Lo que Dios cumplió y lo que falta por tomar

«Tú eres ya viejo y avanzado en años, y queda aún mucha tierra por poseer» (Josué 13:1, NBLA)

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Hagamos un alto en el camino, porque hoy cruzamos una frontera dentro del libro. Josué se cuenta en tres tiempos, entrar a la tierra, conquistarla y repartirla. Ya recorrimos los dos primeros. Entramos con el cruce del Jordán y la caída de Jericó, conquistamos a través de Hai, los gabaonitas y las campañas del sur y del norte, hasta que «la tierra descansó de la guerra». Hoy el plan nos deja justo en la bisagra. El capítulo 12 cierra la conquista con una lista de reyes vencidos en forma de recapitulación o sumario de la primera etapa, la de la entrada y la conquista, y el capítulo 13 abre una etapa nueva, el reparto de la herencia. De la guerra pasamos a la casa.

Entendiendo el pasaje

El capítulo 12 es, a primera vista, de los más áridos del libro. Una lista. Dos reyes vencidos al oriente del Jordán en tiempos de Moisés, y treinta y uno al occidente bajo Josué. Nombres y más nombres. Pero detrás de esa lista hay algo enorme. Cada rey derrotado era un pedazo de promesa cumplida. El verdadero blanco de estas guerras no fueron pueblos para exterminar, fueron reyes destronados, porque ahora Israel no tendría más rey que el Señor.

Y entonces empieza el capítulo 13 con Dios diciéndole a Josué, ya anciano, que queda mucha tierra por poseer (13:1). Suena casi a reproche, pero no lo es. Dios no le está echando en cara lo que falta, le está encargando la última tarea, repartir la tierra como herencia entre las tribus, aunque todavía haya que terminar de poseerla (13:6-7). Y hay una tribu que queda fuera del reparto, Leví, porque «el Señor es su heredad» (13:33). A ellos no les tocó un pedazo de tierra, les tocó Dios mismo.

Tres verdades bíblicas

1. La lista de reyes es un monumento a la fidelidad de Dios

Seamos honestos, si abres Josué 12 esperando emoción, te encontrarás con una especie de guía telefónica (para los de aquella época) de reyes derrotados. Es fácil pasar la página de largo. Pero para Israel esa lista era oro puro. Cada nombre le recordaba una batalla que Dios ganó, una promesa que Dios cumplió. Años atrás, parados a la orilla del Jordán, todo aquello era pura promesa, palabras. Ahora era una lista de hechos, con nombre y apellido. Dios había dicho «se la doy», y ahí estaba la prueba, rey por rey.

A veces nos hace falta hacer memoria así, sentarnos a recordar una por una las veces que Dios cumplió lo que había prometido. Porque la memoria corta nos hace dudar del mismo Dios que ayer fue fiel. Cada promesa que él cumplió en el pasado es la garantía de que tampoco va a fallar mañana. Detente y enumera lo que ha hecho Dios a lo largo de este año, ¿ya? Bueno, ahora glorifica a Dios y da gracias.

2. La herencia ya es tuya, aunque quede mucho por tomar

Fíjate en la tensión de la palabra de Dios a Josué. Por un lado, «queda aún mucha tierra por poseer» (13:1). Por otro, la orden de repartirla ya, como herencia (13:7). ¿Cómo se reparte lo que todavía no se tiene del todo? Así funcionan las promesas de Dios. La tierra ya era de Israel por juramento, pero aún había que entrar a caminarla y tomarla. Un pie en lo cumplido y otro en lo que falta.

Eso mismo describe la vida cristiana. Somos herederos seguros de todo lo que Dios prometió, y a la vez seguimos caminando hacia ello. Ya salvados, y todavía en la lucha. La herencia tiene nuestro nombre puesto, aunque no la disfrutemos entera todavía. Y lo que falta no es señal de que Dios falló, es la invitación a seguir confiando y avanzando.

3. El Señor mismo es la herencia

De todas las tribus, hay una cuyo caso me detiene siempre, Leví. Mientras cada tribu recibía su pedazo de tierra, a Leví no le tocó ninguno. ¿Los dejaron afuera? Todo lo contrario. La razón es preciosa, «el Señor es su heredad» (13:33). Su porción no fue un terreno, fue Dios mismo. Y esa, si lo piensas bien, es la mejor parte de todas.

La mayor herencia que Dios da no son las cosas que reparte, es él mismo. Con qué facilidad queremos de Dios sus regalos y nos olvidamos de que el regalo es Dios. Y esa herencia, tener a Dios como nuestra porción, es la que recibimos en Cristo, por quien dejamos de ser extraños y pasamos a ser hijos y herederos de Dios (Ro 8:17). Todo lo demás que él dé vendrá por añadidura.

Reflexión y oración

La mejor herencia nunca fue un pedazo de tierra, sino el Dios que la reparte.

Padre, gracias porque cada promesa que nos haces la cumples sin que falte una sola palabra, como aquella lista de reyes vencidos. Gracias porque somos herederos seguros de lo que prometiste, aunque todavía caminemos hacia ello, entre lo ya cumplido y lo que falta. Y gracias, sobre todo, porque nuestra mayor herencia eres tú mismo. Ayúdanos a no conformarnos con tus regalos y perderte a ti, y enséñanos a tenerte a ti como nuestra porción, en Cristo, en quien nos hiciste tus hijos. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Josué 12-13, Salmos 145, Jeremías 6, Mateo 20

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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