Saúl ya fue ungido en privado, aclamado en Mizpa y puesto bajo el libro de las ordenanzas. Pero hasta ahora no ha gobernado ni un día ni ganado una sola batalla. Hoy llega su primera prueba, y quiero que saborees este capítulo, porque estamos ante la cumbre de la carrera de Saúl. Todo lo que hace hoy lo hace bien, con el Espíritu, con cabeza y con misericordia. Guarda esta imagen del rey en su mejor día, porque el bloque que estamos recorriendo la va a necesitar como punto de comparación.
Entendiendo el pasaje
Nahas el amonita sitia a Jabes de Galaad, al otro lado del Jordán, y cuando la ciudad ofrece rendirse, él impone una condición diseñada para humillar, sacarle a cada hombre el ojo derecho como afrenta contra todo Israel. Los ancianos piden siete días para buscar ayuda, y Nahas, seguro de que nadie vendrá, los concede. Los mensajeros llegan a Guibeá y el pueblo entero rompe a llorar, convencido de que la derrota es cosa hecha. En ese momento entra Saúl, volviendo del campo detrás de sus bueyes como un campesino cualquiera. Pregunta por el llanto, escucha la noticia, y entonces «el Espíritu de Dios vino sobre Saúl con gran poder» y su ira se encendió. Corta en pedazos un par de bueyes, los envía por todo el territorio con una advertencia, y trescientos treinta mil hombres se reúnen como un solo pueblo. Al amanecer del día prometido, Saúl divide su ejército en tres compañías, entra al campamento amonita en la última vigilia y la victoria es total.
Lo que sigue retrata al rey en su mejor hora, mejor dicho, en su auge. El pueblo, eufórico, exige ejecutar a los perversos que habían despreciado a Saúl, y él responde con la frase que hoy nos ancla, hoy nadie muere, porque hoy el Señor hizo liberación en Israel. Samuel convoca entonces al pueblo a Gilgal, el campamento de los nuevos comienzos desde los días de Josué, para renovar el reino con sacrificios de paz y alegría grande. Y hay un hilo enterrado que el narrador conoce bien. En los días de los jueces, Jabes de Galaad pagó con sangre la reconstrucción de Benjamín, pues de allí salieron las esposas de los seiscientos sobrevivientes de la tribu. Buena parte de las abuelas de Benjamín eran de Jabes. Hoy, un rey benjamita cruza el Jordán para salvarla.
Tres verdades bíblicas
1. Hay enojos que vienen del Espíritu
El texto une las dos frases, el Espíritu de Dios vino sobre Saúl, y su ira se encendió en gran manera. Existe una ira santa, la que se enciende ante la crueldad, la opresión, la injusticia y la afrenta contra Dios, y que empuja a actuar. Pero distingue bien antes de justificar tu enojo con este versículo. La ira del Espíritu defiende al débil y el honor de Dios; la de la carne defiende mi ego herido. Santiago pone el contrapeso, la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Pregúntate qué enciende tu enojo más rápido, la injusticia contra otros o las ofensas contra ti. La respuesta dice de qué espíritu viene.
2. Dios construye historias más largas que nuestra memoria
Vuelve al hilo de Jabes. Dos generaciones atrás, esa ciudad fue el precio de la restauración de Benjamín. Hoy Benjamín, en la persona de su hijo más alto, marcha de noche a pagar la deuda. Nadie en la escena parece consciente del hilo, ni Saúl ni los sitiados, pero Dios sí, y al final del libro serán los hombres de Jabes los que arriesguen la vida por honrar el cuerpo de Saúl. La providencia trabaja en plazos de generaciones. Lo que Dios está haciendo hoy contigo puede estar saldando algo que tus abuelos sembraron, o sembrando algo que tus nietos cosecharán. Camina fiel aunque no veas el tejido completo.
3. El que sabe que su victoria fue regalada no cobra cuentas viejas
Mira la escena final con calma. Saúl tiene el poder recién estrenado, la popularidad en la cima y la excusa perfecta para deshacerse de sus opositores. Y rehúsa, con un argumento que es pura teología, hoy el Señor hizo liberación, hoy nadie muere. La gratitud desarma la revancha. Cuando de verdad entiendes que tu victoria fue un regalo, pierdes el apetito de cobrarles a los que te despreciaron. Si andas guardando una lista de ofensores esperando tu momento de poder, todavía no has medido cuánto te fue perdonado a ti. El perdonado perdona, y el liberado libera.
El mejor día de Saúl fue el día que menos se atribuyó a sí mismo.
Señor, gracias por las liberaciones que has hecho en nuestra vida, las que vimos y las que todavía no sabemos leer. Enciende nuestra ira solo donde deba encenderse, contra la injusticia y no contra quien hiere nuestro orgullo. Y ya que toda victoria nuestra es regalo tuyo, arranca de nosotros las cuentas viejas que guardamos contra otros. En el nombre de Cristo, amén.
