Dame esa montaña

«Dame, pues, ahora este monte del cual habló el Señor aquel día… quizá el Señor esté conmigo y los expulsaré, como el Señor ha dicho» (Josué 14:12, NBLA)

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Estamos en pleno reparto de la tierra, y estos capítulos son sobre todo listas de fronteras, límites de tribus y nombres de ciudades. Pero en medio de esa geografía, de pronto aparece un hombre y el relato se detiene para contarnos su petición. Se llama Caleb, tiene ochenta y cinco años, y viene a cobrar una promesa que llevaba cuarenta y cinco esperando. Lo que pide sorprende, y lo que su vida entera representa, todavía más.

Entendiendo el pasaje

Caleb no era israelita de nacimiento, venía de fuera, pero se unió al pueblo de Dios y le entregó la vida. Fue uno de los doce espías que Moisés envió a reconocer la tierra (Números 13). Cuando diez volvieron aterrados por los gigantes y contagiaron su miedo a todo el pueblo, solo Caleb y Josué creyeron a Dios y dijeron que sí se podía. Aquella incredulidad le costó a esa generación cuarenta años en el desierto, pero Dios le prometió a Caleb la tierra que sus pies habían pisado. Cuarenta y cinco años después, viene a reclamarla.

Y lo que pide no es un terreno cómodo. Pide Hebrón, la ciudad de Arba, el mayor de los gigantes anaceos, el lugar más difícil y peligroso. «Dame este monte», dice, «quizá el Señor esté conmigo y los expulsaré» (14:12). Y lo consigue. En el capítulo 15 sube, echa a los gigantes y toma Hebrón. Fíjate que Caleb no se cuelga ninguna medalla, todo se lo atribuye a Dios, «el Señor me ha conservado la vida» (14:10), «quizá el Señor esté conmigo».

Tres verdades bíblicas

1. Caleb siguió al Señor de todo corazón

Seis veces la Biblia repite lo mismo de este hombre, que «siguió fielmente al Señor» (14:8-9, 14). No dice que tuvo un buen momento de fe ni una racha pasajera. Dice que su corazón entero, sin dividir, fue del Señor. En una generación que se quejó, dudó y se desvió una y otra vez, Caleb fue el hombre de un solo dueño y una sola dirección.

Es fácil seguir a Dios a medias, con un pie adentro y otro afuera, con el corazón repartido entre él y otras cosas. Caleb nos muestra la otra manera, la del corazón entero. Y no por un día, por toda una vida.

2. Fieles hasta el último día

Esto e slo que más me impacta de Caleb. A los ochenta y cinco años, cuando cualquiera pediría un rincón tranquilo para descansar, él pide una montaña para conquistar. No viene a jubilarse, viene a seguir sirviendo. Caleb es un monumento a una vida entera consagrada a Dios.

Piénsalo, este hombre vio pasar dos generaciones completas. Vivió el desierto, con su hambre, su sed y sus cuarenta años de espera. Y vivió después la conquista, con la mano de Dios abriendo el Jordán y derribando ciudades. Y en las dos etapas fue el mismo. Su fe no se apartó en la adversidad ni se desvió en la provisión. Ni el desierto lo amargó ni la abundancia lo distrajo. Porque la vida cristiana no se mide por lo rápido que corremos de jóvenes, sino por cómo llegamos al final. Hay que cuidar cada etapa y aprender a envejecer bien, para terminar la carrera con la fe intacta. Como diría Pablo al final de su vida, «he peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe» (2 Ti 4:7). Que Dios nos conceda llegar así, todavía firmes, todavía suyos.

3. Lo que Caleb esperó apunta a una herencia mayor

Caleb esperó cuarenta y cinco años por su monte, y al fin lo recibió. Pero, con todo lo hermoso que fue, Hebrón era un pedazo de tierra de este mundo, que un día él también dejaría. Su larga espera de una herencia segura es sombra de algo más grande. El Nuevo Testamento habla de una herencia «que no puede corromperse, ni contaminarse, ni marchitarse», reservada en los cielos para el pueblo de Dios (1 P 1:4).

El que sigue al Señor de todo corazón, como Caleb, tiene guardada una porción que ni el tiempo ni los gigantes le pueden quitar. Y esa herencia, que Caleb apenas alcanzó a ver de lejos en su monte, nosotros la tenemos asegurada en Cristo.

Reflexión y oración

Que Dios nos conceda terminar la carrera como Caleb, firmes y suyos hasta el último día.

Padre, gracias por la vida de Caleb, un hombre que te siguió de todo corazón desde el desierto hasta la vejez. Danos a nosotros un corazón así, entero, sin repartir, fiel en la escasez y fiel en la abundancia. Enséñanos a cuidar cada etapa de la vida y a envejecer contigo, sin apagarnos ni desviarnos. Y cuando lleguemos al final de nuestros años, que podamos decir que terminamos la carrera siendo tuyos, con los ojos puestos en la herencia que nos guardas en Cristo. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Josué 14-15, Salmos 146-147, Jeremías 7, Mateo 21

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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