Hoy entramos al cuarto y último tramo de nuestra serie, El Rey Probado. Hasta ahora hemos visto al profeta que Dios levantó cuando la palabra escaseaba, al rey pedido según el criterio de las naciones que terminó desechado, y al rey escogido porque el Señor mira el corazón. Queda la última pregunta de la serie, qué clase de rey resulta ser ese escogido cuando se le quita todo. Ese es el tramo que hoy comienza, El Rey Probado. David acaba de despedirse de Jonatán y ya no tiene corte ni casa. Lo que sigue son años de desierto. En los dos capítulos de hoy veremos al ungido de Belén mintiendo en un santuario, temblando ante un rey extranjero y babeando sobre su propia barba para sobrevivir. Y veremos también lo que Dios estaba construyendo en medio de esa huida, porque el desierto que prueba al rey es el mismo que lo forma.
Entendiendo el pasaje
El primer acto sigue el arco del David que huye, estación por estación. Primera parada, Nob, el santuario. David llega solo y hambriento, le inventa al sacerdote Ahimelec una misión secreta del rey con tropas escondidas, y recibe los panes consagrados de la Presencia y la espada de Goliat. El pecado de Nob no estuvo en los panes, que Jesús mismo respaldaría siglos después con su misericordia antes que sacrificio, sino en la mentira que dejó al sacerdote expuesto. Y junto al altar había un testigo callado, Doeg el edomita, jefe de los pastores de Saúl. Segunda parada, Gat, la ciudad de Goliat, donde los siervos del rey Aquis lo reconocen de inmediato. El texto lo dice sin rodeos, David «tuvo gran temor» (21:12), y el vencedor de gigantes se salva fingiendo locura, rayando las puertas y dejando correr la saliva. Tercera parada, la cueva de Adulam, y aquí la huida empieza a volverse otra cosa. A la cueva llegan sus hermanos y toda su casa, y detrás de ellos cuatrocientos hombres, «todos los afligidos, todos los endeudados y todos los amargados de espíritu» (22:2). Alrededor del ungido rechazado se va formando su ejército, con el material que nadie quería. David deja a sus padres bajo la protección del rey de Moab, la tierra de su bisabuela Rut, y el profeta Gad le ordena volver a Judá. El fugitivo obedece.
El segundo acto es la factura de Nob. Saúl aparece sentado bajo un tamarisco, aferrado a su lanza, el símbolo real convertido en talismán del que ya perdió el reino. Doeg delata lo que vio, y Saúl monta un juicio de conclusión anticipada donde la defensa noble de Ahimelec no pesa nada. Ordena matar a los sacerdotes, y sus propios guardias rehúsan alzar la mano contra ellos. Solo el edomita acepta, y mata a ochenta y cinco sacerdotes y a toda la ciudad de Nob. Un solo hijo escapa, Abiatar, que corre hasta David con la noticia. Y entonces el fugitivo pronuncia la frase que hoy nos ancla, yo he ocasionado la muerte de toda la casa de tu padre, y le abre los brazos, quédate conmigo, conmigo estarás a salvo.
Tres verdades bíblicas
1. La Biblia no maquilla a sus ungidos
El mismo libro que nos contó la honda y el gigante nos cuenta ahora el miedo y la baba. El narrador pudo saltarse estas escenas y no lo hizo, porque el desierto existe para probar al rey, y la primera prueba revela grietas. Aquí hay consuelo. La fe con miedo sigue siendo fe en formación, y los siervos de Dios atraviesan temporadas donde sobreviven con más mañas que confianza. David no es el Mesías, solo lo anticipa, y sus grietas nos lo gritan. Y fíjate en lo que Dios hacía mientras tanto, pues en plena huida le estaba formando un ejército en una cueva, con afligidos y endeudados.
2. Los atajos del miedo cobran facturas que pagan otros
La mentira de Nob parecía inofensiva. Consiguió pan, consiguió espada, y nadie salió herido ese día. La cuenta llegó después, ochenta y cinco sacerdotes y un pueblo entero, porque el miedo no calcula testigos. Nuestras mentiras de supervivencia también generan facturas que suelen pagar otros, el colega que quedó expuesto, la familia que heredó el enredo. Pero mira lo que hace David cuando la cuenta llega, y compáralo con su antecesor. Saúl dijo «me vi forzado». David dice «yo he ocasionado». El corazón conforme al de Dios se distingue exactamente ahí, firma sus facturas, y encima refugia al sobreviviente de su propio desastre.
3. Del miedo le salieron salmos
El día de Gat quedó registrado dos veces en la Biblia. El encabezado del Salmo 34 lo fecha «cuando fingió demencia ante Abimelec», y lo asombroso es lo que el salmo no dice. Ni una palabra del truco, ni un verso celebrando la astucia. Dice otra cosa, «busqué al Señor, y Él me respondió, y me libró de todos mis temores». La escena y el salmo cuentan el mismo día con dos teologías, y David se quedó con la del salmo, toda la gloria para el que libra. Haz tú lo mismo con tus episodios menos gloriosos. Cuando los mires de lejos, no celebres tus mañas, adora al que te guardó a pesar de ellas. Esa será la escuela del desierto en las semanas que vienen, convertir cuevas en cantos.
Señor, Tú conoces nuestros miedos y los atajos que fabricamos con ellos. Perdónanos las facturas que otros pagaron por nuestras mentiras de supervivencia, y danos el corazón que firma sus cuentas y refugia a los heridos. Gracias porque tu gracia nos guarda incluso de nuestros propios rescates, y porque de las peores cuevas Tú sabes sacar cantos. En el nombre de Cristo, amén.
