Un campamento donde reina la fidelidad
A primera vista, el capítulo 5 de Números trata tres temas que parecen no tener relación. El primero habla de los leprosos, los que tienen flujo y los que tocaron un cadáver. El segundo habla de quien le hace trampa a su prójimo. El tercero habla de un esposo celoso que sospecha de su esposa. Tres situaciones distintas, en tres ámbitos distintos. Pero las tres están conectadas por una sola razón. Y esa razón aparece justo al comienzo, en el versículo que acabamos de leer. «Donde Yo habito en medio de ellos».
Entendiendo el pasaje
Israel está organizado, contado, ordenado en su campamento. Y ahora Dios da una serie de instrucciones que parecen abarcar mundos diferentes pero apuntan al mismo blanco. La pureza del campamento donde él habita.
Primero, la pureza física. Hay personas que por enfermedad o por contacto con la muerte tienen que estar fuera del campamento por un tiempo. La medida es protección, no castigo. La presencia de Dios convive con un pueblo, y ese pueblo no puede contaminar el espacio donde Dios habita. Wenham y otros notan que el Nuevo Testamento mantiene firme el principio moral, pero suprime las distinciones físicas. Cristo tocó al leproso, fue tocado por la mujer del flujo, levantó al muerto. En él esas distinciones físicas ya no separan a nadie de Dios.
Segundo, la pureza ética. Cuando alguien le hace trampa al prójimo, el texto dice algo asombroso. Dice que esa persona «actúa pérfidamente contra el Señor». Defraudar al hermano es traición a Dios. Y el remedio que Dios pone tiene tres pasos. Confesar, restituir todo lo defraudado, y añadir una quinta parte. Confesión sin restitución no alcanza.
Tercero, la pureza conyugal. La sección más larga del capítulo es la conocida como la ley de los celos. Cuando un esposo sospecha de adulterio en su esposa pero no tiene testigos, se llevaba el caso al sacerdote para un ritual delante de Dios. Es un texto culturalmente difícil para nosotros, pero hay que ubicarlo bien. En el mundo antiguo se usaban las ordalías, rituales crueles donde la persona acusada metía la mano en agua hirviendo o sostenía un hierro candente. Esto que vemos aquí no se parece. Es seguro, es justo, postergaba el resultado para dar tiempo al arrepentimiento, y sacaba el conflicto del hogar para llevarlo delante del sacerdote. Y el mensaje detrás es claro. El matrimonio le importa a Dios.
Tres verdades bíblicas
- La presencia de Dios exige un campamento limpio. «Donde Yo habito en medio de ellos». Esa frase articula todo el capítulo. Dios no habita donde sea ni cómo sea. Donde él pone su presencia, hay un estándar. Y ese estándar abarca desde lo más básico hasta lo más íntimo. La salud del campamento, las relaciones con el prójimo, la cama matrimonial. Hermano que me escuchas, si has sido sellado con el Espíritu Santo, tu vida es ahora un campamento donde Dios habita. Tu cuerpo es templo, dice Pablo. Y eso significa que tienes que mirar con honestidad qué estás dejando dentro del campamento que va a contaminar todo lo demás. Hay cosas que parecen privadas, que parecen pequeñas, que parecen que no afectan a nadie. Pero si Dios habita ahí, sí afectan. Pregúntate hoy con honestidad. ¿Hay algo en mi vida que no debería estar en el campamento donde Dios habita?
- La fidelidad al prójimo no se arregla solo con palabras. Aquí está el reto más fuerte de la sección moral del capítulo. Cuando le hago daño al hermano, la confesión privada ante Dios queda corta. El texto exige restitución, y exige más de lo que tomé. La quinta parte adicional. Esto desafía un cristianismo barato que se contenta con confesar en oración mientras el daño al hermano queda intacto. Si me debes algo, devuélvemelo. Si engañé a alguien, repararé lo que pueda. El evangelio me llama a la restitución, me da fuerzas para hacerla. Cristo pagó por mis pecados delante de Dios, y esa gracia es la que me motiva a ir, devolver y pedir perdón con la cara en alto al hermano que dañé. Si hay deudas pendientes en tu vida, deudas con personas concretas, este capítulo te llama a hacer algo más que rezar.
- La pureza del matrimonio le importa al Dios del pacto. Detrás de un ritual antiguo y culturalmente lejano hay una verdad que sigue intacta. El matrimonio es un pacto delante de Dios. La infidelidad conyugal es asunto del Dios del pacto. Y este punto duele decirlo en el aire que respiramos hoy. Vivimos en un mundo al que le importa muy poco la lealtad. Los compromisos se firman para romperse. Los matrimonios se ven como provisionales hasta que aparezca alguien mejor. La fidelidad parece un valor anticuado. Pero el Dios que habita en medio de su pueblo es un Dios fiel. Y cuando el pueblo de Dios falla en la fidelidad conyugal, falla en reflejar a su Dios. Ezequiel y Oseas comparan a Israel con una esposa infiel, y a Dios con el esposo traicionado que sigue amando. En Cristo tenemos al esposo definitivo, fiel hasta la muerte, que jamás abandonará a la esposa que él compró con su sangre. Por eso la pureza matrimonial importa tanto. Cada matrimonio cristiano es un pequeño retrato del pacto entre Cristo y su iglesia.
Reflexión y oración
Donde Dios habita, no hay rincones neutrales. Todo lo que somos le pertenece al Señor y debe ser guardado santo para Él. Recuerda, ningún área de nuestra vida le es oculta.
Señor santo, gracias porque eres un Dios fiel y porque has hecho de nosotros tu campamento, tu templo, tu morada. Limpia lo que tengamos que limpiar. Danos valor para reparar el daño que hayamos hecho al prójimo y no contentarnos con la confesión cómoda. Y guarda nuestros matrimonios, Señor. En un mundo donde la lealtad parece de otra época, ayúdanos a reflejar a un Dios que jamás rompe sus promesas. Por Cristo, el esposo fiel de la iglesia, amén.
