Cuarenta años, y nada te faltó

«Porque el Señor tu Dios te ha bendecido en toda la obra de tu mano; Él ha conocido tu peregrinar por este gran desierto. Estos cuarenta años el Señor tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado» (Deuteronomio 2:7, NBLA)

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Hay temporadas de la vida que solo se entienden cuando ya pasaron. Mientras estás dentro, parecen un castigo o un abandono, una espera sin sentido en la que el tiempo se gasta y nada cambia. Pero un día te das vuelta a mirar el camino y descubres que algo te sostuvo cada mañana, y que aquello que llamabas desierto en verdad estaba siendo cuidado. Eso es lo que Moisés hace en este capítulo. Le habla a una generación que viene de treinta y ocho años de dar vueltas, y antes de mandarlos a pelear quiere que entiendan algo. Que nada les faltó.

Entendiendo el pasaje

Estamos todavía en el primer sermón de Moisés, en su repaso del camino. Después del fracaso de Cades-barnea, que vimos ayer, Israel pasó treinta y ocho años caminando en círculos por el desierto hasta que se acabó la generación rebelde. El capítulo dos cuenta ese tramo desde el final, mirando atrás. Y el primer detalle que sorprende es el tono. Israel ya no se rebela. Es un pueblo obediente que recibe instrucciones precisas y las cumple. Dios les marca el mapa con cuidado y les dice por dónde pueden pasar y por dónde no, contra quién pelear y a quién dejar en paz.

Y aquí aparece algo que conviene ver con atención. Dios prohíbe que Israel ataque a Edom, a Moab y a Amón. Son tres pueblos parientes, descendientes de Esaú y de Lot, y Dios mismo les había dado esa tierra como herencia. La narrativa lo dice con todas las letras, que esa tierra ya tiene dueño porque el Señor la repartió. Aquí asoma algo grande. El Dios de Israel es también el Dios de Edom, de Moab y de Amón, aunque ellos no lo sepan. Su soberanía no se detiene en las fronteras de su pueblo. Y luego viene el giro del capítulo. Cuando Israel llega al territorio de Sehón el amorreo, Dios sí da la orden de pelear. Moisés envía una propuesta de paz y Sehón endurece su corazón, como aquel faraón de Egipto. Y por esa obstinación, la primera ciudad de la tierra prometida cae en manos de Israel. La espera terminó porque la generación rebelde se acabó, y porque la palabra del Señor finalmente dijo «avanza».

Tres verdades bíblicas

1. La espera de Dios nunca es desperdicio para los que Él sostiene.

Detente un momento en lo que dice Moisés en este versículo, porque es de las frases más hermosas del libro. Treinta y ocho años en el desierto, una generación entera muriendo en el camino, sandalias gastándose y comida del cielo cada mañana, y Moisés mira hacia atrás y resume todo con cuatro palabras, nada te ha faltado. La espera fue dura, pero no fue abandono. Tú que hoy llevas tu propia temporada larga, que sientes que Dios te tiene dando vueltas sin avanzar, escucha bien. La fidelidad de Dios muchas veces no se ve en el rescate que esperas, se ve en el sostén diario que recibes sin notarlo. Cuando un día mires atrás, vas a descubrir que el desierto tenía huellas de la mano de Dios por todas partes.

2. Hay batallas que Dios te prohíbe pelear, aunque tengas razón.

Edom le había cerrado el paso a Israel cuando le pidieron permiso de cruzar. Moab había contratado a Balaam para maldecirlos. Amón guardaba un viejo rencor familiar. Israel tenía motivos legítimos para confrontar a los tres, y aun así Dios dice claramente, no peleen, esa tierra no es de ustedes, esos pueblos también son obra mía. Y ojo que esto es importante, hermano. La obediencia a Dios incluye saber qué batallas no son tuyas. Hay conflictos donde tu razón es genuina, el otro está equivocado, tú podrías ganar, y aun así Dios te pide pasar de largo. Porque no toda tierra que puedes conquistar te corresponde, y porque la soberanía de Dios alcanza también a los que parecen estar en tu contra. A veces el acto de fe más difícil es soltar una pelea que merecías ganar.

3. El Dios que te detuvo es el mismo que te dice «avanza» cuando llega el día.

Fíjate cómo se mueve este capítulo. Primero el largo silencio de la espera, treinta y ocho años donde Dios casi no habla, donde el pueblo simplemente camina y espera. Y de repente la palabra precisa que rompe el silencio, «se acabó la generación, ahora pasen, ahora peleen, ahora tomen posesión». Esa misma estructura recorre la historia de la redención. El pueblo de Dios espera generaciones, los profetas anuncian, llegan los siglos del silencio entre Malaquías y el Nuevo Testamento, y entonces, cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo. El Dios que detiene es el mismo que envía. Y la primera gran palabra del Hijo enviado fue precisamente esa, sígueme, el reino se ha acercado. Cristo es la palabra que rompió el largo silencio de Dios, y por Él la espera de su pueblo nunca termina en abandono, siempre termina en cumplimiento.

Reflexión y oración

La fidelidad de Dios se mide en el día a día del desierto, no solo en el día en que la promesa se cumple.

Padre, gracias porque has conocido nuestro peregrinar en cada desierto que nos ha tocado cruzar. Gracias porque aun cuando sentimos que el tiempo se gastaba sin avanzar, tu mano nos sostuvo, y nada nos faltó. Danos hoy la humildad de obedecerte cuando nos dices que esperemos, la sabiduría de soltar batallas que no nos corresponde pelear, y el valor de avanzar cuando tu voz nos llame. Te damos gracias por Cristo, la palabra que rompió el silencio largo, y que sigue diciéndonos hoy sígueme. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 2, Salmos 83-84, Isaías 30, Judas

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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