Recuerda, escucha, escoge

«Bastante habéis permanecido en este monte. Volveos, partid… Mirad, he puesto la tierra delante de vosotros. Entrad y tomen posesión de la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres» (Deuteronomio 1:6-8, NBLA)

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Hoy empezamos un libro nuevo, y quiero que lo empieces sabiendo hacia dónde vamos. El hombre que habla en estas páginas está a punto de morir. Moisés tiene ciento veinte años, sabe que no cruzará el Jordán, y antes de irse reúne al pueblo para predicarle por última vez. No le habla a los que vio salir de Egipto, porque esos ya murieron en el desierto. Le habla a sus hijos, una generación que era niña cuando el mar se abrió y que ahora está de pie frente a la tierra prometida. Tres palabras van a sostener todo lo que Moisés dice en este libro, y quiero que las cargues desde hoy. Recuerda, escucha, escoge.

Entendiendo el pasaje

Han pasado cuarenta años desde la salida de Egipto. Israel está acampado en los campos de Moab, al otro lado del Jordán, con la tierra a la vista. Aquí Moisés pronuncia el primero de tres sermones que componen el libro, y este capítulo es el arranque de su repaso histórico. El nombre «Deuteronomio» viene de la traducción griega y significa «segunda ley», pero el libro no trae leyes nuevas. Es la reformulación del pacto que Dios selló en el Sinaí, puesto otra vez sobre la mesa para una generación que necesita hacerlo suyo. Moisés no comienza con mandamientos. Comienza con memoria.

Y la memoria que escoge es incómoda. Recuerda cómo en Horeb el Señor les dijo que ya habían estado bastante en aquel monte, que era hora de avanzar y tomar posesión. Recuerda que organizó jueces y líderes para sostener al pueblo en el camino. Pero también recuerda el día en que enviaron doce espías, y diez volvieron diciendo que la tierra era buena pero los gigantes eran demasiado grandes. El pueblo lloró toda la noche, se negó a entrar, y dijo que Dios los había sacado de Egipto para matarlos. No fue falta de poder de parte de Dios. Fue incredulidad de parte de ellos. Y por esa incredulidad, esa generación no entró. Moisés cuenta todo esto sin maquillarlo, porque la honestidad sobre el pasado es el punto de partida de todo lo que viene.

Tres verdades bíblicas

1. Recuerda de dónde te sacó Dios, o repetirás la historia de la que te sacó.

Hay algo que Moisés sabe y que tú y yo olvidamos con facilidad, y es que la fe que no recuerda se vuelve a quejar. Por eso el sermón empieza mirando hacia atrás, no para vivir en el pasado, sino para que el pasado enseñe al presente. Tú que me escuchas hoy, piensa en lo que Dios ya hizo por ti. El día que pensaste que no saldrías y saliste. La provisión que llegó cuando ya no esperabas. Si dejas que esa memoria se enfríe, mañana cuando aparezca el gigante de turno vas a reaccionar igual que aquella generación, llorando y dudando como si Dios nunca hubiera hecho nada. Recordar su fidelidad de ayer es la defensa que te sostendrá en la incredulidad de mañana.

2. Hay un tiempo para quedarse y un tiempo para avanzar, y solo Dios marca la diferencia.

«Bastante habéis permanecido en este monte.» Fíjate en esas palabras. El Sinaí fue necesario, allí Dios les dio la ley y formó al pueblo, pero el monte nunca fue el destino. Era una estación en el camino hacia la meta. Y llega el momento en que Dios mismo dice basta, ahora avancen. Hermano, hay etapas que Dios cierra, y aferrarte a lo que ya cumplió su propósito termina siendo miedo disfrazado de seguridad. Dios no te santifica para que te quedes quieto en el monte, te santifica para enviarte hacia la promesa. Pregúntate hoy con honestidad si hay un monte donde llevas demasiado tiempo acampado, esperando una comodidad que Dios ya te pidió dejar atrás.

3. Recuerda, escucha, escoge: ese es el contorno del Evangelio.

Estas tres palabras son el mapa de todo el libro que comenzamos, y quiero que te las lleves grabadas. Recordar lo que Dios hizo, escuchar su voz, escoger la vida. Suena a un plan que tú podrías cumplir con esfuerzo, pero Deuteronomio terminará confesando algo que conviene oír desde hoy, y es que este pueblo no podrá escoger bien por sí solo, porque su corazón es duro, y necesitará que Dios mismo le dé un corazón nuevo. Ahí está el Evangelio asomándose desde el primer día. Porque el que recordamos al final es Cristo, que nos rescató de una esclavitud peor que Egipto. La voz que escuchamos es la de Cristo, aquel Profeta como Moisés que Dios prometió levantar. Y la vida que escogemos tiene nombre, se llama Cristo mismo, que ya escogió la vida por nosotros cuando nosotros no podíamos. La tríada no es una escalera que subimos con nuestras fuerzas, es la obra que Dios hace en los que ama.

Reflexión y oración

Recuerda y la memoria despertará tu fe; escucha y la fe nacerá de oír; y entonces escogerás la vida, porque ese es el orden en que la gracia siempre ha obrado en el corazón humano.

Padre, gracias porque antes de pedirnos algo, Tú nos recordaste todo lo que ya habías hecho. Gracias porque nos sacaste de nuestra esclavitud y nos sostuviste en el desierto cuando no lo merecíamos. Danos hoy un corazón que recuerde tu fidelidad, oídos que escuchen tu voz, y la gracia de escoger la vida que solo se encuentra en Cristo. Reconocemos que por nosotros mismos escogeríamos mal, y por eso descansamos en Aquel que escogió bien en nuestro lugar. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 1, Salmos 81-82, Isaías 29, 3 Juan 1

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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