En 1831 un joven francés llamado Alexis de Tocqueville cruzó el Atlántico para estudiar cómo funcionaba la democracia en los Estados Unidos. Escribió que los valores cristianos heredados de Inglaterra habían moldeado esa sociedad de arriba abajo. Casi dos siglos después, esa misma nación sirve de ejemplo de lo contrario, una generación que le dio la espalda a Dios y hoy vive las consecuencias de su extravío. Cómo se apaga la fe de una generación a la siguiente es justo el asunto de Jueces 2. Ayer vimos el escenario del fracaso; hoy el narrador se detiene a explicarnos por qué.
Entendiendo el pasaje
El capítulo abre con el ángel del Señor subiendo a Boquim para confrontar al pueblo por sus tratos con los cananeos, y el pueblo llora. Pero enseguida el narrador da un paso atrás y nos cuenta lo que sostiene el libro entero. Mientras Josué vivió, aquella generación sirvió al Señor. Cuando murió, se levantó otra que, según el texto, no conocía al Señor ni lo que Él había hecho por Israel. No es que les faltara información. Habían oído de la salida de Egipto y del Jordán abierto. Lo que no tenían era trato con Dios, una relación viva con Él. Y el texto reparte la culpa con honestidad, porque los padres fallaron en transmitir la fe y los hijos endurecieron su propio corazón.
Enseguida el narrador nos adelanta el motor del resto del libro. Israel abandona al Señor y se va tras otros dioses, Dios los entrega en manos de sus enemigos y los aflige, ellos claman, Dios levanta un juez que los libra, viene un tiempo de descanso, y en cuanto llegan los buenos tiempos vuelven a lo mismo. Otra vez, pero cada vez más abajo. No gira en círculo, desciende en espiral. Y lo inquietante es que ese patrón nunca fue exclusivo de Israel. Romanos 1 describe el mismo descenso en todo ser humano, donde Dios se revela, los hombres lo rechazan, adoran ídolos y quedan entregados a su propia maldad. Ningún juez pudo cortar el ciclo de raíz, porque la raíz estaba en el corazón, y a ese lugar ningún libertador de Israel alcanzaba a llegar.
Tres verdades bíblicas
1. Una generación puede perder a Dios en un solo relevo
Entre la generación que sirvió al Señor y la que lo desconoció no hubo siglos, hubo un solo relevo. Un eslabón que se soltó. Eso debería quitarnos el sueño a quienes tenemos hijos, alumnos, sobrinos o hermanos menores en la fe. Enseñar el Evangelio a los que vienen detrás es una de las encomiendas más serias que Dios nos deja, y hacerla no garantiza que ellos crean, pero al menos deja limpias nuestras manos. Y hay algo más para ti aquí. Conoce a Dios por lo que Él es, y no solamente por lo que hace en tu vida. Una fe sostenida únicamente por experiencias se apaga el día que las experiencias no llegan. Aprende a amarlo por su santidad, su justicia, su misericordia y su fidelidad, y no dejes de asombrarte nunca de quién es.
2. El corazón humano fabrica ídolos
No fuimos mejores que aquella generación, y tampoco lo somos hoy. El ciclo que el narrador describe sigue vivo en nosotros. Cuando Dios queda desplazado del centro, el hueco no se queda vacío, algo ocupa su lugar, casi siempre un dios más cómodo, uno que podamos servir sin que nos incomode demasiado. Se ha dicho que el corazón humano es una fábrica de ídolos que nunca cierra. Por eso este texto nos pone a nosotros frente al espejo y nos llama a arrepentirnos. Pregúntate con honestidad qué ha estado ocupando últimamente el lugar que solo le corresponde a Dios.
3. Cristo es el Juez que sí puede cambiar el corazón
Aquí está la salida que el libro empieza a pedir. Si el problema estaba en el corazón, hacía falta un juez capaz de cambiar el corazón, y ninguno de los que veremos en estas páginas pudo hacerlo. Libraban del enemigo de afuera y dejaban intacto el de adentro. Cristo vino a nuestro rescate y llegó hasta la raíz. Nos libró de la opresión del pecado y nos dio un corazón nuevo, ese corazón circuncidado que Dios había prometido desde Deuteronomio y que ningún esfuerzo humano podía producir. Donde cada juez de este libro se queda corto, Él tiene éxito, y nos devuelve a adorar a Dios.
Reflexión y oración
El enemigo más peligroso del pueblo de Dios nunca estuvo en los valles con carros de hierro, sino en el corazón que ningún juez podía cambiar.
Señor, gracias porque tú no te olvidas de una generación a otra como nosotros nos olvidamos de ti. Reconocemos que llevamos dentro la misma inclinación de aquella generación que te conoció de lejos y terminó sirviendo a otros dioses. Confesamos los ídolos que seguimos fabricando y te pedimos perdón. Gracias porque nos diste un Juez que nos libró de nuestros enemigos y además nos dio un corazón nuevo para amarte y servirte. Ayúdanos a conocerte por lo que eres y a dejar tu Evangelio como herencia a los que vienen detrás. En el nombre de Cristo, amén.
