Por amor a otro

«¿Hay todavía alguien que haya quedado de la casa de Saúl, a quien yo pueda mostrar bondad por amor a Jonatán?» (2 Samuel 9:1, NBLA).

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Hoy cerramos el bloque de la casa prometida con dos capítulos que podemos leer como como una pregunta y su respuesta. El capítulo 8 nos muestra a David en la cima absoluta de su poder, y el capítulo 9 nos muestra qué hace un hombre conforme al corazón de Dios cuando ya lo tiene todo. Con los enemigos sometidos y el tesoro lleno, la primera pregunta que el narrador le registra al rey no es sobre territorios ni tributos. Es una pregunta sobre bondad.

Entendiendo el pasaje

El capítulo 8 es el resumen de las victorias, filisteos, moabitas, arameos, edomitas, en todas las direcciones del mapa. El narrador lo ordena con un estribillo que aparece dos veces para que nadie se confunda de héroe, «el Señor daba la victoria a David por dondequiera que iba». La promesa del capítulo 7 ya está trabajando. Y el cierre dice en qué invirtió David tanto poder, reinaba practicando el derecho y la justicia con todo su pueblo. El capítulo 9 baja de la estadística a una sola persona. En el mundo antiguo, un rey consolidado cazaba a los sobrevivientes de la dinastía anterior, porque un nieto del rey caído era una bandera de rebelión esperando asta. David pregunta lo contrario, si queda alguien de la casa de Saúl para mostrarle bondad. La palabra es jesed, amor leal de pacto, la misma palabra con la que el Antiguo Testamento describe el amor de Dios por su pueblo. Y aparece el nombre que guardamos hace tres días. Mefiboset, el hijo de Jonatán, cojo de los dos pies, escondido en Lodebar.

Tres verdades bíblicas

1. Lo que Dios te da en victoria se administra en justicia

El estribillo del capítulo 8 le quita a David la autoría de sus triunfos, y el versículo final revela en qué los convirtió, derecho y justicia para todo su pueblo. Ese es el circuito completo de la bendición. Dios da, y lo dado se administra para el bien de otros. Mira tu propia lista de victorias, el trabajo que tienes, la salud que te sostiene, la familia que Dios te dio. Si las mereces ya está respondido, sabemos que no. La pregunta es qué está recibiendo la gente que vive alrededor de tus victorias. Un éxito que solo te mejora la vida a ti todavía no ha sido administrado, solo acumulado.

2. El amor de pacto no se olvida cuando cambias de posición

La promesa que David honra en el capítulo 9 tenía unos veinte años. Se la hizo a Jonatán cuando era un fugitivo que no podía garantizar ni su propia vida, y la cumple siendo el hombre más poderoso de la región, cuando ya nadie se la podía cobrar. Eso es jesed, un amor que no depende de que el otro esté vivo para reclamarlo. Piensa en las promesas que hiciste en tu escasez. Quiero que peienses en una amistad que te sostuvo en los años difíciles, la iglesia pequeña donde te formaste, el compromiso que hiciste cuando no tenías nada. La prosperidad tiene una manera silenciosa de archivar esas deudas de amor. El pacto se honra precisamente cuando ya no te conviene recordarlo.

3. La historia de Mefiboset es una historia de gracia

Según las reglas de la guerra de aquel mundo, Mefiboset tenía un solo destino. Un nieto del rey caído moría para que el trono nuevo durmiera tranquilo. Él lo sabía, por eso vivía escondido en Lodebar y por eso llega temblando y se llama a sí mismo perro muerto. Y el rey que tenía todo el derecho de ejecutarlo lo había buscado primero. Le dio la vida, le dio herencia y le dio un lugar permanente en su mesa, «como uno de los hijos del rey», todo por causa de un pacto hecho con otro. Mefiboset no es un tipo de Cristo, ni David lo es, pero la escena evoca el evangelio con una claridad que no hay que forzar. Esa es tu historia y la mía. Éramos de la casa enemiga, la sentencia sobre nosotros era justa, y Dios nos buscó cuando estábamos escondidos. Por amor a su Hijo nos dio lo que jamás habríamos ganado, ser hijos sentados a su mesa. Fíjate que aquí no hay promesa de que Dios te devuelva tierras ni posición. Hay algo mayor. Éramos pecadores condenados y ahora somos hijos de Dios. Esa es la retribución más grande que existe, y ya es tuya en Cristo.

La gracia no te devuelve lo que perdiste, te da lo que nunca fue tuyo, un lugar de hijo en la mesa de Dios.

Señor, gracias porque nos buscaste cuando estábamos escondidos, porque la sentencia era justa y tú pusiste mesa en lugar de tribunal. Gracias porque comemos pan continuamente delante de ti por amor a Otro, por amor a Jesús. Enséñanos a administrar en justicia lo que nos diste en victoria, y a honrar en la abundancia las promesas que hicimos en la escasez. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

2 Samuel 8-9, 2 Corintios 2, Ezequiel 16, Salmos 58-59

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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