El día que la gloria se fue

«¡La gloria se ha ido de Israel, porque el arca de Dios fue tomada!» (1 Samuel 4:22, NBLA)

Compartir:

Israel ha conocido días oscuros en los libros que venimos recorriendo. Derrotas, matanzas, guerra civil, jueces que fallaron, una generación entera que hizo lo que bien le parecía. Pero el día del capítulo 4 es distinto, el más triste que hemos visto hasta ahora, porque lo que se pierde hoy no es una batalla ni un líder, sino la presencia misma de Dios. Desde el Sinaí, todo el sistema del tabernáculo existía para una sola cosa, que Dios habitara en medio de su pueblo. Ese era el corazón de Levítico y el privilegio que distinguía a Israel de todas las naciones. Hoy ese corazón deja de latir.

Entendiendo el pasaje

Israel sale a pelear contra los filisteos y pierde la primera batalla. Los ancianos hacen una buena pregunta, por qué el Señor los ha herido, pero nadie examina su conducta ni busca el rostro de Dios. En lugar de arrepentirse, mandan a traer el arca del pacto desde Silo, escoltada por Ofni y Finees, las mismas manos corruptas que despreciaban las ofrendas. El campamento estalla en un grito que hace temblar la tierra, los filisteos se aterran, y entonces llega la línea más seca de todo el capítulo. Pelearon los filisteos e Israel fue derrotado. El narrador ni siquiera dice que Israel peleó. Treinta mil hombres caen, los dos hijos de Elí mueren el mismo día, y el arca de Dios es tomada.

En Silo, el anciano Elí espera sentado junto al camino, y el texto aclara que su corazón temblaba por el arca. Cuando el mensajero llega, la noticia avanza por etapas. Israel huyó, hubo gran matanza, tus dos hijos murieron. Elí resiste cada golpe. Pero cuando el hombre menciona el arca, el anciano cae de espaldas y muere. Su nuera, sacudida por las noticias, entra en parto prematuro, y las mujeres intentan consolarla con el hijo que acaba de nacer. Ella no responde al consuelo. Con su último aliento nombra al niño Icabod y pronuncia la tragedia de toda la nación, la gloria se ha ido de Israel. Silo nunca se recuperó, y el arca jamás volvió a ese santuario. Una era completa terminó ese día.

Tres verdades bíblicas

1. Se puede sobrevivir a toda pérdida, menos a la de Dios

Este e ele punto de quiebre del capítulo Elí resiste la noticia de la matanza y hasta la muerte de sus dos hijos, y cae fulminado al oír que el arca fue tomada. Su nuera tiene un hijo recién nacido entre los brazos, ningún consuelo la alcanza, y gasta su último aliento en la tragedia de la nación entera. Los dos entendieron que todas las demás pérdidas, con ser terribles, tenían algo de soportable, y que esta no. Pregúntate hoy con honestidad qué pérdida te devastaría. Si Dios se apartara de tu vida y todo lo demás siguiera funcionando igual, el trabajo, la familia, la rutina de iglesia, ¿lo notarías? La respuesta a esa pregunta mide cuánto vale su presencia para ti.

2. Dios no encadena su presencia a lo que los hombres custodian

Israel trató el arca como garantía automática, un objeto santo administrado por manos corruptas para ganar una guerra sin volverse a Dios. Y Dios prefirió que la gloria partiera antes que dejarse manejar por su propio pueblo. Ahí está la advertencia para nosotros, que también tenemos nuestras arcas. La asistencia al culto, la cruz colgada al cuello, la oración recitada como fórmula, cualquier práctica santa puede volverse amuleto cuando la usamos para asegurar bendición sin rendirle el corazón. La presencia de Dios no se hereda, no se almacena y no se transporta en una caja. Se camina con ella en humildad y obediencia, o se pierde.

3. La gloria volvió, y esta vez para quedarse

El hilo de la presencia o De Dios habitando en medio de su Pueblo atraviesa toda la Biblia. Dios caminaba con el hombre en el huerto, llenó el tabernáculo con su gloria, llenaría después el templo. Y el pueblo volvió a fallar, y Ezequiel vio la gloria salir de nuevo. La historia entera clamaba por una presencia que no dependiera de la fidelidad de hombres frágiles. Entonces Juan escribe que el Verbo se hizo carne y puso su tabernáculo entre nosotros, «y vimos Su gloria». Cristo es Emanuel, Dios con nosotros, la gloria que volvió a habitar en medio de su pueblo, Cristo es la presencia De Dios en medio de Su pueblo. Cuando hablamos de “presencia” no hablamos de algo místico, hablamos de Cristo en nosotros, morando con nosotros. Y a diferencia de Silo, esta presencia la garantiza Dios mismo, con la promesa de estar con los suyos todos los días, hasta el fin.

Reflexión y oración

Se puede perder todo y seguir en pie, menos la presencia del Señor.

Padre, confesamos que muchas veces hemos tratado tu presencia como un mueble garantizado, algo que damos por sentado mientras usamos tus cosas santas para nuestros fines. Gracias porque en Cristo la gloria volvió a habitar entre nosotros, y porque su promesa no depende de nuestra fragilidad. Enséñanos a valorar tu presencia por encima de todo lo que puedas darnos, y a caminar contigo en humildad. En el nombre de Emanuel, Dios con nosotros, amén.

Lecturas del plan

1 Samuel 4, Romanos 4, Jeremías 42, Salmos 18

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

Escúchanos en

Disponible en todas las plataformas

WhatsApp

Canal diario

YouTube

Video devocional

Spotify

Podcast de audio