Cuando Dios vuelve a hablar

«Habla, que Tu siervo escucha» (1 Samuel 3:10, NBLA)

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El capítulo de hoy comienza con uno de los diagnósticos más tristes del Antiguo Testamento. «La palabra del Señor escaseaba en aquellos días, y las visiones no eran frecuentes» (3:1). Fíjate bien en lo que había y en lo que faltaba. Había santuario, había sacerdotes de linaje, había lámparas encendidas y sacrificios humeando cada día. La maquinaria religiosa funcionaba completa. Lo que no había era palabra. Y en medio de ese silencio de años, una noche cualquiera, una voz despierta a un muchacho que dormía cerca del arca.

Entendiendo el pasaje

Samuel servía en Silo bajo la supervisión de Elí, ya anciano y casi ciego. La escena ocurre de madrugada, cuando la lámpara de Dios todavía ardía en el santuario. El Señor llama a Samuel por su nombre, y el muchacho corre a donde Elí convencido de que el viejo lo necesita. Tres veces se repite la confusión, y el narrador nos explica el porqué con un dato incómodo, pues Samuel llevaba años ministrando en el santuario «pero aún no conocía al Señor» (3:7). A la tercera vez, Elí entiende quién está llamando y le enseña al muchacho la respuesta que cambiará su vida. Habla, Señor, que tu siervo escucha.

Lo que Dios le entrega esa noche es la sentencia contra la casa de Elí, el hombre que lo crió. Un mensaje que haría retiñir los oídos de todo el que lo oyera, juicio sin marcha atrás porque los hijos blasfemaban y el padre no los detuvo. Samuel pasa el resto de la noche despierto, con miedo de contar la visión. Pero cuando Elí lo conjura a no ocultarle nada, el muchacho lo dice todo, sin quedarse con una sola palabra. Y Elí responde con la frase más digna que pronuncia en todo el libro, «el Señor es; que haga lo que bien le parezca» (3:18). Desde entonces Samuel creció, el Señor estaba con él y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras, y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, supo que había profeta en la tierra. La palabra volvió a oírse en Silo.

Tres verdades bíblicas

1. El silencio de Dios tiene historia

La palabra no se había vuelto escasa por capricho, sino por décadas de desprecio. El término que usa el narrador describe algo precioso que se volvió raro, como una joya que ya no se consigue. Cuando los encargados de administrar la palabra la pisotean, la generación siguiente hereda el hambre de oírla. El profeta Amós lo anunciaría después como la peor de las hambrunas, no de pan ni de agua, la de oír las palabras del Señor. Tú y yo vivimos del otro lado de esa historia. Tenemos la Biblia completa en la mesa, en el teléfono, en el idioma que hablamos desde niños. Que la abundancia no nos vuelva despreciadores de lo que a otras generaciones les faltó.

2. Se puede servir en el templo sin conocer la voz

Samuel corría, atendía, cumplía. Su servicio era sincero y su conducta intachable, y aun así confundió tres veces la voz de Dios con la voz de un hombre. La actividad religiosa, por fiel que sea, no sustituye el conocimiento personal del Dios a quien se sirve. Cuántos de nosotros llevamos años en la iglesia, sirviendo en algo, ocupados en lo sagrado, y hace tiempo que no nos detenemos a escuchar. Todo cambió para Samuel con una postura de cuatro palabras. Habla, que tu siervo escucha. Antes de pedirle a Dios que te use, aprende a quedarte quieto delante de Él con la Biblia abierta y esa misma disposición.

3. Quien escucha a Dios termina diciendo lo que cuesta decir

La primera palabra que Samuel recibió fue juicio contra el hombre que lo había criado. Le tocó decírsela a la cara, con todo el temor de sus pocos años, y la dijo completa. Ahí se selló su carrera de profeta, porque Dios honra al que no recorta su mensaje, y por eso ninguna de sus palabras cayó a tierra. El que solo repite lo que la gente quiere oír todavía no ha conocido lo que Dios ha hablado. Si el Señor te ha mostrado en su Palabra algo que alguien necesita oír, puede ser alguna exhortación, un llamado al arrepentimiento, para consolar o animar, dilo con el temblor de Samuel y con su fidelidad, sin editarle los bordes filosos. La palabra recortada o acomodad al que oye deja de ser palabra de Dios.

Reflexión y oración

Dios rompió el silencio de una generación por medio de un muchacho que aprendió a escuchar.

Señor, gracias porque tu palabra no escasea entre nosotros, y perdónanos las veces que la hemos tratado como cosa común. Danos los oídos de Samuel, para reconocer tu voz en medio de tanto ruido, y su valentía, para decir completo lo que Tú has dicho, aunque cueste. Que cada mañana nos encuentre con la misma postura, habla, que tus siervos escuchan. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

1 Samuel 3, Romanos 3, Jeremías 41, Salmos 17

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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