Ayer vimos a David perdonarle la vida al rey que lo cazaba, y mañana lo veremos hacerlo otra vez. Pero entre esas dos escenas gemelas, el narrador interrumpe la historia con un hacendado grosero y un desayuno negado. La interrupción es a propósito, porque las escenas de la cueva podrían dejarnos una impresión equivocada, que David era un hombre naturalmente libre de venganza. El capítulo de hoy hace el experimento, le quita al ofensor toda unción sagrada y todo peso político, y nos muestra lo que había realmente en el corazón del ungido. El resultado nos incluye a todos.
Entendiendo el pasaje
El capítulo abre con una línea que pesa más de lo que mide, murió Samuel, y todo Israel lo lloró. El profeta que ungió a los dos reyes sale de la historia, y la primera escena sin él muestra a David a punto de fallar. En el desierto de Maón vive Nabal, cuyo nombre significa necio, un hombre riquísimo y áspero, casado con Abigail, inteligente y hermosa. Los hombres de David habían protegido los rebaños de Nabal durante meses, muro de día y de noche según los propios pastores, y en tiempo de esquileo, la fiesta de la abundancia, David manda diez jóvenes a pedir con cortesía una retribución. Nabal los despacha con un desprecio que suena conocido, «¿quién es David? ¿Y quién es el hijo de Isaí?» (25:10), las palabras de Saúl en boca de un ranchero que, por cierto, vive junto a Carmel, donde Saúl se levantó su monumento. David estalla, se ciñe la espada y marcha con cuatrocientos hombres jurando no dejar vivo un solo varón de esa casa al amanecer.
Un criado corre a avisarle a Abigail, y ella actúa con velocidad y con cabeza. Carga provisiones abundantes, sale al encuentro de la tropa y detiene al futuro rey con un discurso que mezcla humildad y teología fina, el Señor te ha impedido derramar sangre y vengarte por tu propia mano, y cuando el Señor te haya establecido, esta locura no será tropiezo ni carga para tu corazón. David reconoce de inmediato de dónde viene esa voz, y bendice tres veces según el propio texto, bendito el Señor que te envió, bendito tu razonamiento y bendita tú. Diez días después, sin que David tocara nada, el Señor hirió a Nabal y murió. David lo lee como el veredicto del caso, Dios defendió mi causa y devolvió la maldad de Nabal sobre su cabeza. El cierre reporta sin barniz la vida doméstica, David toma por esposas a Abigail y a Ahinoam, mientras Saúl entrega a Mical a otro hombre. El narrador no aprueba nada, solo siembra lo que la familia de David cosechará años después.
Tres verdades bíblicas
1. El mismo corazón que perdonó al rey casi masacra a un necio
Aquí está la lección del sándwich que arma el narrador. Con Saúl, David aguantó años de lanzas y persecución sin alzar la mano. Con Nabal, un insulto de una mañana bastó para sacarlo armado y jurando exterminio. La diferencia es incómoda de admitir, pues donde el ofensor no tiene estatus sagrado ni testigos importantes, la carne se siente libre para cobrar. Nos pasa igual. Aguantamos la prueba grande delante del jefe y explotamos en la chiquita con el mesero o con el hijo. La victoria de ayer sobre la venganza no era temperamento, era gracia, y la gracia de ayer no cubre automáticamente el orgullo herido de hoy. Vigila tus ofensas pequeñas, por ahí entra lo que la puerta grande resistió.
2. Dios frena a los suyos con palabras oportunas
La gracia que guardó a David ese día tenía nombre, cara y burros cargados de pan. Abigail es el medio que Dios usó, y la grandeza de David está en su reacción, porque venía caliente y armado, y aun así reconoció la voz de Dios en el consejo de una desconocida y frenó la marcha completa, bendiciendo a la que lo detuvo. Pocos exámenes revelan tanto el corazón como este, cómo respondes cuando alguien te confronta camino a tu locura. El necio atropella al que lo frena. El corazón conforme a Dios lo bendice. Y la otra cara también va para ti, atrévete a ser la Abigail de alguien, con provisiones de humildad y palabras que lleguen a tiempo.
3. La venganza delegada sí llega
Hace dos capítulos David dijo que el Señor me vengue, mi mano no será contra ti. Hoy le llega el recibo, pues diez días bastaron para que Dios saldara la cuenta de Nabal sin que David gastara una flecha. Y el lector atento entiende el anticipo que el narrador está dando, con el necio grande que persigue a David pasará lo mismo, Dios resolverá sin que la mano de David se manche. Confiar en el Juez no es ingenuidad ni pasividad, es fe en que su justicia tiene calendario. Los casos que le entregaste siguen en proceso, y su corte no pierde expedientes. Suelta hoy el que todavía cargas.
Aquella mañana el peligro más grande para David era el propio David, y Dios también lo guardó de ese.
Señor, gracias por las veces que nos guardaste de nosotros mismos, las que vimos y las que nunca supimos. Danos oídos para las Abigail que nos mandas camino a nuestras locuras, y valentía para ser esa voz cuando otro la necesite. Y afirma nuestra fe en tu calendario, porque Tú defiendes la causa de los tuyos sin que tengamos que mancharnos las manos. En el nombre de Cristo, amén.
