Hace dos días te pedí guardar la imagen de Saúl en su mejor momento, el rey lleno del Espíritu que rehusó vengarse porque el Señor había dado la victoria. Hoy esa imagen empieza a resquebrajarse, y fíjate dónde ocurre la primera grieta. La caída de Saúl arranca en una sala de espera, con un hombre mirando el horizonte por donde no llega el profeta, mientras su ejército se le escurre entre los dedos. Los grandes derrumbes espirituales casi nunca empiezan con un escándalo. Empiezan con una desobediencia que parece prudencia.
Entendiendo el pasaje
El capítulo se mueve en cuatro tiempos. Primero la chispa, Jonatán ataca una guarnición filistea y despierta al gigante, pues Filistea moviliza un ejército con miles de carros que acampa en Micmas. Segundo, la prueba de Gilgal. Desde el día de su unción, Saúl tenía una instrucción pendiente, esperar siete días en Gilgal hasta que Samuel viniera a ofrecer los sacrificios e indicarle qué hacer. Saúl espera, y cada día que pasa las tropas desertan en silencio, hasta que al amanecer del séptimo día, con el enemigo cerca y la paciencia rota, ofrece él mismo el holocausto. Cuando termina, Samuel está llegando.
El tercer tiempo es la confrontación. Saúl sale a recibirlo como si nada, y ante la pregunta del profeta responde con un inventario de circunstancias, el pueblo se me iba, tú no llegabas, los filisteos descendían, y remata con la frase que lo retrata entero, «me vi forzado» a ofrecer el holocausto. Samuel no discute las circunstancias. Nombra la raíz, «has obrado neciamente; no has guardado el mandamiento que el Señor tu Dios te ordenó», y pronuncia la sentencia del versículo ancla, este reino no tendrá dinastía, y Dios ya anda buscando un hombre conforme a Su corazón. El cuarto tiempo es el saldo, seiscientos hombres, ni un herrero en todo Israel porque los filisteos monopolizaban el hierro, y un reino que sigue en pie pero ya bajo sombra.
Tres verdades bíblicas
1. La obediencia se prueba cuando las circunstancias la desaconsejan
Mientras el ejército estuvo completo y el enemigo lejos, esperar fue fácil. La prueba llegó cuando cada circunstancia visible cambió, un enemigo creciendo, un ejército encogiéndose, un reloj detenido. Obedecer mientras conviene demuestra poco. Saúl cedió el mismo día en que Samuel llegaba. Cuántas obediencias se sueltan justo antes de que Dios aparezca, la pureza que se rinde a meses de la boda, la integridad que se vende a un paso de la salida honrada, la espera que se abandona en la última vigilia. Si Dios te tiene esperando algo, el momento de mayor presión suele ser la señal de que la respuesta viene en camino.
2. «Me vi forzado», el idioma de la excusa
Escucha bien la defensa de Saúl. Culpa a las tropas que desertaban, al profeta que tardaba, a los filisteos que avanzaban. En todo su discurso no hay una sílaba de arrepentimiento, ni un «pequé», solo un hombre convencido de que las circunstancias lo obligaron. Esa incapacidad de cargar con la propia falta es el primer síntoma de un corazón descalificado, y va a perseguir a Saúl el resto del libro. Revisa tu propio idioma delante de Dios. Cada vez que un «es que» abre tu confesión, es que tú estabas forzado, es que el otro provocó, es que la situación no daba, estás hablando el dialecto de Saúl. El pecado confesado tiene remedio. El pecado explicado se convierte en justificación. Si hay pecado en tu vida todo lo que tienes que hacer es arrepentirte, deja de preocuparte por dar explicaciones y mas bien busca la misericordia del Señor.
3. Dios busca corazones conforme al Suyo
La sentencia trae escondido el criterio que gobernará el resto del libro. Al pueblo que eligió rey por estatura, Dios le anuncia que Él busca por corazón. Y aclaremos qué significa, porque el hombre que viene también pecará, y gravemente. Conforme a Su corazón no describe a alguien sin pecado, sino a alguien que confiesa en lugar de excusarse, que espera en lugar de arrebatar, y que valora el mandato de Dios por encima del resultado de la batalla. Esa es la diferencia que este bloque nos está enseñando a mirar. Deja de medir tu vida espiritual por resultados visibles y pregúntate qué hace tu corazón cuando falla, se explica o se rinde.
La necedad rara vez parece necedad en el momento; casi siempre parece urgencia.
Padre, Tú conoces nuestras salas de espera, los lugares donde tu reloj y el nuestro no coinciden. Danos obediencia que resista la presión de la última hora, y guárdanos de soltar tu mandato justo antes de que llegues. Arranca de nuestra boca el idioma de la excusa y enséñanos el camino del corazón conforme al tuyo, que confiesa, espera y valora tu palabra más que el resultado. En el nombre de Cristo, amén.
