El día que el sol se detuvo

«No hubo día como aquel, ni antes ni después, en que el Señor escuchara la voz de un hombre, porque el Señor peleaba por Israel» (Josué 10:14, NBLA)

Compartir:

Este es uno de los capítulos más recordados de toda la Biblia, el día en que el sol se detuvo. Pero fíjate cómo empieza todo. Empieza con un problema heredado de ayer. Aquel pacto que Israel nunca debió hacer con Gabaón ahora les estalla en las manos. Cinco reyes se unen para castigar a Gabaón por haberse aliado con Israel, y como Israel había jurado protegerlos, no le queda más que salir a la guerra. Del error de no consultar a Dios, a un campo de batalla. Y ahí, en esa guerra que nació de un tropiezo, Dios va a hacer algo que nadie olvidaría jamás.

Entendiendo el pasaje

Los gabaonitas mandan pedir auxilio, y Josué responde. Dios lo tranquiliza con la misma promesa de siempre, «no temas, yo los he entregado en tu mano» (10:8). Josué hace su parte con todo, marcha con su ejército toda la noche subiendo por la montaña desde Gilgal, y cae sobre los cinco reyes por sorpresa al amanecer. Pero lo que decide la batalla no son las tropas de Josué.

Es Dios el que pelea. Primero llena de pánico al enemigo y lo desbarata. Después manda una granizada tremenda que mata a más soldados que las espadas de Israel, y que cae solo sobre los que huyen, no sobre el pueblo de Dios (10:10-11). Y entonces Josué, en plena batalla, clama en voz alta, «Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ajalón» (10:12). Y el sol se detuvo. El texto reconoce que fue un día sin igual. No nos explica el cómo, y no hace falta que lo forcemos, porque lo que subraya es el porqué, «el Señor escuchó la voz de un hombre, porque el Señor peleaba por Israel» (10:14). Los cinco reyes terminan capturados y el sur entero queda sometido.

Tres verdades bíblicas

1. Dios teje hasta nuestros enredos dentro de su plan

Detente en cómo empezó esta guerra. Nació de un error, del pacto que Israel hizo sin preguntarle a Dios. Josué bien pudo haber leído esa coalición de cinco reyes como el castigo por su metida de pata. Y sin embargo, Dios toma ese enredo y lo convierte en la puerta para entregarle a Israel todo el sur de Canaán. No aprobó el error, pero tampoco quedó amarrado por él.

Qué consuelo tan grande. Nuestros líos no son tan grandes como para arruinar lo que Dios se propuso hacer. Él sabe entretejer hasta nuestras peores decisiones dentro de su historia, sin que eso vuelva bueno lo que hicimos mal. Dios sigue siendo Dios, aun cuando nosotros metemos la pata.

2. El Señor peleaba por Israel

Mira bien de quién fue la victoria. Josué marchó toda la noche, atacó por sorpresa, peleó de verdad. Su esfuerzo fue enorme. Pero el que ganó la batalla fue Dios. Él confundió al enemigo, él mandó el granizo que mató más que las espadas, él detuvo el sol. Israel puso las piernas y los brazos; Dios puso la victoria. Por eso el capítulo repite como un estribillo que «el Señor peleaba por Israel» (10:14, 42).

Y ese mismo Dios que peleaba por su pueblo es el que hoy está de nuestro lado en Cristo. Como escribió Pablo, si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Ro 8:31). Y la prueba más grande de que Dios está por nosotros la tenemos en la cruz de su Hijo.

3. Dios escuchó la voz de un hombre

Hay una línea en este capítulo que conviene no perderse, «el Señor escuchó la voz de un hombre» (10:14). Piénsalo, el Dios del cielo movió los astros porque un hombre se lo pidió. Es asombroso. Pero cuidado con la lección que sacamos. El texto se cuida de aclarar que Dios no respondió porque la oración de Josué fuera poderosa, elocuente o intensa. Respondió porque él peleaba por Israel, fiel a su pacto. El peso no está en la oración como una palanca para mover a Dios, sino en el Dios fiel en quien ponemos la fe.

Hoy se habla mucho del poder de la oración, y a veces suena como si fuera una técnica para conseguir que Dios haga lo que queremos. Josué no le dio órdenes al cielo, se apoyó en un Dios que ya había prometido pelear por él. Oremos así, con los ojos puestos en quién es Dios y no en la fuerza de nuestras palabras.

Reflexión y oración

La mayor maravilla de aquel día fue un Dios que pelea por los suyos y que se digna escuchar la voz de un hombre.

Padre, gracias porque tú peleas por los tuyos. No nos dejas solos frente a lo que nos supera, entras en la batalla con nosotros. Gracias porque escuchas nuestra voz por pura fidelidad a tu pacto, y no porque sepamos orar bonito. Enséñanos a orar con esa confianza, descansando en quién eres tú y no en la fuerza de nuestras palabras. Y gracias porque en Cristo mostraste, más que en ningún día de sol detenido, que estás de nuestro lado. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Josué 10, Salmos 142-143, Jeremías 4, Mateo 18

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

Escúchanos en

Disponible en todas las plataformas

WhatsApp

Canal diario

YouTube

Video devocional

Spotify

Podcast de audio