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Dios no es injusto

Romanos 9:14-24
27 Sep 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 9:14-28

Una de las consecuencias más grandes que el pecado trajo a nuestra vida fue la distorsión de nuestra imagen de Dios. Y empezó con la primera tentación. En el huerto, la serpiente no le ofreció a Eva un placer ni una riqueza. Le ofreció un puesto: “serán como Dios”. Desde entonces, el corazón humano trabaja en la misma dirección, hacia arriba para nosotros y hacia abajo para Dios. Construimos dioses a nuestra medida, y en nuestra mente armamos imágenes de Dios que no se corresponden con el Dios verdadero.

Pablo ya lo había dicho en el primer capítulo de esta carta. Cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen. Eso hace la idolatría. No siempre fabrica una estatua; muchas veces fabrica una idea. Una idea de Dios más pequeña, más manejable, más parecida a nosotros.

Y por eso, cuando nos encontramos con el Dios de la Biblia, un Dios que gobierna, que escoge, que es soberano, que dispone de su creación para su propia gloria, algo en nosotros se resiste. Lo sentimos como un Dios que nos quita derechos. Un Dios egoísta, megalómano, injusto. Súmele a eso el aire que respiramos en esta época, una cultura que pone al hombre en el centro, que habla de mis derechos, de mi territorio, de mi espacio, de mi verdad. En un mundo así, la idea de un Dios que gobierna todas las cosas se oye casi como una ofensa. Y la resistimos, no porque la idea sea mala, sino porque nuestro corazón sigue queriendo el puesto que la serpiente le ofreció a Eva.

Así que necesitamos una idea robusta de Dios. Y eso es precisamente lo que Pablo nos da en este pasaje. A lo largo de Romanos nos ha enseñado mucho sobre la salvación, pero aquí va más allá. Antes de hablarnos de lo que Dios hace, nos está mostrando quién es Dios, su majestad, su soberanía, su grandeza. Y para mí esto es clave, porque no vamos a entender cómo obra Dios nuestra salvación mientras no entendamos qué tan grande es el Dios que nos salva.

Ahora, no vamos a esquivar el debate. Este es un pasaje difícil, y lo reconozco. Pero nos vamos a quedar en él.

Acuérdense de dónde quedamos el domingo pasado. Vimos a Dios llamando a Isaac y no a Ismael, a Jacob y no a Esaú, antes de que nacieran, antes de que hicieran bien o mal. Vimos a un Dios que escoge según su voluntad y no según los méritos. Y les dije que si al escuchar eso les nacía una pregunta, iban por buen camino, porque era la misma pregunta que Pablo se hace ahora en el versículo 14: ¿hay injusticia en Dios?

Pero antes de responderla, tenemos que ponernos de acuerdo en qué estamos preguntando. ¿Qué significaría que Dios fuera injusto? Significaría que Dios le da a alguien menos de lo que merece. O que castiga a un inocente. Eso es injusticia. Y tenemos que cuidarnos de no medir a Dios con otra regla, con la regla de lo que a nosotros nos parece justo según nuestras preferencias, porque esa regla ya viene torcida desde el huerto.

Entonces la pregunta queda así. ¿Le ha dado Dios a alguien menos de lo que merecía? ¿Ha castigado a algún inocente? No les voy a dar la respuesta todavía. Vamos a dejar que Pablo nos la dé, argumento por argumento. Y al final de la mañana, espero que lleguemos juntos a esta convicción:

Dios no es injusto: es libre en su misericordia, soberano sobre su creación, y glorioso en todo lo que hace.

1. Dios no es injusto porque es misericordioso

¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo! Porque Él dice a Moisés: “Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré compasión del que Yo tenga compasión”. Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: “Para esto mismo te he levantado, para demostrar Mi poder en ti, y para que Mi nombre sea proclamado por toda la tierra”. Así que Dios tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere.

Pablo responde como ya lo ha hecho otras veces en esta carta, poniendo en boca de un interlocutor la objeción que sabe que sus lectores tienen en la cabeza. “¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios?” Y la respuesta es la misma que dio en el capítulo 6, cuando le preguntaron si debíamos seguir pecando para que abundara la gracia: “¡De ningún modo!”. Es la expresión más fuerte que tenía a mano. No hay ni la más mínima posibilidad.

Y el pasaje podría haberse quedado ahí, ¿verdad? Dios no es injusto, y punto. Créelo porque lo digo. Pero Pablo no hace eso. No nos deja con una afirmación en el aire. Se mueve, argumenta, y lo primero que pone sobre la mesa es que Dios no puede ser injusto, porque lo que ha mostrado es misericordia.

“Muéstrame tu gloria”

Para sostener esto, Pablo cita a Moisés: “Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia”. Miren el contexto de esa frase. Estamos en Éxodo 33. El pueblo acaba de adorar al becerro de oro, Moisés ha intercedido por ellos, y entonces le hace a Dios una petición atrevida: “Te ruego que me muestres tu gloria”. ¿Y qué le responde Dios? Le dice que hará pasar su bondad delante de él, que proclamará su nombre, y ahí mismo pronuncia esta frase sobre su misericordia.

Moisés pidió ver la gloria de Dios, y Dios le mostró su misericordia soberana. Es decir, la misericordia no es algo que Dios hace de vez en cuando; es parte de quién es Él, y es una de las maneras en que se revela. Cuando Dios tiene misericordia de quien quiere, no está haciendo algo arbitrario. Está mostrando su gloria.

La misericordia no se debe

Pensemos un momento en qué es la misericordia. Misericordia es darle a alguien lo que no merece, por pura bondad de quien la da. Y es también no darle el castigo que sí merece. Algunos distinguen las dos cosas diciendo que la gracia me da lo que no merezco y la misericordia me evita lo que merezco. Es una distinción útil, pero en la Escritura las dos caras vienen juntas. Cuando Dios tiene misericordia, no solo me quita el castigo de encima; también se inclina hacia mí con un favor que yo nunca trabajé.

Si la misericordia fuera algo que me corresponde, dejaría de ser misericordia y se convertiría en salario. Nadie le agradece al patrón por el pago de la quincena como si fuera un regalo; se lo ganó. La misericordia, por definición, no se le debe a nadie.

Por eso nadie puede reclamarla. Uno no puede pararse delante de Dios con un pliego de peticiones, como hacen los sindicatos, y decir: “primer punto, exigimos misericordia”. No existe esa posibilidad. El que exige misericordia no ha entendido lo que está pidiendo.

Y ahora volvamos a la definición de injusticia que dimos al principio. Injusticia sería darle a alguien menos de lo que merece. ¿Qué merecíamos nosotros? Ya lo vimos en los primeros capítulos de esta carta. Todos pecaron, toda boca se cierra, el mundo entero está bajo el juicio de Dios. Así que cuando Dios tiene misericordia de uno, no le está quitando nada al otro. Al que deja en su pecado le da exactamente lo que merecía. Al que salva le da infinitamente más. En ninguno de los dos casos hay injusticia. Dios no puede ser injusto por no dar lo que nadie tenía derecho a recibir.

Esto nos muestra además que la misericordia no es lo opuesto a la justicia. De hecho, Dios no podría ser misericordioso si no fuera justo. La misericordia solo tiene sentido donde hay un castigo merecido. Si no hubiera justicia, no habría nada de qué tener misericordia. Y más adelante vamos a ver dónde se juntan las dos.

“Ni del que quiere ni del que corre”

Entonces Pablo saca la conclusión en el versículo 16: “no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”. Ni la voluntad humana ni el esfuerzo humano deciden esto.

Y con este versículo pasa algo curioso, algo parecido a lo que hoy llaman el efecto Mandela, esos recuerdos equivocados que mucha gente comparte. Hay personas que lo citan de memoria y sin darse cuenta lo cambian. Dicen: “no depende del que quiere ni del que corre, sino de aquel de quien Dios tiene misericordia”. Parece un detalle, pero cambia el sujeto. En esa versión el protagonista vuelve a ser el que recibe. El texto dice otra cosa. Depende de Dios, del que tiene misericordia. Él es el sujeto de la frase, y Él es quien decide.

Faraón

Y para que no quede duda, Pablo pone un segundo ejemplo, esta vez del otro lado. “Para esto mismo te he levantado, para demostrar Mi poder en ti, y para que Mi nombre sea proclamado por toda la tierra.” Y concluye: “Dios tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere”.

Aquí vemos las dos caras de la libertad de Dios. Mientras mostraba misericordia al pueblo de Israel, Dios dejaba a Faraón en su propio endurecimiento. Y fue ese endurecimiento el que sirvió de escenario para que Dios desplegara su poder. Las plagas, la noche de la pascua, el mar Rojo abriéndose para unos y cerrándose sobre otros. Todo eso fue un despliegue de la gloria de Dios.

¿Y llegó a toda la tierra, como dijo el texto? Cuarenta años después, cuando los espías de Israel entran a Jericó, Rahab les dice: “hemos oído cómo el Señor secó las aguas del mar Rojo delante de ustedes, y al oírlo se nos derritió el corazón”. El nombre de Dios había viajado más rápido que el pueblo. La resistencia de Faraón terminó anunciando la grandeza de Dios en Canaán.

Guarden esto, porque vamos a volver a Faraón al final. Por ahora noten cómo Dios entreteje sus atributos. Su soberanía, su misericordia y su justicia se mueven juntas hacia un mismo propósito, que es mostrar su gloria.

Así que, volviendo a la pregunta, ¿puede ser injusto un Dios así? No. El Dios que tiene misericordia no le debe misericordia a nadie. Y cuando la muestra, no le quita nada a nadie. Lo que hace es desplegar su gloria.

2. Dios no es injusto porque es soberano

Me dirás entonces: “¿Por qué todavía reprocha Dios? Porque ¿quién resiste Su voluntad?”. Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: “Por qué me hiciste así”? ¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honorable y otro para uso ordinario?

Seguramente esa última mención de Faraón les despertó otra pregunta. Y es la misma que Pablo pone ahora en boca de su interlocutor: “¿Por qué todavía reprocha Dios? Porque ¿quién resiste Su voluntad?”.

Dicho en nuestras palabras, si es Dios el que endurece y es Dios el que llama, ¿cómo puede culpar a alguien que no puede venir a Él? Si nadie puede resistir su voluntad, ¿con qué derecho le pide cuentas a Faraón?

Y quiero decirles que es una buena pregunta. Es honesta, y tiene mucho peso. No la vamos a despachar como si fuera la pregunta de un rebelde. Muchos creyentes sinceros se la han hecho con lágrimas.

También es importante aclarar que esto parte de un supuesto falso, y es que Dios es quien produce el endurecimiento de los que le resisten, y eso es de lo que se ocupa este pasaje, de mostrar que no es Dios quien activamente endurece, como algunos pudieran pensar.

Pero antes,  fíjense en cómo responde Pablo, porque a primera vista puede parecer que le saca el cuerpo a la pregunta. “Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios?”

Alguien podría decir: “eso no es una respuesta, eso es callar al que pregunta”. Pero sí es una respuesta, solo que no viene desde nuestro concepto de justicia, sino desde lo que significa que Dios sea el dueño de todas las cosas.

Pablo no ofrece una explicación filosófica sobre cómo encajan la soberanía de Dios y la responsabilidad humana. Lo que hace es cambiar la pregunta. Deja de discutir el caso y mira al que lo está presentando.

Y aquí tenemos que evitar un riesgo, porque este argumento se puede entender mal. “Dios no es injusto porque es soberano” puede sonar a que el poder da la razón, a un Dios que dice “acepta lo que hago porque yo soy el dueño, y punto”. No es eso.

La soberanía de Dios nunca opera separada de su carácter. El Dios que Pablo presenta en este punto es el mismo que acabamos de ver en el punto anterior, el que tiene misericordia, el que se inclinó sobre un pueblo que acababa de adorar un becerro. Su soberanía es la soberanía de alguien bueno. Por eso podemos descansar en ella.

Los pájaros tirándole a las escopetas

¿Qué detecta Pablo detrás de la objeción? Lo mismo que vimos en la introducción. Otra vez el Edén. Otra vez la criatura queriendo el puesto del Creador. En esta pregunta, el hombre se sienta en el estrado y pone a Dios en el banquillo de los acusados. Le pide explicaciones, le exige que justifique sus decisiones delante de un tribunal humano. Como decimos por acá, los pájaros tirándole a las escopetas.

Y esto no es nuevo en la Biblia. Job pasó capítulos enteros pidiéndole a Dios que se presentara a dar cuentas. Y cuando Dios por fin le habla desde el torbellino, no le da una explicación de lo que había pasado. Le hace preguntas: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?”. Es el mismo movimiento de Pablo. Dios no se niega a responder; lo que hace es poner a cada uno en su lugar. Y Job, al final, no terminó con todas sus preguntas resueltas. Terminó adorando.

Y para que nadie salga de aquí con una idea equivocada, Pablo no está diciendo que el hombre no sea responsable. Unos versículos más adelante, al final de este capítulo y en todo el capítulo 10, va a decir con toda claridad que Israel no alcanzó la justicia porque no la buscó por fe, y que Dios le extendió las manos todo el día a un pueblo rebelde. La responsabilidad humana sigue en pie. Lo que Pablo no acepta aquí es la actitud de la criatura que se cree con derecho a juzgar a su Creador.

El alfarero

Entonces Pablo toma una imagen que sus lectores conocían bien, la del alfarero. “¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: ‘¿Por qué me hiciste así?’? ¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro?”

La imagen viene de los profetas. Isaías la usó con palabras muy parecidas: “¡Ay del que contiende con su Hacedor! ¿Dirá el barro al alfarero: ‘¿Qué haces?’”. Y Jeremías bajó a la casa del alfarero para ver cómo Dios trabaja con su pueblo.

Lo que Pablo quiere mostrar con esa figura es que Dios tiene derecho sobre su creación por el simple hecho de haberla hecho. El universo es su reino, y la gloria es suya, no nuestra. El barro no existe antes que el alfarero, ni le presta el material. Todo lo que el barro es, lo recibió de las manos que lo formaron.

Y fíjense en un detalle del versículo 21: “de la misma masa”. El alfarero hace un vaso para uso honroso y otro para uso ordinario, pero los dos salen del mismo barro. Nadie llega al torno con mejor material que otro. Esto nos devuelve al punto anterior. Si Dios hace de uno un vaso de honra, no es porque ese pedazo de barro fuera mejor. Es porque el alfarero decidió darle ese uso.

Una razón que está en Él

Pablo vuelve otra vez al mismo lugar. En el punto anterior vimos que Dios muestra su gloria en su misericordia. Ahora vemos que también la muestra en su soberanía. Cuando el alfarero hace un vaso para honra y otro para uso ordinario, en los dos está mostrando que Él gobierna todas las cosas. La gloria de Dios no brilla solo cuando hace lo que nos gusta. Brilla también cuando hace lo que no entendemos.

Y eso nos lleva a reconocer algo con humildad. Nosotros no estamos en condiciones de cuestionar por qué Dios hace las cosas como las hace. Y si Dios se sentara a darnos todas las explicaciones, seguramente ni siquiera estaríamos preparados para entenderlas.

Es como un niño de cuatro años que le pide a su papá que le explique por qué tienen que operarlo. El papá tiene razones, y son buenas razones, pero el niño no tiene todavía con qué recibirlas.

Ahora, cuidado, porque esto no significa que Dios actúe sin razón, o que sus decisiones sean arbitrarias, como quien tira una moneda al aire. Dios sí tiene razones. Lo que pasa es que esas razones están en Él, y las ejerce en pleno uso de su sabiduría y de su voluntad.

Moisés lo dijo así: “las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las reveladas nos pertenecen a nosotros”. Y Pablo mismo va a cerrar este bloque, al final del capítulo 11, no con una explicación sino con una doxología: “¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios! ¿Quién ha conocido la mente del Señor?”.

Así que la pregunta del versículo 19 recibe esta respuesta: Dios no es injusto, porque es el Creador, y la criatura no tiene un tribunal superior al cual apelar contra Él. Y el que así lo entiende no se queda con un Dios tirano. Se queda con un Dios al que puede confiarle incluso lo que no entiende.

3. Dios no es injusto porque hace todo para Su Gloria

¿Y qué, si Dios, aunque dispuesto a demostrar Su ira y hacer notorio Su poder, soportó con mucha paciencia a los vasos de ira preparados para destrucción? Lo hizo para dar a conocer las riquezas de Su gloria sobre los vasos de misericordia, que de antemano Él preparó para gloria, es decir, nosotros, a quienes también llamó, no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles.

Pablo sigue avanzando en su razonamiento, pero cambia de forma. Ya no responde a una objeción. Lanza una pregunta que se queda abierta: “¿Y qué, si Dios…?”. Y nunca termina la frase. La deja en el aire para que nosotros la completemos. ¿Y qué, si Dios quiso hacer esto? ¿Quién podría reclamarle?

Esta pregunta amplía lo que venimos viendo en el punto anterior. Si el alfarero tiene derecho sobre el barro, Pablo ahora nos muestra para qué usa ese derecho. Y la respuesta es la misma que hemos encontrado en cada paso, para su gloria.

Faraón otra vez

Les pedí que guardaran a Faraón, y aquí vuelve. Es esto,  Dios, “aunque dispuesto a demostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia a los vasos de ira”. Es la historia del Éxodo, de nuevo. Dios soportó a Faraón plaga tras plaga. Le dio diez oportunidades. Y cuando por fin llegó el juicio, ese juicio anunció el nombre de Dios hasta Jericó.

Noten que antes de mencionar la ira, Pablo menciona la paciencia. Incluso con los vasos de ira, lo primero que hace Dios es aguantar.

Eso desarma la imagen del Dios megalómano que mencionamos al principio. Un tirano caprichoso no espera. Dios espera, y espera mucho.

Gloria en la misericordia y gloria en el juicio

Dios dispuso soberanamente mostrar su gloria de dos maneras, a través de la misericordia y a través del juicio. Nos cuesta aceptar la segunda. Pensamos que Dios solo es glorificado cuando salva. Pero ¿quién dice que Dios no es glorificado cuando muestra su justicia? Un juez que nunca condena al culpable no es un juez bueno. Cuando Dios juzga el pecado, está mostrando que el pecado le importa, que su santidad no es un adorno y que su palabra se cumple.

Ahora bien, para no salir de aquí con una idea torcida, tenemos que leer con cuidado cómo lo dice Pablo, porque no lo dice en espejo.

De los vasos de misericordia dice que Dios “de antemano preparó para gloria”. El verbo está en voz activa y el sujeto es Dios. Él los preparó.

De los vasos de ira dice solamente que estaban “preparados para destrucción”. Aquí el verbo cambia de forma. Ya no dice quién los preparó. Esto puede leerse incluso, según algunos comentaristas,  como “se prepararon a sí mismos”. Y se observa algo más: en este contexto, Pablo nunca usa las palabras “llamado” o “elección” para hablar de los que se pierden.

¿Por qué ese cambio? Porque las dos cosas no son de la misma clase. Pablo ya nos enseñó en el capítulo 5 que todos somos partícipes del pecado de Adán y que estamos bajo sentencia de muerte por nuestro propio pecado. Así que cuando Dios salva a alguien, actúa por pura gracia, dándole una bendición que no merece. Pero cuando Dios deja a alguien bajo su ira, no está creando un pecado que no existía. Lo está dejando en el destino que esa persona ya escogió.

Por eso tenemos que decir con claridad que Dios no es el autor del mal. El endurecimiento del que habla el versículo 18 no significa que Dios tome un corazón neutral y le meta la dureza. Ese endurecimiento no produce la insensibilidad espiritual; mantiene a las personas en el estado de pecado que ya han escogido. Es lo mismo que vimos en el capítulo 1: los hombres cambiaron la verdad por la mentira, y entonces Dios los entregó a lo que ya estaban deseando.

Dios salva activamente. Al que se pierde lo entrega a su propio pecado.

Los dos malhechores

Hay una escena en los evangelios que muestra todo esto. Jesús crucificado entre dos malhechores.

Solemos imaginar que uno de los dos era un poco mejor, un poco más sensible, un poco más merecedor. Pero los evangelios no dicen eso. Mateo y Marcos cuentan que al principio los dos lo injuriaban. Los dos estaban ahí por razones justas; uno de ellos lo reconoció: “nosotros padecemos justamente”. Los dos eran pecadores y los dos estaban de la misma masa.

Y Dios mostró su gloria en los dos. En uno, salvándolo en su última hora: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. En el otro, dejándolo en el pecado que él mismo eligió hasta el final. Al primero le dio lo que no merecía. Al segundo no le dio menos de lo que merecía. En ninguno de los dos hubo injusticia.

Pero fíjense dónde ocurre esta escena. Ocurre en la cruz. Y la cruz es el lugar donde Dios exhibe que la justicia y la misericordia, ambas dan gloria a Su nombre. Como lo vimos en el primer punto.

Ya lo predicamos en el capítulo 3, cuando vimos que Dios exhibió a Cristo en la cruz para ser el justo y el que justifica. El ladrón que entró al paraíso no entró porque Dios hiciera la vista gorda. La justicia sobre su pecado se estaba cumpliendo a dos metros de él, en el cuerpo del que colgaba en la cruz del medio.

Pedro dirá en Pentecostés que Jesús fue entregado “por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios”, y que fue crucificado por manos de impíos. El acto más perverso de la historia humana estuvo, al mismo tiempo, bajo el gobierno soberano de Dios. Los que lo crucificaron son culpables, y Dios usó ese pecado para la mayor muestra de su gloria. Si Dios pudo hacer eso con la cruz, puede hacerlo con cualquier cosa.

Y entonces Pablo cierra la frase con la palabra que estábamos esperando. Los vasos de misericordia somos “nosotros, a quienes también llamó, no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles”.

Después de tres puntos hablando de alfareros, de barro y de Faraón, Pablo aterriza en esta sala. Tú y yo éramos de la misma masa que el malhechor que se perdió. Si hoy somos vasos de misericordia, no es porque fuéramos mejor barro. Es porque Dios nos llamó.

—

Hermanos, este ha sido un pasaje denso, y hasta aquí me he cuidado de no aplicar nada, porque quería que llegáramos con las ideas claras. Dios salva para su gloria. Y Dios deja a algunos en sus pecados, y eso también es para su gloria. Ahora sí, ¿qué hacemos con esto?

Para el que ya fue alcanzado

Pensar así acerca de nuestra salvación es glorioso. Nosotros éramos pecadores destinados a la condenación, de la misma masa que el malhechor que se perdió, y si no fuera por la misericordia de Dios, allá estaríamos. Esto se trata de Dios y no de nosotros.

¿Y cómo no rendirle la vida entera al Dios que nos redimió de esa manera? ¿Cómo no vivir con gratitud? ¿Cómo no servirle con todo el corazón? Entre más clara tenemos la misericordia en la mente, más crece el deseo de honrarlo y de vivir en santidad. El que entendió de dónde lo sacaron no quiere volver.

Por eso, si alguien toma esta doctrina como pretexto para pecar, “si ya fui escogido, da igual cómo viva”, lo que muestra es que no ha entendido ni la misericordia ni el juicio. Cuando Moisés le pidió a Dios “muéstrame tu gloria”, en el pasaje que Pablo cita, Dios pasó delante de él y proclamó su nombre: compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia. Pero en la misma frase agregó: y que de ningún modo tendrá por inocente al culpable. Las dos cosas están en el mismo nombre. No se puede quedar uno con la mitad.

Para el que todavía está afuera

Y ahora quiero hablarle al que está aquí y sabe que todavía no está en Cristo. Escucha la primera mitad de ese nombre, porque también es para ti. Dios es lento para la ira y grande en misericordia. Dios no se deleita en la condenación de las criaturas que hizo para su gloria. No está esperando la oportunidad de vengarse. Por el profeta Ezequiel dijo: no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva de su camino y viva. Y Pedro escribe que el Señor es paciente, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento.

Acuérdate de Nínive. Era una ciudad sentenciada. Jonás caminó por sus calles anunciando que en cuarenta días sería destruida. Y el pueblo se arrepintió, desde el rey hasta el último, y Dios tuvo misericordia.

Así que no te entregues al juicio mientras el Señor todavía te está extendiendo misericordia. Hoy es mi responsabilidad decírtelo: si oyes hoy su voz, no endurezcas tu corazón. Escapa por tu vida, como le dijeron los ángeles a Lot. Y si hay en ti aunque sea un poco de ese deseo, una inquietud que no sabes explicar, un peso que te acompaña desde que empezó el sermón, no lo tomes a la ligera. Es el Señor impulsándote a venir a Él. Y como si Dios rogara por medio de mí, te lo digo con las palabras de Pablo: reconcíliate con Dios. Ven a Cristo.

La tensión que no vamos a resolver

Soy consciente de que hay una tensión aquí. Acabo de predicar que todo depende de Dios que tiene misericordia, y en el mismo sermón te llamo a no endurecer tu corazón. Parece que se contradice. Pero ese es el misterio del que hablamos, el lugar donde se encuentran la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre, y no lo podemos desenredar del todo.

Lo que sí sé es que Pablo vivió en esa misma tensión sin problema. El mismo hombre que escribió el capítulo 9 abre el capítulo 10 diciendo que el deseo de su corazón y su oración a Dios por Israel es que sean salvos. Y unos versículos después pregunta: ¿cómo creerán si no hay quien les predique?

Así que la salvación es del Señor, pero la urgencia es nuestra. Y tenemos que pensar siempre que cada día es una gracia extendida, una oportunidad más de venir a Cristo. Si todavía no has venido, no desperdicies la de hoy.

—

Empezamos esta mañana en el huerto, con una oferta: “serán como Dios”. Y dijimos que desde entonces el corazón humano trabaja en la misma dirección, subiéndose a sí mismo y bajando a Dios, hasta fabricarse un Dios pequeño, a su medida, que no gobierna ni escoge ni juzga.

Ese Dios pequeño nunca nos va a incomodar. Pero tampoco nos va a poder salvar.

Un Dios que no es libre en su misericordia no te puede dar lo que no mereces. Un Dios que no es soberano no puede garantizar que te va a sostener hasta el final. Y un Dios que no hace todo para su gloria acaba girando alrededor de ti, y tú no eres suficiente centro para nadie.

El Dios de Romanos 9 es otro. Es libre en su misericordia, soberano sobre su creación, y glorioso en todo lo que hace. Ese Dios no es injusto. Es el único que puede salvar.

Así que hoy solo hay dos lugares donde ponerse delante de Él. Uno es el estrado, el del hombre que le pide cuentas a Dios, que lo sienta en el banquillo y le exige que se explique. El otro es el suelo, el lugar del barro en manos del alfarero, del malhechor que dijo “acuérdate de mí”, de Job cuando terminó de hablar.

Te invito a bajarte del estrado. Si eres de Cristo, bájate para adorar, porque la misericordia que recibiste no te la debían. Y si todavía no lo eres, bájate hoy para pedirla, porque el mismo Dios que endureció a Faraón fue el que se compadeció de Nínive, y todavía te está extendiendo su paciencia. No le discutas. Ríndete a Él.

Oremos.