Dejamos atrás el primer bloque, el escenario del fracaso, y entramos de lleno en la larga sección de los libertadores, donde el mismo ciclo se repite y cae más hondo cada vez. Ya conocimos a Otoniel, a Aod y a Samgar. Hoy Israel vuelve a hacer lo malo y termina bajo Jabín, un rey cananeo con novecientos carros de hierro, algo así como los tanques de guerra de aquel tiempo, que lo oprimió veinte años. Otra vez clamaron, y otra vez Dios respondió. Pero esta vez no lo hizo a través de un solo hombre.
Entendiendo el pasaje
Dios levanta primero a Débora, profetisa y jueza, la única mujer que gobierna en todo el libro. Guiaba al pueblo con la Palabra del Señor, y a ella acudían para que los dirigiera. Conviene una aclaración de paso, porque el texto no está enseñando aquí sobre los oficios de la iglesia, está mostrando a Dios usando un instrumento que nadie habría escogido en medio de la angustia de Israel. Débora sabe que la liberación vendrá por la confrontación, y también sabe que no le toca a ella ir al frente. Así que llama a Barac. Él le pide que lo acompañe, no tanto por miedo como por asegurarse de que la dirección de Dios iría con él, y sale a convocar a las tribus.
Barac va en clara desventaja. Frente a un ejército con toda su artillería, ganar era imposible por fuerza humana. Y ahí está el punto, porque fue el Señor mismo quien desbarató a Sísara y a todos sus carros delante de Barac, tal como en otro tiempo había atraído a Faraón al mar para destruirlo. Sísara huye a pie y termina en la tienda de Jael, una mujer extranjera cuya familia tenía pacto con el rey enemigo. Cualquiera habría pensado que ahí estaría a salvo. Pero Jael lo recibe, lo acuesta, y cuando el hombre duerme rendido toma una estaca de las que sostienen las tiendas y le atraviesa la cabeza. No suavizo la escena, el narrador la cuenta sin adornos y es tan violenta como suena. El honor de vencer al capitán más temido de la región cayó sobre una mujer que nadie tenía en cuenta, tal como Débora lo había anunciado. Con Jabín ya sometido, la tierra queda libre.
Tres verdades bíblicas
1. Dios pelea por los que no pueden pelear solos
Haz las cuentas de esa batalla y no cierran. Un pueblo oprimido y mal armado contra novecientos carros de hierro. Por fuerza humana, la guerra estaba perdida antes de empezar. Y sin embargo, fue el Señor quien quebró a Sísara y a toda su artillería, y hasta hizo crecer el torrente para arrastrar los carros en los que el enemigo confiaba. El caballo se prepara para el día de la batalla, dice el proverbio, pero la victoria es del Señor. La fe verdadera no te lanza a medir tus propias fuerzas, te lleva a descansar en Aquel que pelea por ti. Y eso vale para esa batalla que hoy te queda grande, la que sabes bien que no vas a ganar por tu cuenta.
2. Dios se sirve de un equipo, pero la gloria es de uno solo
Mira quiénes intervienen. Débora que anima, Barac que pelea, Jael que remata. Y ninguno es el héroe de la historia. Si nos quedáramos en la superficie, saldríamos alabando el coraje de Débora, la fe de Barac y la audacia de Jael. Pero esta historia no se trata de las hazañas de estos hombres y mujeres, sino del Dios que los usó para cumplir su plan. Barac lo tenía claro, sabía que la gloria de la victoria no sería suya y peleó de todos modos. Y fíjate a quiénes escogió Dios para su obra, una mujer y una extranjera, gente que su mundo pasaba por alto, para que a nadie se le ocurriera repartirse el crédito. Si Dios te usa para algo, no lo confundas con mérito tuyo. Y si te crees demasiado pequeño para que te use, ya viste que ese nunca ha sido un problema para Él.
3. Cristo no solo liberta, también gobierna con su Palabra
Débora deja ver algo que los jueces guerreros apenas dejaban ver. Antes de que se desenvaine una sola espada, ella ya está gobernando, juzgando y guiando al pueblo con la Palabra del Señor. Es una libertadora que además dirige. Y ahí asoma, todavía en sombra, el retrato de Cristo. Él nos saca de la opresión del pecado y, a la vez, reina sobre su pueblo con justicia por medio de su Palabra. Nos rescató para gobernarnos con verdad, no para dejarnos a la deriva. Ese reinado es la mejor noticia que hay, porque ninguno de estos jueces logró gobernar el corazón que libraba.
Reflexión y oración
Dios repartió la tarea entre varias manos para dejar claro que la gloria de la victoria cabe en una sola, la suya.
Señor, gracias porque peleas por nosotros las batallas que nos quedan grandes, esas que no podemos ganar con nuestras propias fuerzas. Reconocemos que muchas veces confiamos en lo que tenemos y en lo que sabemos hacer, cuando la victoria siempre vino de tu mano. Gracias porque nos diste en Cristo un Libertador que también es nuestro Rey, que nos rescató del pecado y nos gobierna con su Palabra. Ayúdanos a servirte sin andar buscando el crédito, contentos de ser instrumentos en tus manos. Que toda la gloria sea tuya y de nadie más. En el nombre de Cristo, amén.
