El capítulo de hoy es una persecución de principio a fin, el famoso “corre que te alcanzo”. Dos reyes comparten el mismo desierto, el ungido que huye y el coronado que lo caza. Pero debajo de la persecución, el narrador está comparando otra cosa, la manera en que cada uno se relaciona con Dios. Uno pregunta antes de cada paso. El otro presume que el cielo respalda sus planes sin haberle preguntado nada. Y en la mitad del capítulo, el narrador deja caer su veredicto sobre los dos.
Entendiendo el pasaje
El primer momento es Keila. Le avisan a David que los filisteos están saqueando las eras del pueblo, y el fugitivo hace lo que ya es su costumbre, consulta al Señor. La respuesta es ve y líbralos. Sus hombres tienen miedo, y David toma en serio ese miedo, en lugar de atropellarlos o de rendirse vuelve a preguntar, y el Señor confirma con promesa. David libera a Keila con gran victoria, y Abiatar, el sacerdote sobreviviente de Nob, llega hasta él con el efod en la mano. Entonces Saúl se entera y pronuncia su teología de conveniencia, «Dios lo ha entregado en mi mano» (23:7), porque David se metió en una ciudad con puertas y barras. El que no pregunta, presume. David consulta el efod y recibe dos respuestas amargas, Saúl sí descenderá, y los hombres de Keila, los mismos que acaba de salvar, sí lo entregarán. David obedece la respuesta que duele y sale con sus seiscientos.
El segundo momento es la cacería por el desierto. En Zif, el narrador instala el versículo que gobierna el capítulo, Saúl lo buscaba todos los días, pero Dios no lo entregó en su mano. En Hores ocurre el encuentro que anticipamos hace unos días, Jonatán busca a David por última vez y «lo fortaleció en Dios» (23:16), hablándole futuro, no temas, tú reinarás sobre Israel. Renuevan el pacto y no volverán a verse. Luego los zifeos traicionan el escondite, y llega la escena del cerco, Saúl por un lado del monte, David por el otro, y el anillo cerrándose. En ese minuto exacto aparece un mensajero, los filisteos invadieron la tierra, y Saúl tiene que soltar la presa. Aquel lugar quedó bautizado la Peña de Escape.
Tres verdades bíblicas
1. El rey verdadero se conoce por a quién protege
Fíjate en la ironía que sostiene la primera escena. El fugitivo sin trono arriesga a sus seiscientos hombres por un pueblo amenazado, mientras el rey coronado convoca al ejército de Israel para cazar al defensor de Israel. Cada uno hace el trabajo del otro. Al rey verdadero se le reconoce no por dónde se sienta, sino por a quién protege, y David pelea por Keila sabiendo poco después que ese mismo pueblo lo vendería. Así se mide toda autoridad delante de Dios, la del pastor o la del padre de familia. Si tu posición te sirve para cuidar a los débiles, vas camino del rey según Dios. Si te sirve para cazar a los que te incomodan, ya sabes a cuál de los dos reyes te pareces.
2. Preguntar es el hábito del corazón conforme
Cuenta las consultas de David en este capítulo, cuatro. Pregunta antes de actuar, vuelve a preguntar cuando sus hombres temen, y pregunta de nuevo cuando la amenaza cambia. Y obedece hasta las respuestas amargas, porque cuando el efod le dice que la ciudad que salvó lo entregará, no discute ni se ofende, se levanta y se va. Saúl es el reverso exacto. Jamás consulta, pero teologiza su conveniencia, una puerta cerrada le parece promesa del cielo. Ahí hay dos advertencias para nosotros. Primero, el hábito, preguntar a Dios antes de decidir y volver a preguntarle cuando aparezcan miedos nuevos. Y segundo, la sospecha sana, cuando tu teología siempre confirma lo que ya querías hacer, probablemente no venía de Dios.
3. A quien Dios no entrega, nadie lo alcanza
El versículo ancla es la respuesta del narrador a la jactancia de Saúl. El rey dijo Dios lo ha entregado, y la historia escribió lo contrario. Míralo funcionando en el monte, el cerco casi cerrado, sin salida en el mapa, y un mensajero que llega con la noticia exacta en el minuto exacto. Dios frenó al perseguidor sin un solo trueno, usando una incursión filistea como correa. Y cuando el alma del perseguido estaba más gastada, le mandó a Jonatán para fortalecerle la mano en Dios. Así guarda el Señor a los suyos, con peñas de escape que no aparecen en ningún mapa y con amigos enviados a tiempo. Si hoy estás en el lado angosto del monte, recuerda quién decide las entregas.
Reflexión y oración
Saúl lo buscaba todos los días; Dios no lo entregó ni un día.
Señor, Tú eres el Dios de los dos lados del monte, el que dirige al que pregunta y frena al que presume. Danos el hábito de David, consultarte antes de cada paso y obedecer hasta tus respuestas amargas. Guárdanos de la teología que solo confirma nuestros deseos. Y gracias porque a quien Tú no entregas, nadie lo alcanza. En el nombre de Cristo, amén.
