Un pueblo que clama y un Dios que liberta

«Pero cuando los israelitas clamaron al Señor, el Señor levantó un libertador a los israelitas para que los librara.» (Jueces 3:9, NBLA)

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Ayer el narrador nos adelantó el motor del libro. Hoy lo vemos arrancar por primera vez. Israel vuelve a hacer lo malo, termina sirviendo a los dioses de los pueblos que nunca expulsó, y las consecuencias llegan tal como se le había advertido. Pero en medio de ese desastre pasa algo que no deja de sorprender. El pueblo clama, y Dios responde. No con un reproche, sino con un libertador.

Entendiendo el pasaje

El capítulo nos presenta a los tres primeros jueces, y cada uno llega de una manera distinta. El primero es Otoniel, y ya lo conocíamos del capítulo 1 como el guerrero valiente de la tribu de Judá que se ganó a la hija de Caleb. Es el libertador que uno esperaría. Tiene linaje, experiencia, reputación y convocatoria, y el Espíritu del Señor viene sobre él. Vence a Cusán-risataim y la tierra reposa cuarenta años. El único pero que se le encuentra es que no era eterno. Murió, y con él se acabó la fidelidad del pueblo.

El segundo es Aod, y con él Dios rompe el molde. Era benjamita, pero impedido de su mano derecha, sin historial de guerra ni peso entre sus hermanos. A ese hombre Dios lo usa para acabar con Eglón, el rey de Moab que oprimía a Israel desde que le arrebató Jericó, y que llevaba dieciocho años cobrándoles. Aod entra solo, hace el trabajo solo, y solo después toca la trompeta. Recién entonces el pueblo cobarde reúne valor, lo sigue y aplasta a Moab. La tierra reposa ochenta años. Alguien preguntará por los métodos de Aod, y hay que ser honestos, Dios no está aprobando el engaño ni la violencia como receta. Estamos ante el juicio de Dios cayendo sobre un rey opresor para librar a su pueblo. El tercero es Samgar, del que basta un versículo. Con una aguijada de bueyes mató a seiscientos filisteos y también salvó a Israel.

Tres verdades bíblicas

1. Dios sigue siendo fiel aunque su pueblo no lo sea

Quiero que observes el orden de los acontecimientos. Israel peca, Dios lo entrega a sus enemigos, el pueblo clama, y Dios levanta un libertador. En ninguna parte de ese ciclo Israel se ganó el rescate. Clamaron desde el hoyo que ellos mismos cavaron, y Dios los sacó igual. Hasta los dieciocho años bajo Moab tienen un propósito de amor, porque Dios usa la aflicción para llevar a sus hijos de vuelta a Él. Si hoy sientes el peso de una disciplina, no la leas como que estás dejado y abandonado por Dios. Muchas veces es la mano de un Padre que te sostiene mientras te hace mirar hacia arriba.

2. Dios liberta con los que nadie habría escogido

Otoniel tenía todo el perfil. Aod tenía todo menos el perfil, y Samgar aparece con una herramienta de arar en la mano. Dios no necesita currículos impresionantes. Escoge lo que el mundo descarta para avergonzar a lo que el mundo admira, y así deja claro que la gloria es suya y de nadie más. A ti eso te libera por los dos lados. No te descalifiques pensando que no tienes lo que hace falta, porque Dios no busca tu suficiencia. Y no te envanezcas por lo que sabes hacer, porque hasta eso lo recibiste como un regalo que no pediste.

3. Cristo es el Libertador eterno que peleó solo por nosotros

Todos estos jueces comparten el mismo defecto de fábrica, se mueren, y con ellos se acaba la paz que trajeron. La obediencia de Israel duraba lo que duraba la vida del líder. Un pueblo que solo obedece bajo vigilancia necesitaba algo que ningún juez podía darle, un libertador que no se muriera. Ahí entra Cristo. Él resucitó y ya no vuelve a morir, la muerte no tiene más dominio sobre Él, y por eso el rescate que nos consigue no caduca. Y mira cómo lo hizo. Como Aod, fue despreciado y tenido en poco, sin atractivo que nos hiciera buscarlo, y peleó solo la batalla que nosotros no podíamos pelear. Venció a la muerte, nuestro peor enemigo, y su victoria se volvió la nuestra.

Reflexión y oración

El clamor de un pueblo que no merecía nada fue respondido por un Dios que da todo, y esa sigue siendo la forma en que nos salva.

Señor, gracias porque escuchas el clamor de los que ni siquiera merecen ser escuchados. Reconocemos que muchas veces el hoyo en que nos hundimos lo cavamos con nuestras propias manos, y aun así tú extiendes la tuya. Gracias por levantarnos un Libertador que no se muere, Jesucristo, despreciado por nosotros y victorioso por nosotros. Enséñanos a servirte con gozo, como hijos que aman a su Padre y no como siervos que temen a un vigilante. Y cuando venga la aflicción, ayúdanos a ver en ella tu mano de Padre. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Jueces 3, Hechos 7, Jeremías 16, Marcos 2

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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