Cuatrocientos ochenta años despues

«Habitaré en medio de los hijos de Israel, y no abandonaré a Mi pueblo Israel» (1 Reyes 6:13, NBLA)

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Este capítulo abre con una fecha, y esa fecha nos obliga a detenernos, 480 años después que el pueblo de Israel salió de Egipto, en es año Salomón comenzó a edificar la casa del Señor.. Piensa en todo lo que cabe en ese número. El mar abierto, el Sinaí, el tabernáculo armado y desarmado en el desierto, los sacrificios de Levítico, los cuarenta años de Números, la conquista, el ciclo oscuro de los jueces, Samuel, Saúl y las guerras de David. Desde Éxodo no veíamos al pueblo construir algo para Dios. Ahora ya no anda errante ni en guerra. Tiene paz, y con esa paz edifica. Hoy abrimos el segundo tramo del libro, la casa de Dios, que va del capítulo 6 al 10.

Entendiendo el pasaje

El lugar ya lo conocemos. La casa se levanta sobre el monte donde David compró la era de Arauna para detener la plaga. El terreno ya estaba pagado. Las piedras llegaban labradas desde la cantera, de modo que en la obra no se oyó martillo ni hacha ni herramienta de hierro (6:7). El autor nos lleva de afuera hacia adentro, de la piedra al cedro y del cedro al oro, hasta el Lugar Santísimo, el cuarto cubierto de oro donde reposaría el arca.

En medio de la descripción pasa algo curioso. Dios interrumpe el relato con una palabra para Salomón (6:11-13), y después la descripción sigue como si nada. El autor puso la palabra de Dios literalmente en el centro de la obra. El capítulo cierra diciendo que la casa se terminó en siete años, con todos sus detalles (6:38).

Tres verdades bíblicas

1. Dios cumple en Su tiempo, no en el nuestro

Ninguno de los que cruzó el mar vio esta casa. Moisés murió mirando la tierra desde lejos, y la generación que salió de Egipto quedó en el desierto. Pero la promesa no se perdió en el camino. Cuatrocientos ochenta años después, los descendientes de aquellos esclavos ven levantarse la casa del Señor en un monte de la tierra prometida. Dios trabaja en plazos más largos que una vida, y eso nos libra de medir Su fidelidad con nuestro calendario. Hay padres que oran por hijos que todavía no se rinden a Cristo, y hermanos que sirven años en una iglesia pequeña sin ver mucho fruto. Este capítulo les recuerda que Dios no se olvida de lo que empezó. Lo que Él prometió llega a Su hora, y muchas veces llega para los que vienen después de nosotros.

2. Dios siempre ha querido habitar con Su pueblo

Para entender este templo hay que volver al principio. El Edén fue la primera casa. Dios caminaba en el huerto, y cuando el hombre fue expulsado, unos querubines quedaron guardando la entrada (Génesis 3:24). Ahora mira las paredes del templo. Salomón talló querubines, palmeras y flores abiertas, y lo cubrió todo de oro (6:29). El templo evoca el jardín perdido, el lugar donde Dios y el hombre vuelven a encontrarse. Entre el huerto y el templo estuvo el tabernáculo, la casa del camino, porque Dios le dijo a Moisés «que me hagan un santuario, para que Yo habite entre ellos» (Éxodo 25:8). El huerto y la tienda contaban ya la historia que el templo cuenta ahora. El Dios santo quiere vivir con Su pueblo. Y este templo, con todo su oro, tampoco es la casa final. La Biblia termina con una voz que anuncia que el tabernáculo de Dios está entre los hombres y que Él habitará con ellos para siempre (Apocalipsis 21:3). Antes de pensar en lo que nos toca hacer, conviene quedarse un rato en el asombro de esa verdad. Salomón mismo va a hacer la pregunta en el capítulo 8, si Dios va a habitar de verdad en la tierra, y mas adelante veremos cómo la responde el evangelio.

3. La presencia de Dios va unida a Su palabra obedecida

Fíjate en lo que Dios le dice a Salomón en plena obra. No comenta el cedro ni el oro. «En cuanto a esta casa que estás edificando, si andas en Mis estatutos… habitaré en medio de los hijos de Israel» (6:12-13). La casa más hermosa del mundo antiguo no garantizaba nada sin un pueblo que obedeciera. Lo mismo pasa con nosotros. Una iglesia puede invertir en el edificio y en los eventos mientras descuida la obediencia sencilla de cada semana, el perdón pendiente o la Palabra leída en casa. Ezequiel, en la lectura de hoy, trae la esperanza que necesitamos. Dios promete un corazón nuevo y dice «pondré dentro de ustedes Mi Espíritu y haré que anden en Mis estatutos» (Ezequiel 36:27). Es la misma frase que Dios le dijo a Salomón. Lo que Dios pide en el capítulo 6, Él mismo promete producirlo en los suyos.

El Dios que caminó en el huerto sigue buscando habitar con Su pueblo.

Señor, gracias porque cumples a Tu hora lo que prometes, aunque pasen generaciones. Nos asombra que el Dios santo quiera habitar con un pueblo como el nuestro. Perdónanos cuando nos ocupamos más de los muros que de Tu palabra. Danos el corazón nuevo que prometiste y pon Tu Espíritu en nosotros para que andemos en Tus caminos. Y mientras esperamos la casa final, gracias porque en Cristo ya tenemos entrada a Tu presencia. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

1 Reyes 6, Efesios 3, Ezequiel 36, Salmos 86

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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