Hoy el narrador vuelve a poner a Saúl indefenso delante de David, y la escena repite la cueva de En Gadi casi punto por punto y esta es de las cosas que son fascinantes de este libro en términos literarios, es un pasaje prácticamente simétrico. Los zifeos delatan, Saúl marcha con sus tres mil escogidos, la oportunidad se sirve en bandeja, una voz susurra que Dios lo ha entregado, David toma un objeto en lugar de una vida, habla a distancia segura, y Saúl termina llamándolo hijo mío. Cuando la Biblia repite una escena así, está subrayando algo, y lo que subraya aquí se mide en las diferencias. Entre la cueva y este campamento pasó Nabal, y vamos a ver cuánto aprendió David en el camino.
Entendiendo el pasaje
Los zifeos vuelven a vender el escondite, y Saúl baja al desierto con su ejército. David, bien informado, hace algo que en la cueva jamás habría planeado, entra de noche al campamento enemigo por decisión propia, acompañado solo de su sobrino Abisai. Todo el ejército duerme, centinelas incluidos, porque «un sueño profundo del Señor había caído sobre ellos». Junto a la cabecera del rey, Abisai susurra la tentación de siempre, Dios lo ha entregado hoy en tu mano, déjame clavarlo en tierra de un solo golpe. Y David lo frena con una sabiduría que ya tiene caminos aprendidos, ¿quién extiende su mano contra el ungido del Señor y queda impune? Vive el Señor, que Él mismo lo herirá, o le llegará su día de morir, o caerá en batalla. Toma la lanza, símbolo de la realeza que Saúl nunca suelta, y la vasija de agua, y salen sin que nadie despierte.
Desde el monte de enfrente, David despierta al campamento a gritos, y con humor filoso acusa a Abner de merecer la muerte por no cuidar al rey, aquí están las pruebas, la lanza y la vasija. Saúl reconoce la voz, y el intercambio final es el más revelador de todos. El rey pronuncia su confesión de nuevo, he pecado, he actuado neciamente y he cometido un grave error, llamándose necio a sí mismo, la palabra que define a Nabal (¡Qué detalle tan fino!). Hasta lo invita a volver a la corte. Pero algo cambió en David. En la cueva lo llamó padre mío, hoy solo lo llama rey. Declina la invitación, manda devolver la lanza a distancia, encomienda su vida al Señor que paga a cada uno conforme a su justicia, y los dos hombres se despiden. Nunca más se volverán a ver.
Tres verdades bíblicas
1. El carácter solo se fortalece con la práctica continua de la gracia
Haber superado una prueba no nos deja definitivamente aprobados. Como creyentes vamos ganando experiencia, y confiarnos en las victorias pasadas es la manera más rápida de perder la siguiente. Mira el progreso de David, en la cueva fue tentado y hasta la conciencia le remordió por un pedazo de manto; en el campamento ni siquiera titubea. Entre las dos escenas hubo otra prueba, la de Nabal, donde casi cae y fue frenado a tiempo. Así se forma el carácter, con la gracia practicada una y otra vez. Por eso, cuando sientas que la misma prueba te toca la puerta de nuevo, no te desanimes. Algo quiere el Señor formar en esa área tuya. Recíbela con discernimiento, cada día trae una oportunidad de crecer en Él.
2. Un carácter maduro guarda también las manos de otros
Hay un detalle que hace de esta escena algo mayor que la cueva. Allá David se frenó a sí mismo. Aquí frena a otro ¿y sabes por qué? Porque a él lo había frenado en su momento Abigailíl. Abisai estaba dispuesto y hasta ansioso, un solo golpe y todo resuelto, y David pudo quedarse callado, dejar que el sobrino hiciera el trabajo sucio y mantener sus propias manos limpias. Pero sabía que delante de Dios esa salida no existe, permitir el pecado que no quieres cometer te hace responsable de todos modos. Una persona madura fortalece su carácter para beneficio de los que la rodean, y ahí hay además una lección enorme de liderazgo, porque el líder no solo estimula a los que dirige, sino que también los regula cuando las emociones se salen del cauce. ¿Tu dirías que eres de los que usa la sabiduría para frenar a otros, o eres de los que solo sabe encender a la gente?
3. Perdonar no siempre es volver
Saúl entrega hoy su confesión más honda, y David responde con perdón completo, le devuelve la lanza, el símbolo mismo del reino que pudo quedarse, y lo bendice. Pero ya no lo llama padre ni acepta la invitación a volver a la corte. Esta vez David camina por un sendero aprendido, sabe que las lágrimas de Saúl duran poco, y ha entendido que se puede soltar la deuda sin entregar de nuevo las llaves. Hay relaciones que se cierran incluso después del perdón, y eso puede ser sabiduría en lugar de rencor. Perdona de corazón y bendice de verdad, y que sea el fruto sostenido, no la emoción del momento, el que reabra las puertas.
Señor, gracias por los exámenes que repites, porque en ellos estás formando lo que una sola victoria no alcanza a formar. Fortalece nuestro carácter con la práctica continua de tu gracia, y haznos maduros también para frenar a los que amamos cuando sus emociones se desbordan. Y danos la sabiduría de David, perdonar completo y esperar frutos antes que abrir puertas. En el nombre de Cristo, amén.
