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El llamado del Rey: dos cimientos

Mateo 7:24-27
1 Mar 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Mateo 7:24-27

Llegamos al final de este Sermón del Monte y permítanme hacer una breve recapitulación de lo visto hasta ahora:

1. Hemos concebido el Sermón del Monte como las palabras de un rey para su reino.

2. El rey ha hablado a su pueblo acerca de las demandas que él espera de los que conformarán su reino.

3. Este es un pueblo de bienaventurados a los que se les pide vivir con un estándar alto de ética y de justicia superior a cualquier otro sistema de este mundo con el único propósito de que alumbren en el mundo y muestren así la gloria del rey.

Pero a este reino no se entra automáticamente o solo por nacer; se entra por oír, y se entra por obedecer. La puerta para entrar al reino es una puerta angosta y el camino es un camino estrecho. Hay muchas voces que llaman a caminar por otro camino, a entrar por otra puerta, falsas voces que conducen lejos del camino del reino. Pero hay una voz que llama a entrar por la puerta estrecha, a caminar por el camino angosto, a edificar una casa sobre una roca para que, cuando vengan las tormentas y cuando venga el gran día de la tormenta, la casa permanezca en pie. Esa es la voz del rey, y es la misma voz que encontramos al final de este Sermón del Monte: un llamado enérgico del Señor Jesucristo para que aquellos que oyen su voz pongan su Palabra por obra.

Tampoco quiero que perdamos de vista el enorme paralelo entre estos primeros capítulos de Mateo y la forma en que Dios habló a Israel en su travesía por el desierto: el Señor los hizo un pueblo bienaventurado al llamarlos de entre las otras naciones y rescatarlos de la esclavitud, les dio además sus leyes para que vivieran siendo santos, diferentes a las otras naciones, esto en el Monte Sinaí, y justo antes de entrar a la tierra prometida, en Deuteronomio los llama a escoger si obedecen su voz o la rechazan, porque en efecto, pertenecer al Reino o al pueblo de Dios requiere no solo de escuchar la voz de trueno en el monte o la suave voz del pastor en una montaña, sino de obedecer y poner por obra.

Así que con esas ideas en sus mentes, vamos a abordar este último llamado del Señor, el “Deuteronomio” del Sermón del Monte, el llamado del Rey a que obedezcan y pongan por obra sus palabras.

Y esto es precisamente lo que quiero que se lleven en sus mentes:

Los ciudadanos del Reino son llamados a poner en práctica las palabras del Rey.

Y vamos a seguir un bosquejo muy simple:

1. El llamado del Rey: ser hacedores de la palabra (v. 26-27)

2. La autoridad del Rey: Superior a cualquier otra autoridad (v. 28-29)

1. EL LLAMADO DEL REY: SER HACEDORES DE LA PALABRA (v. 26-27)

El Señor comienza esta parte final de su discurso con estas palabras: “Por tanto”. Eso nos ayuda a ver que todo lo dicho hasta ahora apunta a esta sección. Es una forma de concluir, pero no podía ser más enérgica.

Se dirige a toda la multitud y les da una especie de parábola en la que, al igual que con las dos puertas, dos caminos, dos tipos de profetas, aquí presenta dos tipos de respuesta a la palabra y los ilustra en dos tipos de edificación: una casa edificada sobre la roca y una casa edificada sobre arena.

Este contraste tiene una estricta correspondencia en sus elementos; lo que aplica para uno, aplica también para el otro:

– El tipo de edificación

– La prueba que enfrentan

– El desenlace o resultado.

Vamos a ver cada uno en detalle:

El tipo de edificación

Por un lado, está un hombre que edificó una casa sobre una roca, a quien se le llama sabio, y por otro lado, uno que edificó su casa sobre la arena, a quien se le llama necio.

No vamos a detenernos en los detalles de la construcción, cómo era la casa de cada uno, porque ese no es el propósito de la parábola; el punto es que uno tomó el camino de la sabiduría y el otro el de la necedad. Uno edificó su casa sobre roca y otro sobre arena.

Mucho se ha dicho sobre esta parábola. Usualmente, cuando se nos pregunta quién es la roca sobre la cual debemos edificar, respondemos rápidamente: ¡Cristo! Y aunque eso es absolutamente cierto, que Cristo es la Roca o piedra de construcción, o como señala Efesios 2, que hemos sido edificados sobre la Roca; la verdad es que el mismo texto nos muestra aquí de qué se trata realmente la Roca.

El Señor lo dice con toda claridad: “Cualquiera que oye estas palabras Mías y las pone en práctica”.

Así que podemos ver rápidamente que edificar sobre la roca es equivalente a oír la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Ese es el fundamento sólido del edificio de nuestra vida cristiana.

Del mismo modo, un necio es alguien que escucha la Palabra de Dios y no la pone por obra y, por lo tanto, su fundamento es frágil.

Es interesante esa reafirmación que el Señor hace: Palabras Mías y esto es una referencia a todo lo que ha dicho en el Sermón del Monte sobre la justicia, la piedad, la ética, el amor a los enemigos, el matrimonio, etc., pero también es algo que se extiende a todo el consejo de Dios que nos ha sido dado en las Escrituras, y esto es importante tenerlo en cuenta.

Continuando con los paralelos que el Señor ha hecho, podríamos decir que edificar sobre la Roca es más difícil que edificar sobre arena. En Lucas 6:48, que es un pasaje paralelo, dice Lucas que el sabio es semejante a un hombre que “cavó hondo”; quiere decir que hizo más trabajo hasta encontrar la piedra fundacional y comenzar a construir desde ahí, mientras que el otro construye sobre la tierra, sobre la superficie. Esa es la imagen que el Señor quiere que traigamos a nuestra mente desde la construcción. No es la de alguien que se fue a hacer una casita en la playa y otro que se subió a un cerro rocoso, No, es la de dos personas que invirtieron cierta cantidad de trabajo en los cimientos de su casa y uno tuvo mejor resultado que el otro.

Poner la Palabra por obra no es fácil, requiere diligencia, perseverancia, dependencia del Señor; pero trae fruto permanente.

Por otro lado, escuchar la Palabra de Dios y asombrarse es fácil; no comprometernos a ponerla por obra es fácil, es como una puerta ancha, no vamos a perder nada, no vamos a tener que renunciar a nada, no tendremos que perdonar a nadie, ni poner ninguna otra mejilla, ¿pueden ver dónde está el meollo de la cuestión?

Es fácil fascinarse por las palabras del Señor, asombrarnos por algo que encontramos en la Biblia o sentir que Dios nos habla; el verdadero reto es llevar eso a la práctica.

En una parábola, también aquí en Mateo el Señor ilustró por qué es difícil poner la Palabra por obra, esto es, que la Palabra lleve fruto. En la parábola del sembrador dice que es porque muchas veces el enemigo se roba la Palabra, los afanes de este mundo la ahogan o simplemente no cala profundo y se hace temporal; solo la guardamos por breve tiempo.

Necesitamos pedirle al Señor que nos ayude a ser hacedores de Su Palabra. Hay un gran mal que veo en el pueblo del Señor y es el de personas con mucho conocimiento de la teología e incluso intelectualmente de la Biblia misma, pero a la hora de practicarla, pareciera que se tratara de otra persona, una que nunca se ha expuesto a esas verdades. Eso es trágico. De nada nos sirve conocer todos los misterios de la Biblia y la teología si no traducimos eso en acciones que reflejan lo que Dios espera de nosotros como ciudadanos del reino.

Podemos cantar del perdón del Señor y su gran amor por nosotros con lágrimas en los ojos, hasta que tenemos que perdonar a nuestra esposa o esposo, o a un hermano. Podemos decir amén con todas nuestras fuerzas a las verdades sobre la santidad de Dios, hasta que nos encontramos frente a la tentación y pareciera que todos nuestros afectos se borran.

Mi hermano, encontrar el cimiento, poner la Palabra por obra, te va a costar, pero no dejes de cavar y cavar hasta que lo encuentres, porque es entonces que podrás estar firme y soportar en el día de la prueba.

Y esto nos conduce al siguiente aspecto de este contraste entre el sabio y el necio: la prueba que enfrentan:

La prueba que enfrenta

Tanto el hombre sabio como el hombre necio enfrentaron la misma prueba para sus edificaciones: lluvias, vientos y torrentes que azotaron la casa. Esto es algo con lo que estamos muy familiarizados por estos días; hemos visto casas inundadas completamente, tanto ostentosas como modestas, porque las calamidades no piden permiso.

La referencia a las tormentas aquí y las lluvias bien podría referirse a las pruebas y dificultades de la vida. El problema es, como lo veíamos en Eclesiastés, que muchos necios a veces parecen salirse con la suya y prosperar ante lo que el mundo considera prosperidad; por lo que es mejor asumir que el Señor está usando el lenguaje empleado en Mateo 7:21, el “Aquel día”, en una referencia al día del juicio.

Toda nuestra obra será pesada un día. Puede ser que por momentos veas que vienen vientos y lluvias y parece que la casa sigue en pie, pero recuerda que un día lloverá como nunca antes, y soplarán los vientos como nunca antes, ¿y qué será de tu casa? No tengas en poco el juicio del Señor. Él es muy paciente y misericordioso, pero también hará justicia a toda necedad.

Lo que garantiza poner la Palabra por obra es que somos del Rey y eso es lo que hará que podamos mantenernos en pie el día que todas las cosas sean puestas en orden.

No podemos jugar al cristianismo y pretender que nos saldremos con la nuestra. Tampoco deberíamos esperar a que los días pasen. Hoy los hombres pueden predecir con mucha precisión cuándo será la próxima tormenta, cuál será la velocidad aproximada de los vientos y cuánta lluvia caerá en determinada época; ¡oh!, pero ese día, ese día mi hermano vendrá como ladrón en la noche.

Finalmente, el Señor muestra los resultados que vendrían tanto al sabio que escucha y pone la palabra por obra, como al necio:

El desenlace

La casa del sabio recibió la misma lluvia y tormenta que la del necio, pero se dice que no cayó; mientras tanto, la del necio, toda ella se vino abajo y fue grande su ruina.

Y hay un detalle retórico casi imperceptible; el Señor explica por qué la casa del sabio no cayó: porque estaba sobre la Roca. El Señor no quiere dejarlo a la libertad del lector. La única razón por la que su casa se mantuvo en pie es porque fue alguien diligente en escuchar la Palabra y ponerla por obra.

Pero, observen cómo la ruina del necio no se explica; el Señor no dice por qué, y ese es el detalle retórico; es como cuando dejas una frase incompleta, pero con una respuesta tan obvia que casi que pudieras seguir con la conversación.

También se alega que fue grande su ruina, porque todo lo que edificó se vino abajo. Es la gran pérdida de una vida religiosa o de una espiritualidad basada solo en las apariencias; que es una mala inversión, y al final es solo una fachada que no podrá sostenerse en pie.

Así lo dice Pablo en 1 Cor 3:13-16.

La obra de cada uno se hará evidente; porque el día la dará a conocer, pues con fuego será revelada. El fuego mismo probará la calidad de la obra de cada uno.  Si permanece la obra de alguien que ha edificado sobre el fundamento, recibirá recompensa.  Si la obra de alguien es consumida por el fuego, sufrirá pérdida; sin embargo, él será salvo, aunque así como a través del fuego.

Este es el llamado del Señor entonces, amados hermanos. No solo a que nos asombremos de la sabiduría que Él nos ha dado en su Palabra, sino que comencemos a cavar diligentemente hasta fundamentar todo nuestro edificio en el Señor.

Necesitamos conocer a Dios por medio de Su Palabra, pero necesitamos también la ayuda del Espíritu para vivir conforme a esa verdad.

Puede que para ti el Sermón del Monte haya traído mucha luz y te haya resultado tan asombroso, tan bien estructurado, con enseñanzas tan claras, pero ¿cuánto de eso estás procurando poner en práctica?
¿Cuándo fue la última vez que perdonaste a alguien que te hirió?

¿Cuándo fue la última vez que resististe a la tentación de la carne porque quisiste honrar el pacto matrimonial?

¿Cuándo fue la última vez que cuidaste de cumplir tu palabra o algún compromiso porque querías honrar al Señor?

¿Cómo fue tu respuesta a la última ofensa que recibiste? ¿Cómo trataste a la última persona que te trató mal?

¿Cómo están tu vida de oración, de generosidad con otros y tu práctica de ayuno por buscar más del Señor?

¿Y del dinero qué dirías? ¿Dirías que no estás persiguiendo el dinero desesperadamente? ¿Estás trabajando en confiar más en el Señor? ¿Te ves menos afanado, más contento y satisfecho en Él? ¿El Reino de los cielos y su justicia es lo primero que estás buscando?
¿Cómo están tus relaciones con otros? ¿Juzgas menos? ¿Eres más condescendiente?

Todas estas preguntas se resumen en estas palabras del Señor:
Mi querido bienaventurado, ¿estás poniendo por obra mis palabras? ¿Has entrado por la puerta angosta? ¿Estás dando fruto? ¿Estás siendo sabio edificando sobre roca? ¿O has tomado el camino fácil de edificar sobre arena?

Oficialmente, el Sermón del Monte ha terminado; pero la cámara se vuelve a mover otra vez al público, es una toma abierta y la audiencia está ahí, lo que nos lleva a este último encabezado:

2. LA AUTORIDAD DEL REY: SUPERIOR A CUALQUIER OTRA AUTORIDAD (v. 28-29)

Todos han escuchado en silencio y sin interrupciones y hay una reacción que Mateo describe: “Las multitudes se admiraban de su enseñanza”. Y la razón es porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

La reacción al sermón es positiva, por así decirlo; ellos pueden reconocer en Jesús algo que no habían visto en los maestros anteriores.

– Jesús no citaba a nadie, hablaba en su propio nombre: “pero yo les digo”. La enseñanza de los escribas se relacionaba con las enseñanzas que habían recibido de sus maestros o rabinos, pero Jesús no habla en nombre de ellos.

– Por otro lado, ellos podían distinguir que Jesús vivía de una manera coherente con el mensaje. La autoridad del mensaje está dada por la integridad del mensajero. Jesús era franco para ellos, con todo que aún no habían visto un despliegue completo de cómo vivir el Sermón del Monte.

– Pero también el mensaje de Jesús estaba respaldado por señales y prodigios. Por milagros que solo un enviado de Dios podía hacer. 

Y aunque todas estas son posibles razones para admirar el mensaje de Jesús, la verdad es que el Señor les está hablando como el Hijo de Dios, como Dios mismo, y esto es lo que hace que sus palabras tengan el peso de autoridad que las respalda.

En el monte Sinaí Dios habló a su pueblo por medio de un intermediario, pero ahora nos ha hablado Él directamente.

En el monte Sinaí el pueblo no podía acercarse ni siquiera tocar el monte, pero ahora Dios mismo se ha acercado a Su pueblo.

En el monte Sinaí, Moisés tenía que poner un velo para ocultar el resplandor de la Gloria de Dios, pero ahora nosotros podemos contemplarle a rostro descubierto.

El Señor ha hablado, hermanos míos. Su voz se ha escuchado.

Tú podrás ignorar mi voz o mis palabras o las de todos los que hemos hablado en este púlpito, pero no puedes ignorar la voz de Dios. Su enseñanza ha sido clara; has escuchado lo que Él demanda de los ciudadanos de su Reino, pero también lo que enfrentarán los que rechazan su Palabra.

Si oyes hoy su voz, no endurezcas tu corazón.

Ven al Señor. Ven a Cristo.