El pacto que no debieron hacer

«Los hombres de Israel tomaron de las provisiones de ellos, y no pidieron el consejo del Señor» (Josué 9:14, NBLA)

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Un breve alto para ubicarnos, para que nadie se pierda. Venimos recorriendo Josué en tres tiempos, entrar a la tierra, conquistarla y repartirla. Estamos en el segundo. Ya vimos caer a Jericó por pura obra de Dios, la dura derrota en Hai por el pecado de Acán, y cómo Dios levantó a su pueblo y renovó el pacto en Ebal. Hoy la historia gira. Israel deja de enfrentar ciudades una por una y empieza a vérselas con reinos enteros que reaccionan a su avance. Unos se unen para pelear. Otros, como veremos hoy, prefieren la astucia.

Entendiendo el pasaje

Después de Jericó y Hai, la voz corrió por toda la tierra, y los pueblos reaccionaron de dos maneras. Varios reyes se coaligan para pelear contra Israel (9:1-2). Pero los gabaonitas escogen otro camino, el engaño. Se disfrazan de embajadores venidos de un país lejano, con pan mohoso, odres remendados y sandalias gastadas, y le piden a Josué un pacto de paz (9:4-13). Mienten, adulan, y hasta invocan el nombre del Señor para dar credibilidad a su historia (9:9). Israel revisa las provisiones, se traga el cuento, y entonces viene la frase que lo explica todo, «no pidieron el consejo del Señor» (9:14). Josué hace la paz y lo sella con juramento (9:15).

Tres días después se descubre el enredo. Los gabaonitas no venían de lejos, eran vecinos, vivían ahí nomás. La congregación entera murmura contra sus jefes, y con razón. Pero el juramento ya estaba hecho, jurado por el Señor, y no se podía romper (9:16-19). Los líderes no esconden el error, lo reconocen y buscan una salida que honre su palabra. Los gabaonitas quedan como cortadores de leña y aguadores, y son destinados a servir en el altar de Dios (9:21, 27). Cuando Josué los confronta, confiesan que hicieron todo por miedo, porque habían oído lo que Dios hizo por Israel (9:24). Esa maldición de servidumbre terminó siendo su rescate.

Tres verdades bíblicas

1. El peligro no siempre ataca de frente; a veces llega disfrazado de amigo

Fíjate de qué manera vino la amenaza esta vez. No fue un ejército con espadas ni un muro que sitiar. Fue una embajada sonriente, con pan viejo y sandalias rotas, pidiendo amistad. Los gabaonitas usaron de todo, astucia, mentira, adulación, y hasta la religión, porque nombraron al Señor para sonar sinceros. Y funcionó. Israel bajó la guardia justo cuando venía de dos victorias, cuando se sentía fuerte y capaz.

Ahí hay algo para tener presente. El daño más grande rara vez llega tocando la puerta a los gritos. Suele entrar despacio, con buena cara, en el momento en que nos creemos menos vulnerables. Después de una victoria es cuando más atentos deberíamos estar.

2. El error de fondo fue no consultar a Dios

Detente en el versículo que ancla todo el capítulo, «no pidieron el consejo del Señor» (9:14). Ese fue el problema. Israel confió en lo que tenía delante de los ojos, las provisiones, el relato bien armado, y no le preguntó a Dios. Nadie dudó de las apariencias, y esa fue la trampa. Y no cayeron por malvados, cayeron por confiados, en plena buena racha, seguros de que sabían leer la situación.

El juramento apresurado los dejó atados de manos, y la congregación entera terminó murmurando por una decisión sin vuelta atrás. Cuidado con eso. Muchas veces las peores decisiones no las tomamos con mala intención, las tomamos rápido, por lo que se ve, sin llevarlas a Dios en oración. A veces el engaño se disfraza incluso de ganas de hacer el bien de prisa.

3. Ni nuestros errores descarrilan el plan de Dios

Y esto es lo que más consuela. Josué se equivocó, no hay cómo maquillarlo. Pero cuando descubrió el engaño, no negó la falta ni rompió su palabra. Reconoció el error y buscó la mejor salida posible honrando lo que había jurado (9:19-27). Y por encima de todo, Dios no quedó atrapado en el tropiezo de su siervo. Tomó ese error y lo volvió bendición. Los gabaonitas, que solo querían salvar el pellejo, terminaron sirviendo en la casa de Dios, adentro del pueblo del pacto. Como Rajab, no fue su astucia la que los salvó, sino haberse puesto bajo el Dios de Israel.

Y hay algo hermoso en el fondo de todo esto. Dios seguía haciendo lo que ya había hecho con Rajab, abrir su pueblo a gente de afuera. Un pueblo cananeo que llegó mintiendo termina adorando al Dios verdadero. Es el mismo Dios que un día, en Cristo, acercaría a los que estaban lejos y los haría parte de su familia (Ef 2:12-13).

Reflexión y oración

Nuestros errores tienen su costo, pero no son más grandes que la fidelidad del Dios que sigue cumpliendo su plan.

Padre, perdónanos las veces que decidimos rápido, por lo que vemos, sin detenernos a preguntarte a ti. Sobre todo cuando nos va bien y nos sentimos seguros, que es cuando más bajamos la guardia. Enséñanos a consultarte antes de jurar y de comprometernos. Y gracias porque tu plan no depende de que nosotros nunca fallemos; tú eres tan soberano que tomas hasta nuestros tropiezos y sacas bien de ellos, y sigues acercando a los de lejos por medio de Cristo. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Josué 9, Salmos 140-141, Jeremías 3, Mateo 17

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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