Primero de Samuel es un libro de retratos. El autor se ha esforzado por mostrarnos las virtudes y los defectos de sus personajes con una honestidad que pocas biografías se permiten. Y entre todos esos retratos hay uno que sobresale sin buscar cámara, Jonatán, el hijo de Saúl. Es como esos personajes secundarios de las películas que terminan siendo tan influyentes que uno no tendría problema en reconocerlos como protagonistas. Lo hemos visto valiente en Micmas, sensato ante el juramento necio de su padre, leal en el pacto con su amigo. Hoy lo veremos como pacificador, dueño de un carácter y una integridad únicos. El capítulo sigue siendo la historia entre Saúl y David, pero este devocional se lo dedicamos al buen Jonatán. Con él cerramos además la tercera parte de nuestra serie, El Rey Escogido, porque a partir de mañana David vivirá en el desierto.
Entendiendo el pasaje
David llega huyendo de Ramá hasta Jonatán con una pregunta desesperada, ¿qué he hecho yo para que tu padre busque mi vida? A Jonatán le cuesta creer que su padre haya roto el juramento, pero escucha, acepta el relato de su amigo y lo persuade de no descartar todavía la reconciliación. Reafirman el pacto de lealtad, y Jonatán añade una petición conmovedora, que cuando el Señor le dé la victoria a David, tenga misericordia con su descendencia para siempre, una semilla que David honrará años después con el hijo de Jonatán. Acuerdan la prueba de la luna nueva, si Saúl acepta con calma la ausencia de David en la fiesta, hay esperanza, y las flechas del campo llevarán el mensaje en clave.
La fiesta despeja toda duda. Al segundo día del asiento vacío, Saúl explota, y su furia cae sobre su propio hijo con un insulto que avergüenza a la mesa entera, mientras Jonatán mantiene la compostura. El rey le grita la verdad que lo carcome, mientras el hijo de Isaí viva, «ni tú ni tu reino serán establecidos» (20:31), y al ver que Jonatán defiende al amigo, le arroja la lanza que tantas veces apuntó a David. Jonatán se levanta de la mesa ardiendo en ira, y el narrador anota el detalle que lo retrata entero, se dolía por la vergüenza que su padre le había causado a David. Ni una palabra de su propio insulto. A la mañana siguiente, las flechas dan la señal convenida, y los dos amigos se despiden en el campo, se besan y lloran juntos, «y David lloró más» (20:41). Jonatán lo despide con la bendición del pacto, vete en paz. Volverán a verse una vez más, en el desierto, pero la vida de David en la corte terminó este día.
Tres verdades bíblicas
1. Al pacificador le duele el conflicto
Jonatán estaba exactamente en el medio. De un lado su padre y su casa, del otro su mejor amigo, y ningún lugar cómodo donde pararse. Lo que lo distingue es que la paz le importaba tanto que se movió, salió a buscar a David, escuchó su versión completa, tramó un plan arriesgado y puso su palabra de por medio. La paz nunca la fabrica el indiferente. Los conflictos de tu familia y de tu iglesia no se resuelven solos, están esperando a alguien a quien le duelan lo suficiente para levantarse de la comodidad y meterse en el medio. Pregúntate si hay algún conflicto cerca de ti que esté esperando precisamente eso.
2. La paz cuesta cara al que la fabrica
Haz el inventario de lo que Jonatán absorbió en este solo capítulo. La desconfianza inicial de su amigo, que llegó a insinuar traición. El insulto público de su padre delante de los comandantes. Una lanza dirigida a su propia vida. Y la certeza, dicha en voz alta por Saúl, de que estaba protegiendo al hombre que ocuparía su trono. Todo eso lo cargó sin perder la compostura, y cuando por fin ardió su enojo, ardió por la injusticia contra el otro. Jesús diría siglos después, bienaventurados los que procuran la paz. Bienaventurados, y castigados a veces por ambos bandos, porque la paz verdadera siempre la paga alguien. Si quieres ser pacificador, prepárate para absorber golpes que no provocaste sin convertirte en bando.
3. Jonatán evoca al Pacificador mayor
Seamos precisos, Jonatán no es un tipo de Cristo ni el texto lo presenta apuntando a él. Pero su carácter lo evoca de una manera difícil de ignorar. El heredero legítimo que no se aferró a su derecho al trono, sino que tomó voluntariamente el lugar del siervo. El que se puso entre la ira de un rey y su amigo, dispuesto a recibir la lanza por reconciliar. Ese perfil tiene nombre completo en el evangelio, el Hijo que hizo la paz entregando su propia vida por los que amaba. Por eso Jesús dijo que los pacificadores serán llamados hijos de Dios, porque cuando alguien paga de su bolsillo la paz de otros, se parece al Hijo.
Reflexión y oración
La paz siempre la fabrica alguien a quien el conflicto le duele.
Señor, danos el corazón de Jonatán, que amaba a los dos lados de su conflicto y pagó de lo suyo para buscar la paz. Enséñanos a movernos hacia los pleitos que nos duelen en lugar de rodearlos, y a absorber golpes sin volvernos bando. Gracias por el Pacificador mayor, tu Hijo, que hizo la paz entregando su vida por nosotros. Haznos parecidos a Él. En su nombre, amén.
