Con Gedeón el libro cambia de enfoque. Hasta ahora la mirada estaba en el pueblo que caía; de aquí en adelante se posa sobre el libertador mismo, y lo que veremos no siempre será bonito. Pero el capítulo 6 todavía no nos muestra las grietas de Gedeón. Nos muestra algo distinto y hermoso, la paciencia con que Dios toma a un hombre débil, asustado y que apenas lo conoce, y lo va haciendo un libertador paso a paso.
Entendiendo el pasaje
Israel vuelve a lo mismo, y Dios lo entrega a Madián. Esta vez la opresión aprieta por otro flanco, el del hambre. Y hay una ironía que no conviene perderse. Israel se había ido tras Baal, el supuesto dios de la cosecha y la fertilidad, y ahora se muere de hambre mientras ese ídolo no mueve un dedo. Los dioses falsos nunca cumplen lo que prometen, y dejan siempre en ridículo a quien confía en ellos.
El pueblo clama, pero Dios no responde como de costumbre. Antes de mandar un libertador manda un profeta, que les recuerda que la aflicción es fruto de su propia desobediencia. Recién entonces aparece el Ángel del Señor, que el mismo texto llega a identificar con Dios, y que a la luz del Nuevo Testamento se entiende como una aparición del Hijo antes de encarnarse. Lo encuentra a Gedeón trillando trigo a escondidas en un lagar, muerto de miedo por los madianitas, y lo saluda de la forma más inesperada, «guerrero valiente». No era un halago a lo que Gedeón era, sino una declaración de lo que Dios iba a hacer por medio de él. Gedeón discute, pide señales, prepara una ofrenda para asegurarse de con quién habla, y Dios le responde con paciencia una y otra vez. Antes de enviarlo contra Madián, le manda derribar el altar de Baal de su propio padre y el poste de Asera. Y al final Gedeón todavía pide una prueba más, el vellón. No es un método para adivinar la voluntad de Dios, y no deberíamos copiarlo como tal. Es el deseo torpe y sincero de un hombre que quiere conocer al Dios que casi no conoce.
Tres verdades bíblicas
1. La gracia llega antes que el arrepentimiento
Fíjate en el orden. Dios manda ayuda cuando Israel todavía no se ha vuelto de verdad. Y es que aquel llanto no pasaba de remordimiento, y el remordimiento se parece tanto al arrepentimiento que cuesta distinguirlos. Hay una sola cosa que los delata, y es que el remordimiento vuelve a caer en lo mismo a la primera oportunidad. Pablo lo llamó la tristeza del mundo, esa que llora por el pecado y lo sigue amando. A ti te pasa más de lo que crees. Crees que unas lágrimas ya resolvieron el asunto, y a la semana estás de nuevo ahí. El pecado empieza a ceder cuando lo miras a la luz de la cruz, cuando entiendes que eso que tratas como un desliz le costó la vida al Hijo de Dios. Y aun así, mira la paciencia del Señor, porque no esperó a que Israel mereciera el rescate. Nos amó y nos libró siendo todavía pecadores. La gracia no viene después del arrepentimiento; es ella la que lo produce.
2. Antes de pelear con el enemigo de afuera hay que derribar el ídolo de adentro
Antes de mandar a Gedeón contra Madián, Dios lo manda contra el altar de su propia casa. El orden importa. Si Dios libraba a Israel sin tocar esos altares, el pueblo hasta podría agradecerle la victoria a Baal. Primero cae el ídolo, después se pelea la batalla. Y hay una razón más honda, porque los ídolos ciegan. Al que idolatra el dinero no le alcanza la vista más allá de lo material, al que idolatra el placer se le va la vida detrás de él, al que idolatra su trabajo todo se le vuelve compromisos. Mientras ese altar siga en pie, ni siquiera vemos bien la realidad. Pregúntate, qué altar, y no me refiero a una imagen, tienes montado en casa o en tu corazón que te está torciendo la mirada.
3. Gedeón fue apenas la sombra; Cristo es el Libertador perfecto
Al final Gedeón queda equipado con todo, escogido por Dios, enseñado por Dios, ungido por su Espíritu y guiado por su mano. Escogido en la debilidad, formado en la aflicción, derriba los ídolos y sale a salvar a Israel, y termina en la lista de los grandes de la fe. Pero su nombre es una sombra desdibujada de un cuadro perfecto. Hubo otro Libertador escogido desde antes de la fundación del mundo, experimentado en quebrantos, que derribó nuestros ídolos cuando todavía éramos rebeldes y peleó nuestra guerra sin perder jamás. Donde Gedeón dudaba, temblaba y pedía señales, Cristo fue firme hasta la cruz. Ese es nuestro Salvador, y ese Ángel que se apareció a Gedeón ya dejaba entrever su rostro.
Reflexión y oración
De principio a fin, el libertador de esta historia lo hizo Dios, y esa sigue siendo la única manera en que llega un salvador.
Señor, gracias porque no esperas a que seamos dignos para venir a rescatarnos. Reconocemos que muchas veces confundimos el remordimiento con el arrepentimiento, y que lloramos por el pecado sin soltarlo de verdad. Danos ojos para mirarlo a la luz de la cruz y fuerzas para pelear contra él. Derriba los altares que hemos levantado en casa y que nos tuercen la mirada, para que veamos bien y te sigamos de cerca. Y gracias, sobre todo, porque en Cristo nos diste al Libertador perfecto que Gedeón apenas alcanzaba a dibujar. En el nombre de Cristo, amén.
