Consagrados para ser bendecidos

«Así invocarán Mi nombre sobre los hijos de Israel, y Yo los bendeciré» (Números 6:27, NBLA)

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A primera vista, este capítulo parece tener dos temas que no encajan entre sí. La primera mitad presenta la ley del nazareo, una consagración voluntaria con reglas exigentes. La segunda mitad cierra con la bendición sacerdotal, una de las páginas más amadas de toda la Escritura. Dos asuntos muy distintos en un mismo capítulo. Pero cuando uno se acerca con calma, descubre que están unidos por un hilo claro. Y ese hilo dice algo grande sobre cómo Dios trata a los suyos.

Entendiendo el pasaje

La primera parte del capítulo presenta la ley del nazareo. Un hombre o una mujer podía hacer un voto especial de consagración a Dios por un tiempo determinado. Durante ese período, el nazareo se apartaba de tres cosas. Nada de la vid en ninguna forma, ni vino ni vinagre ni uvas ni pasas. Nada de cortarse el cabello, que crecería como señal visible de su consagración. Y nada de contacto con la muerte, ni siquiera para enterrar a un familiar cercano. El nivel de exigencia era tal que igualaba al sumo sacerdote en santidad. Sansón, Samuel y Juan el Bautista fueron nazareos de por vida, pero la mayoría lo eran por temporadas.

La segunda parte del capítulo, sin transición evidente, da la bendición que Aarón y sus hijos debían pronunciar sobre el pueblo. «El Señor te bendiga y te guarde. El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. El Señor alce sobre ti su rostro y te dé paz». Y termina con la frase que articula todo el capítulo. «Así invocarán Mi nombre sobre los hijos de Israel, y Yo los bendeciré».

¿Por qué aparecen juntas la consagración del nazareo y la bendición sacerdotal? Porque van juntas. Solo un pueblo santo goza de las bendiciones de Dios. La consagración antecede a la bendición.

Tres verdades bíblicas

  1. Consagrarse a Dios cuesta cosas buenas. El nazareo no se apartaba del pecado, eso ya se le exigía a todo Israel. Se apartaba de cosas legítimas. La copa de vino en la mesa, el cuidado normal de la apariencia, hasta el deber de despedir a un padre muerto. Eso es lo que cuesta una consagración, decir «no» a cosas que en sí mismas no son malas para decirle «sí» a algo más grande. Hoy queremos un cristianismo gratis. Pero el seguimiento de Cristo siempre toca lo que más amamos. Tu tiempo, tu dinero, tus afectos, tus planes. Si tu fe nunca te ha costado nada bueno, tal vez todavía no has empezado a consagrarte.
  2. Toda consagración del Antiguo Testamento apunta al Consagrado perfecto. Sansón cayó. Samuel envejeció y sus hijos se corrompieron. Juan el Bautista murió decapitado por un rey adúltero. Todos fueron sombras del Consagrado verdadero. Cristo lo fue. Hebreos lo dice así, él es santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores. Lo que el nazareo intentaba ser por un tiempo, Cristo lo fue para siempre, y lo fue por nosotros. Por eso, hermano, tu santidad descansa en la entrega de Cristo. Cuando fallas, su consagración perfecta sigue cubriéndote.
  3. La bendición de Dios es un decreto. Mira con atención. Aarón y sus hijos declaran. Dicen «el Señor te bendiga». Es una proclamación con autoridad. Y en hebreo la bendición crece línea por línea. La primera tiene tres palabras, la segunda cinco, la tercera siete. La forma misma del texto comunica que Dios multiplica sus dones. Y al final, el versículo 27 cierra con esto, los sacerdotes ponen el nombre de Dios sobre el pueblo. En el mundo antiguo, poner el nombre sobre algo significaba marcarlo como propiedad. Dios pone su nombre sobre los suyos y dice, son míos, los voy a bendecir. Hermano que me escuchas, en un mundo que busca bendición en marcas, éxitos y aprobaciones humanas, recuerda que la única bendición que pesa para siempre viene del Señor. Y en Cristo, todo lo que esta bendición prometía a Israel se cumple sobre ti. En él Dios te guarda. En él el rostro de Dios resplandece sobre ti. En él tienes paz con Dios.

Reflexión y oración

Sin consagración no hay bendición auténtica, y sin Cristo no hay consagración aceptable.

Señor, tú nos has llamado a apartarnos para ti, y tú mismo nos has dado en Cristo al Consagrado perfecto que cumple por nosotros lo que nosotros no podemos cumplir. Bendícenos hoy y guárdanos. Haz resplandecer tu rostro sobre nosotros y ten de nosotros misericordia. Alza sobre nosotros tu rostro y danos paz. Pon tu nombre sobre nuestras vidas, porque somos tuyos. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Números 6, Salmos 40-41, Cantares 4, Hebreos 4

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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