las buenas obras.
La iglesia no es un auditorio donde individuos aislados vienen a recibir su dosis espiritual semanal. Es un cuerpo donde cada miembro tiene la responsabilidad de estimular a los demás. Ser pasivos espiritualmente es desobedecer a este texto.
Una hermana me comentaba una ilustración de nuestra vida en comunidad. Y es que el cristiano que se aísla de la iglesia es como un carbón encendido que se saca de la hoguera: se enfría rápidamente. La iglesia local no es un lujo opcional; es un privilegio que el Señor diseñó para que su pueblo persevere».
Luego viene la advertencia: «no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre». Ya en el primer siglo había creyentes que menospreciaban el congregarse. Mis hermanos, si el abandono de la congregación era un problema cuando en la iglesia enfrentaban persecución real — pérdida de propiedades, cárcel, muerte — cuánto más vergonzoso es cuando nosotros dejamos de congregarnos porque estamos cansados, porque llovió, porque nos invitaron a un paseo, o porque hay un juego en la televisión.
El texto termina con una nota de urgencia que apunta a los últimos días: «y mucho más al ver que el día se acerca». «El día» es el día del regreso de Cristo, el día del juicio final. La urgencia del congregarnos es porque el Rey ya viene. No sabemos exactamente cuándo, pero cada día que pasa, está un día más cerca. ¿Actuamos como personas que esperan la llegada de su Rey, o como personas que han olvidado que Él viene? Si anhelamos realmente su venida, no dejemos de congregarnos.
(1) Conoce a tu hermano. No puedes «considerar» a alguien que no conoces. Los grupos ECO, las conversaciones después o antes del culto, las visitas durante la semana — todo eso no es «activismo eclesial». Es obediencia a hebreos 10:24. El estimularnos ‘unos a otros’ requiere relaciones reales, no saludos protocolarios.
(2) Sé un provocador del bien. ¿A quién estás estimulando intencionalmente al amor y las buenas obras? ¿Hay alguien en tu vida a quien deliberadamente animas, exhortas, y empujas hacia Cristo con discernimiento? Si no puedes nombrar a nadie, este texto te está llamando a cambiar eso esta semana. Busca alguien con quien orar, a quien compartirle cómo ha sido de bendición a tu vida o cómo te preocupa algo que el Señor te ha permitido notar y oren por eso.
(3) No abandones la congregación. La asistencia fiel a la iglesia no es religiosidad; es amor. Es amor a Dios que la instituyó, amor a los hermanos que te necesitan, y cuidado de tu propia alma que necesita la exhortación mutua. Cada vez que un creyente falta a la reunión sin causa legítima, debilita al cuerpo y se debilita a sí mismo. Y si por alguna razón sabes que no vas a poder estar, es una buena práctica darle a conocer a los que caminan con nosotros, si viajas, si te enfermas, es bueno saberlo, cuidando el corazón de quienes nos rodean, y dando oportunidad para que oremos juntos. Y hazlo con urgencia creciente: «mucho más al ver que el día se acerca».
Conclusiones
Permítanme dar cinco conclusiones que se desprenden de este pasaje y que son urgentes para nuestra iglesia hoy:
1. La vida cristiana siempre comienza con lo que Cristo hizo, no con lo que nosotros hacemos. Toda exhortación en este pasaje descansa sobre el indicativo de los versículos 19–21. Si intentamos «acercarnos», «mantenernos firmes» y «considerarnos unos a otros» sin tener como base la obra terminada de Cristo, caeremos inevitablemente en el legalismo o en la desesperación. El evangelio no es un punto de partida que dejamos atrás; es el camino en el que andamos y sostiene toda la vida cristiana.
2. El acceso a Dios es un privilegio demasiado costoso para ser desperdiciado. Le costó a Cristo su cuerpo rasgado y su sangre derramada. Si el Hijo de Dios sufrió para abrir el camino, ¿con qué ligereza tratamos ese acceso cuando dejamos de orar, cuando dejamos de adorar, cuando dejamos de buscar su rostro? No menospreciamos a Cristo sólo blasfemando, menospreciamos silenciosamente el sacrificio de Cristo, al dejar de vivir nuestra fe con confianza, perseverancia, y amor por los demás.
3. La perseverancia cristiana no depende de nuestra fuerza sino de la fidelidad de Dios. En una cultura que glorifica la autosuficiencia, el Evangelio nos recuerda que somos sostenidos por alguien realmente poderoso y fiel. El día que dejes de mirar a Cristo y empieces a mirar tu propio desempeño como lo que sostiene tu relación con el Señor, ese día comienza tu caída. «Fiel es Aquel que prometió» — esa es la roca firme que sustenta nuestra fe.
4. La fe cristiana no es individual; es comunitaria. Las tres exhortaciones están en primera persona del plural: acerquémonos, mantengamos, considerémonos. No existe el cristiano solitario a la luz de la palabra, tal vez hubo llanero solitario, pero no cristiano solitario. Quien abandona la comunidad de fe, se está amputando del cuerpo. Y un miembro amputado no sobrevive. La iglesia local no es opcional. Los grupos pequeños no son opcionales. La vida compartida en Cristo no es opcional. Y si hay impedimentos hoy para poder ser más regular, o para unirte a un ECO o para venir al servicio de los miércoles, ora al Señor y pide oración por ese propósito, que el Señor organice las cosas y tú puedas ser obediente, porque también el Señor presentará la oportunidad, pero quizás no te vaya a teletransportar hasta donde debes estar.
5. La urgencia de la venida del Señor debe transformar nuestra manera de vivir hoy. «El día se acerca.» Cada día es un día menos. Mis amados hermanos, nosotros no sabemos cuántos domingos nos quedan. No sabemos cuántas oportunidades más tendremos de exhortar a un hermano, de reunirnos para adorar, de confesar nuestra esperanza. Vivamos como personas que saben que el tiempo es corto y el Rey está cerca.
Esta palabra nos habla de una esperanza que no nos defraudará, si has escuchado esta palabra y aún no has confiado en Cristo, aún estás muerto en tus delitos y pecados, y sujeto a condenación. Pero si hoy te arrepientes de tus pecados, y los confiesas delante del Señor y le clamas por vida eterna, Él te la dará y con ella la esperanza de vida eterna. Ven a tu Señor y Salvador.
Y si tú eres hijo de Dios. Recuerda, tenemos un acceso que los santos del antiguo pacto solo soñaron. Tenemos una sangre que limpia toda conciencia. Tenemos un camino que está vivo porque nuestro Salvador vive. Tenemos un gran sacerdote que nunca deja de interceder. ¿Qué haremos con todo esto?
Acerquémonos. Mantengamos firme. Considerémonos unos a otros. Y hagámoslo con urgencia creciente, porque el día se acerca.
Hemos visto que Cristo nos da acceso al Padre y debemos vivir confiadamente en Él, en santidad y unidad.
Amén.



